Lady Halcón (1985): el eclipse que rompió la maldición
El próximo 12 de agosto de 2026, España vivirá un eclipse solar que oscurecerá por completo el cielo en buena parte del norte y del este de la Península y en Baleares. En otras zonas, como Granada, será parcial, pero también alcanzará una magnitud considerable. El fenómeno llegará al atardecer, con el Sol muy bajo sobre el horizonte, lo que puede producir una de las imágenes más hermosas y extrañas de los últimos años. Será el primer eclipse total visible desde la Península Ibérica en más de un siglo.
Para un cinéfilo, resulta inevitable recordar Lady Halcón, la película de Richard Donner en la que un eclipse consigue lo que parecía imposible: reunir durante unos instantes el día y la noche y permitir que dos amantes malditos vuelvan a encontrarse bajo su forma humana.
Una película que recuerdo desde 1985
Lady Halcón se estrenó en el verano de 1985 y todavía la asocio a aquellos cines de Barcelona —el Alexandra, el Aquitania o el Waldorf— en los que esta clase de aventuras podían encontrarse con un público muy amplio. Parecía una película pensada para jóvenes, con caballeros, huidas, castillos y animales misteriosos, aunque su melancólica historia de amor también podía interesar plenamente a un espectador adulto.
Cuando volví a escribir sobre ella en 2021 lo hice de manera improvisada, poco después de la muerte de Richard Donner. Aquel texto era más un recuerdo agradecido al director que un verdadero análisis. Donner había firmado La profecía, Superman, Los Goonies, Arma letal y muchas otras películas capaces de llegar al gran público sin renunciar al oficio cinematográfico.
No todos los directores tienen que ser autores atormentados o maestros venerados en las filmotecas. Entre la obra maestra y la película desastrosa existe un territorio muy amplio: el del cine comercial bien narrado, con personajes atractivos, ritmo, emoción y sentido del espectáculo. Richard Donner conocía perfectamente ese terreno.
Dos amantes que nunca pueden encontrarse
La premisa de Lady Halcón continúa siendo magnífica. Navarre e Isabeau están condenados por el obispo de Aquila, consumido por los celos y por su deseo de poseer a la joven. Durante el día, Isabeau se convierte en halcón. Cuando llega la noche, recupera su cuerpo humano, pero Navarre se transforma entonces en lobo.
Viven juntos, recorren los mismos caminos y duermen casi uno al lado del otro, aunque nunca pueden mirarse plenamente como hombre y mujer. Apenas disponen de unos segundos durante el amanecer y el atardecer, cuando una transformación termina y comienza la otra
“Un día sin noche y una noche sin día”
Imperius, el viejo sacerdote interpretado por Leo McKern, encuentra una posible salida. La maldición podrá romperse cuando Navarre e Isabeau se presenten juntos ante el obispo como seres humanos durante “un día sin noche y una noche sin día”.
Navarre cree que se trata de una nueva locura del sacerdote. Sin embargo, durante el enfrentamiento final en la catedral, una abertura deja ver el cielo y aparece un eclipse solar. Durante unos instantes, el día se oscurece como si hubiera llegado la noche. Isabeau y Navarre pueden existir al mismo tiempo bajo su forma humana y enfrentarse juntos al hombre que los condenó
Michelle Pfeiffer, entre mujer y aparición
Michelle Pfeiffer posee en Lady Halcón una belleza casi irreal. Su Isabeau no necesita demasiadas palabras para transmitir tristeza, cansancio y una cierta serenidad. Aparece muchas veces como una figura observada por los demás, rodeada de luz, de bosques o de ruinas, aunque la actriz consigue evitar que el personaje se reduzca a una presencia decorativa.
Quizá uno de los defectos de la película sea que Isabeau dispone de menos desarrollo del deseable. Sabemos lo que Navarre sufre por ella, conocemos la culpabilidad de Imperius y acompañamos constantemente a Philippe Gaston, pero se nos permite entrar menos en el pensamiento de la propia Isabeau. Aun así, Pfeiffer es el centro emocional de la película. Cuando recupera fugazmente su forma humana, comprendemos todo lo que significa para Navarre volver a verla.
La noble rudeza de Rutger Hauer
Rutger Hauer aporta a Navarre una combinación de fuerza, autoridad y amargura. Su aspecto encaja perfectamente con el caballero medieval que lleva años sobreviviendo acompañado por un halcón al que ama, sabiendo que al llegar la noche será él quien deje de ser humano.
Hauer podía transmitir amenaza y fragilidad dentro de una misma escena. Su Navarre está endurecido, habla poco y en determinados momentos parece más interesado en la venganza que en la esperanza de recuperar a Isabeau. Su interpretación contrasta con la delicadeza de Michelle Pfeiffer y con la energía más ligera de Matthew Broderick.
Matthew Broderick y un héroe inesperado
Philippe Gaston, apodado el Ratón, es quien conduce al espectador por esta historia. Tras escapar de las mazmorras de Aquila, se encuentra con Navarre y termina implicado en una aventura que al principio no comprende.
