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12/05/2026

Cómo robar un millón y (William Wyler, 1967)

Miniatura vertical del análisis de Cómo robar un millón y…, la comedia de William Wyler con Audrey Hepburn y Peter O’Toole. La imagen combina estética de museo, arte clásico, glamour parisino y cine de robos, con referencias al Día Internacional de los Museos.

El Arte de lo falso y el brillo de lo auténtico: "Cómo robar un millón y..." en el Día de los Museos

Cada 18 de mayo, el mundo celebra el Día Internacional de los Museos, una jornada dedicada a resaltar la importancia de estas instituciones como guardianas del patrimonio cultural. Sin embargo, en la historia del cine, pocos directores han sabido retratar la majestuosidad (y las vulnerabilidades) de una galería de arte con tanta elegancia como William Wyler en su clásico de 1966: Cómo robar un millón y... (How to Steal a Million).

Hoy nos sumergimos en las bambalinas de esta joya de la "comedia de guante blanco", analizando por qué, tras sesenta años, sigue siendo el referente absoluto del estilo y el ingenio cinematográfico. Y si antes de leer, prefieres ver mi análisis en YouTube ahí va, acuérdate de suscribirte si quieres que el canal continúe https://youtu.be/BuAuxpzAIV4?si=i-e4mElYZ5TqlSGy

Una intrigante premisa en el corazón de París

La narrativa nos sitúa en un París idílico y sofisticado. Nicole Bonnet (interpretada por una luminosa Audrey Hepburn) vive a la sombra de su padre, Charles Bonnet, un hombre de apariencia respetable pero que oculta un secreto: es uno de los falsificadores de arte más brillantes del mundo.

El conflicto estalla cuando Charles presta su "Venus de Cellini" —en realidad esculpida por su propio padre— a un prestigioso museo para una exposición. Al enterarse de que la pieza será sometida a un examen técnico de autenticidad, Nicole comprende que la única forma de salvar a su padre de la cárcel es robando la estatua antes de que los expertos descubran el fraude. Para ello, solicita la ayuda de Simon Dermott (un carismático Peter O'Toole), a quien toma por un ladrón tras sorprenderlo "merodeando" en su mansión.

Un Reparto de Leyenda: Química y Sofisticación

El éxito de la cinta, como señalan las crónicas de la época en el diario ABC, radica en un reparto que combina la frescura de las estrellas emergentes con la solidez de los veteranos:

  • Audrey Hepburn: Su presencia es el eje visual del filme. Vestida exclusivamente por Hubert de Givenchy, Hepburn personifica la estética mod de los 60 con una mezcla de ingenuidad y determinación.

  • Peter O'Toole: Tras el peso dramático de Lawrence de Arabia, O'Toole despliega aquí una agilidad física y un sarcasmo elegante que lo confirman como un actor todoterreno.

  • Los Secundarios: La cinta cuenta con la maestría de Hugh Griffith como el excéntrico padre falsificador, Eli Wallach como el millonario estadounidense obsesionado con la Venus, y el veterano Charles Boyer, cuya presencia añade un sello de autenticidad europea a la trama.

Excelencia Técnica: Construyendo el Engaño Perfecto

Desde el punto de vista técnico, la película es un despliegue de artesanía cinematográfica:

  1. Diseño de Producción: El legendario Alexander Trauner recreó los interiores del museo en los estudios de Boulogne con tal precisión que, los escenarios resultan siempre fotogénicos y cautivadores, logrando que el espectador se sienta dentro de una pinacoteca real.

  2. Fotografía y Formato: Filmada por Charles Lang en Panavisión y Color DeLuxe, la cinta utiliza una paleta de colores vibrantes que resaltan tanto el arte como la moda de la época.

  3. La Banda Sonora: Es curioso notar que la partitura fue obra de un joven Johnny Williams. Hoy lo conocemos como el maestro John Williams, pero aquí ya demostraba su genio con un estilo de jazz ligero que subraya perfectamente el tono de travesura de la película.

