Cineasta prácticamente desconocido hoy, Roberto Enrico se caracterizó por ser un narrador puro y retratar a personajes enfrentados a la guerra, la injusticia y la adversidad, le obsesionaba la herida emocional y la venganza como catarsis. En nuestro país apenas se comercializó su cine, aunque rodó aquí El boulevar del ron (1971), quizá su film más comercial con Brigitte Bardot y Lino Ventura. Otras que sí se vieron fueron Los aventureros (1967) con Alain Delon y Jean Paul Belmondo, cinta de aventuras y reflexión filosófica poco convencional, Ho! (1968) también con este último, mezcla de cine negro y acción, o El secreto (1974), un thriller paranoico muy habitual en los 70.
Pero la más recordada es El viejo fusil (1975) protagonizada por Philippe Noiret y Romy Schneider que narra la historia de un cirujano francés cuya familia es asesinada por los nazis. Decidirá vengarse y asesinar a todos los relacionados. El tema de la justicia por cuenta propia ya era muy habitual en los westerns por ejemplo, de hecho podemos establecer paralelismos con el personaje de Kirk Douglas en El último tren de Gun Hill (1959), en esta era violada y asesinada su esposa, su misión sería capturar y llevar al culpable ante la justicia. Sin embargo, era una violencia legalista y aquí en cambio, personal, visceral y sin reglas. Pero en ambas teníamos el desarrollo de la acción en un espacio cerrado, ahí eel pueblo dominado totalmente por el cacique local y aquí un castillo medieval con pasadizos y trampas y el tema del hombre solo contra todos.
La crítica de entonces se dividió y podemos apreciar como prueba la opinión de Ángeles Masó en el País del 22-10-1976: "Un filme que parece realizado para justificar la violencia que lleva implícita" en contra de Miquel Porter Moix en TeleExprés: "Me parece que el público hará muy mal si coge el film como una especie de justificación de la violencia, cuando, precisamente, de lo que se trata es de todo el contrario, de decir hasta qué punto la violencia tiene forma de espiral centrípeta y que, una vez encendida, no es fácil pararla."
Carátula del filme de Malle
Enmarcada también en la moda setentera del cine revival con títulos interesantes como Lacombe Lucien (Louis Malle, 1974) o Les violons du bal (Michel Drac, 1974), se revisaban y ee rompían visiones idealizadas sobre la Francia unida, la Resistencia gloriosa y se recuperaban episodios silenciados, sin embargo en Malle la acción se centraba en una colaboración banal, sin ideología donde un chico se unía a la Gestapo por puro azar y mostrando un realismo psicológico. En la de Drac, en la que se aborda la persecución por ser judío, se empleaba un estilo tierno y la voluntad de cerrar heridas. Tengamos esto presente porque el título primero propuesto fue La cicatriz.
Para seguir la historia, se nos presentan contínuos flashbacks sin fundido en negro y con una luz cálida para recordar la familia del protagonista en contraposición con el tono frío del presente. Destaca la utilización de la música de François de Roubaix con un estilo que recuerda las composiciones de Charles Trenet.
Le elección de este castillo de Bruniquel obedecía al empeño de Enrico de querer rodar en el lugar donde se refugió su esposa y familiares durante la guerra y aunque la historia es ficticia hay puntos coincidentes con masacres nazis como la ocurrida en Oradour-sur-Glane een 1944.
Así pues, muy interesante revisar El viejo fusil y debatir sobre la violencia por cuenta propia. También es una oportunidad de poder ver a Philippe Noirett en uno de sus papeles, según él, más complicados ya que en la mayor parte del metraje está solo, llorando, gritando o ante escenas brutales.
Repasando los centenarios de este
año, teníamos en febrero el de Claude Sautet (Montrouge, 1924-París 2000), un
nombre que probablemente no tenga el reconocimiento adecuado y que para ciertas
generaciones de más allá de la década de los 90 ni siquiera lo conozcan, aunque estuviese
dirigiendo prácticamente hasta el final de su vida. Fue un director que no
quería unirse a ninguna escuela o movimiento, él mismo insistía en ello, su
manera de entender y concebir el cine lo aproximó también a cierto público no
tan intelectual como el que tenían sus colegas Truffaut, Godard o Malle, pero
también a no empatizar demasiado con una parte de la crítica cinematográfica
que calificaba sus obras anodinamente, aunque otros lo definían como el gran
cronista de las dudas y las crisis sentimentales de la burguesía posterior al
Mayo del 68.