Broderick introduce humor mediante sus conversaciones con Dios, sus huidas y su capacidad para sobrevivir a situaciones imposibles. En ocasiones, su interpretación parece demasiado contemporánea para el mundo medieval de la película. Sin embargo, esa aparente falta de solemnidad permite que el relato respire y evita que la historia de amor caiga en un tono excesivamente grave. Bajo su comicidad también hay cierta tristeza. Philippe está solo, no pertenece a ningún lugar y utiliza la palabra como defensa. Al ayudar a Navarre e Isabeau, encuentra algo parecido a una familia.
El obispo y la corrupción del poder
John Wood interpreta al obispo de Aquila como un hombre frío, autoritario y dominado por los celos. Su condición religiosa agrava su perversidad: utiliza su poder espiritual para castigar a Isabeau por no corresponder a sus deseos. Se sirve de su posición para satisfacer una obsesión personal y convierte el amor de la pareja en un delito contra su autoridad.
El personaje podría haber aparecido más y tener una presencia dramática mayor. Aun así, representa con claridad uno de los temas más oscuros de Lady Halcón: la facilidad con la que un hombre poderoso puede confundir el amor con la posesión y la autoridad con el derecho a decidir sobre la vida ajena.
Vittorio Storaro y la frontera entre la luz y la oscuridad
El gran valor técnico de Lady Halcón está en la fotografía de Vittorio Storaro. Pocos directores de fotografía podían resultar tan apropiados para una historia en la que el día, la noche y los instantes de transición determinan el destino de los protagonistas. El amanecer y el crepúsculo dejan de ser simples momentos del día para convertirse en los únicos puntos en los que los amantes casi pueden coincidir.
Los paisajes reales dan a la película una consistencia que muchas fantasías posteriores han perdido. Se perciben la piedra, el frío o el peso de las armaduras Donner crea un mundo fantástico que parece haber existido antes de la llegada de los personajes.
Una música que todavía divide
La banda sonora de Andrew Powell, vinculada al universo musical de "The Alan Parsons Project", fue y continúa siendo el aspecto más discutido de Lady Halcón. La partitura combina orquesta y sintetizadores. En determinados momentos románticos acompaña muy bien la melancolía de la historia. Durante algunas persecuciones, en cambio, los ritmos electrónicos parecen chocar violentamente con los caballos, las espadas y las fortalezas medievales.
Hay espectadores que consideran que esta música ha envejecido mal, otros creen que precisamente esa extravagancia da a la película una identidad única. Probablemente ambas cosas sean ciertas. Suena absolutamente a los años ochenta, pero también resulta imposible imaginar Lady Halcón completamente separada de ella.
Lo que dijo la crítica
La acogida crítica fue favorable, aunque estuvo lejos de ser unánime. Se valoraron la fotografía, las localizaciones, la historia romántica y la calidad del reparto. También se reprocharon el ritmo irregular, la dificultad para combinar la aventura, la comedia y el romance, y una música considerada anacrónica por parte de la prensa.
Algunos críticos vieron una hermosa fábula medieval. Otros pensaron que Donner no conseguía encontrar el tono adecuado y que la película avanzaba con más lentitud que sus propios caballos. El tiempo, sin embargo, ha jugado a favor de Lady Halcón. No se convirtió en un gran clásico inmediato, pero fue encontrando un público que recordaba su argumento, sus paisajes, su pareja protagonista y, naturalmente, la imagen del eclipse.
Una película difícil de clasificar
Lady Halcón llegó en una época especialmente fértil para la fantasía cinematográfica. Durante aquellos años aparecieron títulos como Excalibur, Conan el Bárbaro, Cristal oscuro, Legend, Dentro del laberinto o La historia interminable.
La película de Donner era más romántica que algunas de ellas, menos oscura que otras y demasiado adulta para ser considerada únicamente una aventura infantil. Esa mezcla pudo dificultar su promoción, pero también explica su permanencia.
El eclipse de 2026 y una película que merece regresar
El 12 de agosto de 2026, la franja de totalidad atravesará España de oeste a este y pasará por numerosas provincias. En Barcelona, el sol quedará oculto casi por completo y en muchos puntos de Cataluña se alcanzará la totalidad. En Madrid la ocultación también rozará el 100 %, mientras que la mitad sur contemplará un eclipse parcial. El fenómeno sucederá al atardecer, por lo que será necesario buscar un horizonte occidental despejado.
Conviene recordar algo menos cinematográfico, pero imprescindible: el eclipse debe contemplarse únicamente con gafas provistas de filtros solares certificados. Las gafas de sol corrientes, los cristales oscuros, las radiografías y otros inventos caseros no protegen la retina.
Mientras millones de personas esperen ese breve oscurecimiento del cielo, la película de Richard Donner volverá a recordarnos por qué los eclipses han sido interpretados durante siglos como anuncios, amenazas, milagros o puertas abiertas hacia otro mundo.
Cuatro décadas después, sigue siendo muy difícil mirar un eclipse sin recordar a Navarre e Isabeau. Durante unos segundos, el día parecerá noche. El Sol y la Luna ocuparán el mismo cielo. Y quienes amamos esta película podremos imaginar que, en alguna catedral perdida, un caballero y una mujer convertida en halcón vuelven por fin a encontrarse.