La Perspectiva Crítica: Entre la Sofisticación y la Gratuidad

Al analizar los archivos históricos, observamos un debate interesante sobre la figura de su director. William Wyler, conocido por la densidad de obras como Ben-Hur o Los mejores años de nuestra vida, fue a veces cuestionado por su incursión en la comedia.

Mientras que algunas reseñas de finales de los 80 describían la cinta como "sofisticada, pero gratuita", otras fuentes como el ABC de Sevilla reivindican a Wyler como un "autor" capaz de salir victorioso en la alta comedia. Lo describen como un director que supo mostrarse "frío, distante y sofisticado", utilizando una técnica impecable para satirizar el esnobismo de los coleccionistas de arte.

El Legado en el Día de los Museos

Uno de los momentos más recordados es la ejecución del robo, basada en la "psicología de la fatiga". En lugar de desactivar la alarma, los protagonistas la activan repetidamente hasta que los guardias, desesperados por lo que creen un fallo técnico, la desconectan.

Este ingenio, sumado a la revelación de que los cuadros utilizados en el rodaje eran falsificaciones tan perfectas que tuvieron que ser selladas para no inundar el mercado real, convierte a Cómo robar un millón y... en la película perfecta para reflexionar hoy sobre el valor de lo auténtico.


Fuentes consultadas:

  • Archivo ABC Madrid, edición del 12 de octubre de 1966.

  • Archivo ABC Sevilla, edición del 5 de mayo de 1989.

  •  El Periódico, mayo de 1989.

04/05/2026

King Kong (Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack 1933)

 

Cartel o imagen de King Kong (1933), con el gigantesco gorila encaramado al Empire State Building y Fay Wray como Ann Darrow, símbolo inmortal del cine fantástico clásico.

King Kong (1933): Fay Wray, la bestia enamorada y el rascacielos que se volvió mito

El Empire State Building: 95 años de un icono cinematográfico

Se cumplen 95 años de la inauguración del Empire State Building, abierto en Nueva York en 1931 y convertido muy pronto en uno de los grandes símbolos de la modernidad urbana. Su silueta ha aparecido, o ha sido evocada, en películas muy distintas: desde King Kong hasta Tú y yo (An Affair to Remember, 1957), donde la cita en lo alto del rascacielos se convierte en una de las promesas amorosas más recordadas del melodrama clásico. Décadas después, Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993) recuperaría precisamente esa memoria sentimental para dialogar con la película de Leo McCarey.

Mira mi anális vídeo en Youtube aquí KING KONG: el monstruo que hizo mítico al Empire State

Pero ninguna imagen lo ha unido tanto al cine como la de King Kong encaramado a su cima, acosado por los aviones, con Fay Wray convertida en figura frágil y luminosa dentro de una tragedia fantástica. El edificio es el altar de la ciudad vertical, el lugar donde la criatura arrancada de su mundo encuentra un final inolvidable. Por eso volver hoy a King Kong tiene un atractivo especial. La película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack  convirtió un rascacielos real en un espacio mítico, tan asociado a la imaginación cinematográfica como a la arquitectura de Nueva York.

Una película que ya no pertenece solo al cine

Estrenada en 1933, en plena Gran Depresión, King Kong fue producida por la RKO e interpretada por Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot. Pero, por encima de todos ellos, estaba Kong: una criatura imposible creada mediante animación, maquetas, trucajes ópticos y una enorme imaginación técnica.

Lo fascinante es que la película inventó una forma de mirar el espectáculo fantástico: con miedo, deseo, maravilla y compasión. En ella conviven la aventura colonial, el melodrama imposible, el cine de terror, la fantasía prehistórica y una amarga reflexión sobre el espectáculo.

Fay Wray: mucho más que “la chica que grita”

El rostro humano de King Kong es Fay Wray, que interpreta a Ann Darrow, una actriz sin trabajo rescatada de la pobreza por el cineasta Carl Denham que busca una mujer para su nueva película, una presencia femenina que dé emoción a las imágenes que pretende rodar en una isla desconocida. Ann acepta la aventura y acaba convertida en la figura central de uno de los mitos más poderosos del cine fantástico.