Y es que para Sautet, aunque las
temáticas que abordó no se alejaban de las características del cine francés, la
película no tenía que dejar de ser un espectáculo. Conseguía una fórmula en la
que los personajes expresaban sus pensamientos, reflejaban en sus miradas y nos
adentrábamos en la psicología de todos ellos sin pecar de pretenciosidad ni
mensajes filosofantes tan característicos en el cine galo. Ya en 1951 dirigió su primer corto, siguió como guionista en
filmes como La fauve est laché de Maurice Labro que supuso el lanzamiento de
Lino Ventura o la perturbadora e imitada hasta la saciedad Les yeux sans visage (1960)
de George Franju. También ejerció de productor, pero su
carrera de director salta a la fama con Las cosas de la vida (1970), la historia de un
abogado que sufre un grave accidente de coche y que le lleva a meditar
entre las dos mujeres de su vida...
Y como si de una trilogía se
tratara, rodó después Max y los chatarreros (1971) y Ella, yo y el otro (1972), película de
la que trato hoy y cuyo título original es Cesar et Rosalie, en cierta
publicidad se decía que era un film donde dos y dos hacían tres, estábamos ante
un "ménage à trois" entre Rosalie (Romy Schneider), divorciada con una hija pequeña, que divide su tiempo entre su familia y César (Yves Montand), el hombre del que cree estar enamorada. Pero tras cinco años desaparecido aparece su antiguo amor David (Sami Frey) y esto le comportará una crisis de sentimientos.
Como ven el argumento no se alejaba para nada de lo que habíamos visto ya, el mismo Sautet declaraba que la película bien se podía acabar a los cinco minutos, pero que lo que interesaba era el comportamiento los personajes más que la trama. Fue un gran acierto la elección de Yves Montand, un actor al que había conocido recientemente y que le asombraba la fuerza cómica ingeniosa que llevaba dentro y cómo se podía ir amoldando su personaje al drama: “Montand es un tipo muy fino que tiene un complejo: cree que no está lo suficientemente cultivado. (…) En Francia no tenemos este tipo de personajes a la vez fuertes y cobardes, un Lee Marvin o un Karl Malden” declaraba.
Y es que su personaje tenia todo lo que quería plasmar: posesivo, primario, caradura, pero con sentimientos y que le daba a Rosalie una salud y alegría de vivir en las antípodas del otro hombre de su vida, David, el cual es contemplativo, no quiere apropiarse de ella, es bohemio y apenas gana dinero con sus pinturas y cómics al contrario que César que no para de ganar dinero vendiendo chatarra de coches, de trenes y de barcos. A pesar de las características opuestas de las dos, no hay juicio moral, habrá momentos que César cometa acciones lamentables, pero su capacidad de rectificación equilibrará su personalidad, por otra parte el vacío en los sentimientos de David también encontrará su equilibrio a la hora de no ser vengativo y buscar ante todo una solución amistosa.
Y entre ellos, Romy Schneider en una de sus mejores actuaciones, quizá la mejor con Sautet que la situó donde ella merecía y que demostraba ser una excelente actriz, sus miradas lo dicen todo, sabía enfocar la cámara de tal manera que reflejara todo su interior sensible: "Cuando ruedo con Romy siento una especie de fuerza, de calor, de gusto por la vida. A veces la encuentro dura, pero no es fría”
A pesar de que como he dicho antes, el realizador no se definía en ningún estilo, hay en César et Rosalie una marcada técnica, planos muy estudiados, escenas que remiten incluso a pinturas, hay un momento incluso que plasma a ella desnuda estirada, pero tapada con el contraluz y él pintando y reflejándose en el espejo, plasmación que ya sabemos que Velázquez tan sabiamente supo plasmar en Las meninas y que tanto influyó en el arte pictórico y evidentemente en el cine. Pero Sautet con su falsa modestia restaba importancia: "Las razones por las que decido rodar un plano de tal dimensión, utilizando tal objetivo, bajo tal foco, con ese ritmo y con una expresión me escapan inmediatamente después, que me lo expliquen los exégetas”
No hay duda de que el cine de Sautet estaba adquiriendo su importancia y de ahí que cada vez cuidara más los planos, aunque no fuese quizá su intención primera. Cesar et Rosalie es ante todo un canto a la amistad y a que la gente se puede entender a pesar de diferencias y rivalidades, un canto al verdadero amor, a saber ser sincero ante todo y a saber perdonar y no guardar rencores. Estamos ante una película realista y emotiva y a una demostración de que los argumentos, a pesar de estar muy vistos, pueden tener su interés siempre que los personajes estén bien construidos como pasa aquí y en gran parte de la filmografía del director.