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13/07/2026

¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Billy Wilder, 1974)

Miniatura de Avanti! de Billy Wilder, con Jack Lemmon y Juliet Mills sobre un fondo de costa italiana, un ataúd y unas maletas, destacando el título español ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? y el título original Avanti!.

 

Avanti!: Billy Wilder, Jack Lemmon y el consuelo de volver cada verano a Italia

El verano como refugio secreto

Cada verano queda el consuelo de volver a Avanti!. Cuando el cine actual se pone demasiado ruidoso, demasiado urgente o demasiado calculado, la película de Billy Wilder aparece como una vieja habitación de hotel frente al mar: no promete grandes sobresaltos, pero acaba dejando una tristeza luminosa, una sonrisa amarga y la sensación de haber visto una comedia mucho más sabia de lo que parecía.

Estrenada en 1972 y conocida en España con el título más comercial de ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, Avanti! empieza con dos cadáveres y termina convertida en una de las comedias más extrañamente vitales de Wilder. Un ejecutivo norteamericano viaja a Italia para recoger el cuerpo de su padre, muerto en accidente de coche. Allí descubre que el respetable difunto viajaba acompañado de su amante inglesa, con la que llevaba años compartiendo un mes secreto de felicidad en Ischia.

La hija de ella llega también para hacerse cargo del cadáver de su madre. Y entonces la película se abre como una puerta de hotel: pasillos, maletas, funcionarios, criados, chantajes, desayunos, baños desnudos, viejas canciones italianas y una revelación incómoda. Los hijos han ido a enterrar a sus padres, pero terminan descubriendo que aquellos muertos habían vivido con más intensidad que ellos.

Ese es el secreto de Avanti!: bajo su apariencia de comedia pícara y mediterránea, Wilder habla del tiempo perdido, de la felicidad clandestina y de esos paréntesis que algunas personas se conceden cuando la vida oficial ya no les da oxígeno.

Un Wilder crepuscular frente al nuevo Hollywood

Billy Wilder dirige Avanti! en un momento delicado para el cine clásico norteamericano. Hollywood estaba cambiando de piel. Llegaban otros ritmos, otras violencias, otros rostros, otros desencantos. El cine de los setenta caminaba hacia territorios más ásperos, más políticos, más nerviosos. Frente a ese paisaje, Wilder entrega una película larga, dialogada, elegante, con aire de vieja comedia sofisticada y sabor mediterráneo.

El guion, escrito junto a I. A. L. Diamond, parte de una obra teatral de Samuel A. Taylor, autor vinculado también a Sabrina. Wilder toma la situación de partida y la convierte en territorio propio: un escándalo familiar, un muerto respetable, una amante secreta, un hijo puritano, una mujer inglesa llena de pudor y un hotel italiano donde cada empleado parece conocer mejor la vida que los propios protagonistas.

El material promocional español insistía en esa mezcla de comedia, picardía y choque cultural. Presentaba a Wendell Armbruster Jr. como un alto ejecutivo norteamericano, prepotente e insensible, y a Pamela Piggott como una muchacha inglesa rubia, redondita y encantadora. La promoción intentaba vender una comedia de enredo con su punto atrevido, aunque la película tiene mucha más hondura.

Wilder filma una comedia moral sobre la vida que se escapa entre obligaciones, reuniones, matrimonios respetables y entierros cuidadosamente organizados.

El título español y el equívoco de la picaresca

El título original, Avanti!, tiene una elegancia que el título español pierde. “Avanti” significa adelante, pase, continúe. Hay en esa palabra una invitación a cruzar una puerta, a seguir viviendo, a no quedarse atrapado en el duelo ni en la vergüenza. El título español, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, buscaba la curiosidad inmediata, el morbo familiar, la comedia picante.

La crítica de ABC, firmada por Lorenzo López Sancho en 1973, lo vio con claridad. Reconocía que el título español podía ser más taquillero, pero mucho menos adecuado al espíritu de la película. Para él, Wilder había hecho una demostración admirable: la comedia cinematográfica al antiguo modo seguía viva, refinada y llena de posibilidades.

Ese contraste entre título y película resulta muy revelador. La distribuidora parecía prometer un vodevil de padres pillados en falta. Wilder entregaba una fábula amarga sobre la respetabilidad, el deseo y la posibilidad de vivir unos pocos días al año con verdadera libertad.