La actriz quedó para siempre asociada a Kong. En una entrevista publicada por ABC en 1989, cuando la actriz acudió al Festival de Cine de Sitges, recordaba una anécdota deliciosa: Merian C. Cooper le dijo que la iba a emparejar con “el galán más alto y corpulento de Hollywood”, y ella pensó que se refería a Cary Grant. Después descubrió que aquel galán era King Kong.

La anécdota resume muy bien la extraña naturaleza romántica de la película. Kong es monstruo, sí, pero también es tratado como un galán imposible, una criatura desmesurada que mira a Ann Darrow con una mezcla de deseo, curiosidad, posesión y protección.

 En esa misma entrevista, ella decía que no entendía del todo por qué se daba tanta importancia a sus gritos, ya que en el cine había gritado mucha gente. Pero añadía una observación muy interesante: quizá en King Kong los directores intentaron por primera vez aislar el grito como elemento dramático.

Esa idea es fundamental.Su grito es parte de la música emocional del film. Anuncia el terror, intensifica el deseo de Kong y convierte la fragilidad humana en el centro del espectáculo. Su cuerpo diminuto frente al tamaño de la bestia y su voz llevada al límite hacen visible y audible la diferencia de escala sobre la que descansa toda la película.

Un reparto sencillo, pero muy eficaz

El reparto de King Kong no busca grandes complejidades psicológicas. Sus personajes funcionan casi como figuras de una fábula: la bella, el aventurero, el empresario del espectáculo, el héroe convencional y la bestia.

Robert Armstrong interpreta a Carl Denham, el cineasta aventurero que quiere filmar lo nunca visto. Es un personaje muy interesante porque representa al propio cine como máquina de deseo y de explotación. Denham quiere imágenes extraordinarias; busca lo exótico, lo peligroso, lo rentable. Cuando encuentra a Kong, no lo contempla como una criatura trágica, sino como una atracción que puede vender al público.

Denham es, en el fondo, una figura incómoda. Tiene algo del productor, del director, del explorador y del feriante. Su célebre presentación de Kong como “la octava maravilla del mundo” resume esa mezcla de fascinación y abuso: el monstruo deja de ser una criatura soberana de su territorio para convertirse en mercancía escénica.

Bruce Cabot interpreta a Jack Driscoll, el primer oficial del barco y héroe romántico de la historia. Es el hombre que protege a Ann y que intenta rescatarla. Sin embargo, visto hoy, resulta mucho menos fascinante que Kong. Cumple su función de héroe clásico, pero emocionalmente queda eclipsado por la criatura.

Un recorte de ABC de 1933, publicado con motivo del estreno español, citaba a Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como los principales intérpretes y señalaba que defendían sus papeles “con bastante dignidad”, aunque el crítico era bastante duro con la película en otros aspectos.

Y ahí está una de las paradojas de King Kong: los actores humanos sostienen la acción, pero el personaje más vivo es el monstruo animado.

Kong: el monstruo que acaba siendo el héroe

Kong no aparece en los créditos como un actor, pero es el verdadero protagonista. Al principio se le presenta como un ser terrible, casi divino, venerado y temido por los habitantes de la Isla de la Calavera. Pero, poco a poco, la película desplaza nuestra mirada ya que deja de ser solo una bestia y se convierte en una criatura con emociones.

El ABC de 1982 lo expresaba de forma muy sugerente: al lado de Kong, muchos de los varones de la película parecen personajes menos nobles, más interesados o más convencionales. El artículo llegaba a presentar al “monazo” como el verdadero héroe positivo de la cinta, el que termina ganándose la simpatía del espectador.

Esa lectura sigue funcionando. Kong es violento, pero no es mezquino. No calcula, no negocia, no convierte a los demás en mercancía. Quien lo hace es Denham, Kong es arrancado de su mundo, exhibido ante una multitud y destruido por una civilización que primero lo convierte en espectáculo y luego lo elimina cuando ya no puede controlarlo.

La Bella y la Bestia en versión moderna

King Kong es una variación del mito de La Bella y la Bestia, pero trasladada al cine de aventuras, al terror, al espectáculo de feria y a la modernidad urbana. La Bella es Ann Darrow; la Bestia es Kong; el castillo se convierte primero en isla prehistórica y luego en rascacielos neoyorquino.

