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29/04/2021

La tierra de la gran promesa (1975). La Revolución industrial de Andrzej Wajda

Carátula oficial de la película "La tierra de la gran promesa" (Ziemia obiecana) de Andrzej Wajda, mostrando a los tres protagonistas, Karol, Moryc y Maks, frente al entorno industrial de la ciudad de Lodz a finales del siglo XIX.

Para quienes estudiamos la Revolución Industrial en el extinto COU, la Historia tuvo una cita ineludible en el Cine Verdi de Barcelona. Mientras muchos compañeros se distraían por no haber sido formados en el "séptimo arte", otros quedamos marcados por la reposición de La tierra de la gran promesa (1975). Esta obra de Andrzej Wajda demuestra que, aunque su cine trate temas locales de Polonia —su historia, política e identidad—, su lenguaje es universal.

El contexto de una obra maestra

Wajda ya había deslumbrado con su trilogía de la guerra (Generación, Kanal y la icónica Cenizas y diamantes), pero con esta adaptación de la novela de Wladyslaw Stanislaw Reymont (Premio Nobel por Los campesinos), alcanzó una nueva cima. Aunque compitió en un año difícil para los Oscars contra Dersu Uzala, su impacto es innegable.

Los tres protagonistas y la ambición sin límites

La película se sitúa en la ciudad de Lodz, donde tres jóvenes de distintos credos se unen para fundar una fábrica textil:

  • Karol Borowiecki: Un noble católico que rompe con su origen rural y se muestra inhumano. No le conmueve que un obrero pierda la mano triturada por una máquina; solo le preocupa que la sangre estropee los trozos de tela.

  • Moryc Welt: Un judío cuya interpretación magistral incluye momentos discutibles, como cuando ofrece una sonrisa socarrona a cámara tras una discusión con un banquero.

  • Maks Baum: Un alemán luterano cuya vida es monótona, marcado por un padre hostil a la modernización que conduce su fábrica a la bancarrota.

Una estética de terror industrial

Wajda utiliza un ritmo trepidante y una atmósfera que roza el cine de suspense y terror. Los contrapicados gigantescos y la cámara nerviosa subrayan el contraste entre la miseria y la riqueza. Al inicio, la nobleza rezando ante los cambios evoca la famosa frase de El Gatopardo: "Para que todo quede como está, es preciso que cambie todo".

Escenas imborrables y crudeza visual

  • Cinismo empresarial: Personajes como Bucholz y Kessler arrastran a las obreras a orgías y muestran una violencia inhumana (escenas "gore" que, curiosamente, atraían a los alumnos que se aburrían con el resto del filme).

  • El pánico en el teatro: Un palco convertido en centro de noticias mercantiles donde vemos incluso un suicidio.

  • El funeral de Bucholz: Moryc sentencia con ironía negra que necesita ganar dinero para "no tener ese entierro", mientras los asistentes comentan el precio del algodón junto al féretro.

  • Incendios y seguros: El recurso de los empresarios de incendiar sus fábricas para cobrar el seguro queda retratado con la imagen de obreros huyendo como antorchas andantes.

  • El Xanadú de Lodz: Un potentado exhibe su palacio lleno de tesoros extranjeros (al estilo Welles), pero confiesa que prefiere vivir en su casa humilde.

El legado y el esfuerzo de Wajda

Con la bellísima banda sonora de Wojciech Killar, la película cierra con un epílogo debatible sobre el sistema capitalista y sus leyes salvajes. El propio Wajda comparó el agotador rodaje con la ambición de sus personajes: un esfuerzo brusco para imponer un ritmo y dar forma a la obra en poco tiempo.

Gracias a este filme, en España pudimos disfrutar de obras posteriores como El hombre de mármol, Danton, Katyn o su testamento fílmico, Afterimage (2016). Es nuestro derecho seguir reivindicando el acceso a su filmografía completa, incluyendo joyas hoy difíciles de encontrar como Lady Macbeth en Siberia o Paisajes para después de una batalla.


Fuentes y Referencias:

  • Reymont, W. S. (1897). La tierra de la gran promesa.

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