Otro artículo del ABC de 1982 definía la película como la encarnación cinematográfica de ese mito y recordaba su atractivo para ciertos ambientes surrealistas. También señalaba que en 1933, en plena crisis económica, miles de personas se agolparon ante el Radio City Music Hall de Nueva York para ver a la “octava maravilla del mundo”.

La película ofrecía evasión, sí, pero en el fondo hablaba de hambre, deseo, espectáculo, violencia, explotación y fascinación por lo desconocido. En una época marcada por la Depresión, Kong era también una criatura descomunal en un mundo de carencias: un exceso visual para un público necesitado de asombro.

Un recorte de La Razón, publicado con motivo del 75 aniversario, insistía precisamente en esa dimensión: la película seguía seduciendo por su “turbadora poética” y por la humanización de la bestia.

La Isla de la Calavera: aventura, exotismo y pesadilla

La primera gran parte de la película nos lleva a la Isla de la Calavera, un espacio imaginario construido con todos los ingredientes del cine de aventuras de su tiempo: jungla, rituales, murallas gigantescas, tribus, animales prehistóricos y un territorio prohibido al otro lado de una puerta colosal.

Vista hoy, la representación de los habitantes de la isla resulta problemática, porque responde a los códigos coloniales y exotistas del Hollywood de los años treinta. La película imagina lo “primitivo” desde una mirada occidental, espectacular y simplificadora. Pero, al mismo tiempo, ese espacio tiene una fuerza visual innegable.

La gran muralla es uno de los símbolos más poderosos del film. Separa el mundo humano del reino de Kong. A un lado está la comunidad; al otro, el territorio de los monstruos. Cuando Ann cruza esa frontera, la película entra definitivamente en el mito.

Una revolución técnica

El aspecto técnico de King Kong es decisivo. La película no habría sobrevivido como mito si Kong no hubiera parecido vivo. El gran artífice de ese milagro fue Willis H. O’Brien, pionero de la animación stop-motion.

Kong era una figura articulada animada fotograma a fotograma. O’Brien movía ligeramente el muñeco, fotografiaba un fotograma, volvía a moverlo, y así sucesivamente. Esa técnica ya existía, pero King Kong la llevó a una dimensión espectacular y emocional inédita.

La película combina varios procedimientos: animación stop-motion, para Kong y los dinosaurios; maquetas y miniaturas, para escenarios y criaturas; retroproyecciones, para integrar actores reales con fondos animados o previamente filmados; matte paintings, para ampliar decorados y crear paisajes imposibles; y trucajes ópticos, para unir elementos rodados por separado en una misma imagen.

Un recorte de El Mundo de 2009, dedicado a la subasta de una maqueta original de Kong, recordaba la complejidad de aquellos modelos. El artículo explicaba que se conservaba el armazón de un prototipo de aproximadamente medio metro y señalaba que los modelos utilizados tenían esqueletos de metal, articulaciones y materiales que permitían simular pelo, músculos y movimiento. También recordaba la importancia de la animación stop-motion y de la atención al detalle para que el espectador creyera en la criatura. Kong tenía que respirar, mirar, enfadarse, proteger, luchar...

El sonido y la música de Max Steiner

King Kong pertenece a los primeros años del cine sonoro, y eso se nota en el uso expresivo del sonido. Los rugidos de Kong, los gritos de Ann, los tambores de la isla, el ruido de la multitud y el zumbido de los aviones crean una experiencia sensorial muy poderosa.

La música de Max Steiner fue fundamental. Su partitura ayudó a consolidar la idea de la música cinematográfica como elemento dramático continuo, capaz de guiar la emoción del espectador. Da grandeza al monstruo, tensión a la aventura y tono trágico al desenlace.

Decorados, fotografía y atmósfera

El blanco y negro de la película contribuye mucho a su potencia. Nueva York aparece como el mundo moderno: teatros, rascacielos, luces, multitudes, flashes. La Isla de la Calavera, en cambio, es un espacio de sombras, niebla, vegetación artificial y formas amenazantes.

La película tiene algo de cine de aventuras, algo de horror gótico, algo de serial pulp y algo de sueño expresionista. Esa mezcla explica buena parte de su encanto. 

La relación con Ray Harryhausen

La influencia de King Kong sobre Ray Harryhausen fue enorme. Vio la película siendo joven y quedó fascinado por la posibilidad de dar vida a criaturas imposibles mediante la animación fotograma a fotograma.

El puente entre ambos mundos fue Willis H. O’Brien. Harryhausen admiró profundamente el trabajo de este y llegó a colaborar con él en El gran gorila / Mighty Joe Young en 1949, otra película de simio gigante producida por Merian C. Cooper.

Sin Kong, cuesta imaginar criaturas como los esqueletos de Jasón y los argonautas, el cíclope de El séptimo viaje de Simbad o los dinosaurios de Hace un millón de años. Heredó de O’Brien la idea de que una criatura animada puede tener carácter, presencia dramática y emoción.

Una recepción desigual en España

Resulta muy interesante comparar la mirada actual con algunas críticas antiguas. También en el ABC de 1933 el crítico no se dejó arrastrar por el entusiasmo. Consideraba que la película no aportaba gran cosa en técnica, la acusaba de recurrir a teatralismos y puerilidades, y solo salvaba de manera clara el “minucioso y abrumador trabajo de laboratorio” que permitía mostrar a las bestias fabulosas moviéndose en el mismo plano que los actores.

Hoy esa valoración resulta llamativa, porque precisamente el trabajo técnico que el crítico reconocía como único gran mérito es lo que ha convertido a King Kong en una obra esencial. La historia del cine a veces corrige a la crítica inmediata. 

Décadas después, los recortes de prensa muestran una percepción muy distinta. En 1982, ABC nuevamente hablaba de King Kong como mito sólido del siglo XX y como uno de los grandes sueños filmados de la historia del cine. En 2008, con motivo del 75 aniversario, la prensa volvía sobre su permanencia como emblema del cine fantástico.

El Empire State Building: la cumbre del mito

El final de King Kong es una de las imágenes supremas del cine clásico. Kong escapa, toma a Ann, sube al Empire State Building y se enfrenta a los aviones. La ciudad moderna se convierte en selva vertical. El rascacielos sustituye a la montaña. Los aviones sustituyen a los depredadores. La civilización destruye aquello que antes había exhibido.

La frase final —“No fueron los aviones, fue la belleza la que mató a la bestia”— resume la dimensión mítica de la película. Puede sonar ingenua, incluso discutible, pero conserva una fuerza poética enorme. 

Una película con sombras, pero imprescindible

Vista hoy, King Kong tiene aspectos discutibles: su mirada colonial, la representación de los habitantes de la isla, ciertos códigos de género y la reducción de Ann Darrow a figura vulnerable. Pero esas sombras no eliminan su importancia. Al contrario, permiten verla como una obra profundamente marcada por su tiempo y, a la vez, capaz de desbordarlo.

Lo que sigue vivo no es solo la aventura. Es la tristeza del monstruo. La sensación de que Kong, nacido de alambres, látex, pelo artificial, maquetas y fotogramas, termina pareciendo más humano que los hombres que lo capturan.

Conclusión: el monstruo que enseñó a soñar al cine

King Kong fue una declaración de poder del cine: la demostración de que la pantalla podía crear criaturas imposibles y hacer que el público creyera en ellas emocionalmente.

Fay Wray aportó el rostro, el grito y la fragilidad humana. Robert Armstrong encarnó la ambición del espectáculo. Bruce Cabot representó el heroísmo convencional. Willis H. O’Brien dio vida al imposible. Max Steiner le dio música de tragedia. Y Kong, el monstruo, acabó convirtiéndose en el personaje más humano de todos.

King Kong es uno de los grandes mitos cinematográficos: una fábula sobre la belleza, el miedo, el deseo, la explotación y la capacidad del cine para convertir un muñeco animado en una criatura inmortal.

Cómo robar un millón y (William Wyler, 1967)

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