Jack Lemmon: el americano que quiere organizar hasta la muerte

Jack Lemmon interpreta a Wendell Armbruster Jr., ejecutivo norteamericano recién ascendido, cargado de tensión, úlcera, llamadas, obligaciones y esa seguridad antipática de quien cree que el mundo entero debería funcionar como una oficina. Llega a Italia para resolver el traslado del cadáver de su padre con eficacia empresarial. Quiere identificar el cuerpo, firmar los papeles, evitar el escándalo y regresar cuanto antes a Baltimore.

Italia le responde con otra lógica: almuerzos, demoras, propinas, burocracia, sonrisas, favores, chantajes, habitaciones de hotel y empleados que conocen todos los secretos. Wendell cree estar gestionando una muerte. En realidad está entrando en una educación sentimental.

Lemmon construye el personaje desde la rigidez. Aquí resulta más seco, más crispado, más desagradable al principio. Esa contención hace que su transformación tenga más peso. Primero se irrita. Luego se desconcierta. Después empieza a escuchar. Finalmente comprende que su padre era algo más que un empresario respetable: un hombre que durante un mes al año escapaba de su propia estatua.

ABC resumía esa doble vida con una frase magnífica: once meses en Baltimore como hombre de empresa y un mes en Ischia como perfecto enamorado romántico. La reseña veía en la película una protesta fina contra ciertas costumbres norteamericanas y un canto al amor, al sol, a la naturaleza y a la sonrisa frente a las convenciones.

Ese es uno de los grandes hallazgos de Avanti!: Jack Lemmon llega a Italia para recoger un muerto y acaba descubriendo que el muerto había sabido vivir mejor que él.

Juliet Mills: Pamela Piggott y la dulzura herida

Juliet Mills es uno de los grandes encantos de la película. Hermana mayor de Hayley Mills e hija del gran Sir John Mills, encontró en Avanti! uno de sus papeles cinematográficos más hermosos. Después no tuvo en el cine la carrera que este trabajo podía anunciar, aunque siguió muy activa en televisión y teatro. Viendo la película, cuesta no lamentarlo.

Su Pamela Piggott entra con una mezcla preciosa de pudor, inseguridad, ironía y ternura. Es la hija de la amante muerta. También ella llega a Italia para hacerse cargo de un cadáver, aunque pronto deberá enfrentarse a algo más incómodo que la muerte: la verdadera vida de su madre.

Pamela tiene complejos, vergüenza, sensibilidad y una dignidad tranquila. Wilder la mira con una ternura especial. Su cuerpo, su timidez y su manera de relacionarse con Wendell permiten que la película se aleje del simple chiste de adulterio y alcance una melancolía mucho más profunda.

La crítica española fue muy generosa con ella. ABC llegó a decir que Juliet Mills era un descubrimiento, y no exageraba. Su trabajo sostiene buena parte del tono emocional de la película. Ella suaviza al personaje de Lemmon, lo descoloca, lo obliga a mirar aquello que preferiría despachar como un asunto vergonzoso.

Pamela comprende poco a poco que su madre fue algo más que “la amante”. Fue una mujer que durante años compartió un ritual secreto de felicidad. Un mes al año, en Italia, lejos del juicio de los demás. La película observa esa relación como una forma imperfecta, clandestina y profundamente humana de resistir a la vida oficial.

El baño desnudo: una escena atrevida con alma de comedia clásica

Una de las escenas más recordadas de Avanti! es el baño desnudo de Wendell y Pamela. Ella entra en el mar sin ropa. Él, escandalizado al principio, acaba siguiéndola. La escena tenía un evidente atractivo promocional y el pressbook español la subrayaba con descaro, pero Wilder la utiliza con inteligencia.

La escena funciona como un desarme. Los dos personajes se desprenden de la ropa, de la rigidez, de la vergüenza, del luto mal llevado y de esa moral heredada que les impide entender a sus propios padres.

Y cuando la película podría abandonarse al romanticismo, Wilder mete el aguijón cómico: Bruno, el criado del hotel, los fotografía con una Polaroid. Después intentará cambiar esas imágenes comprometedoras por un pasaporte americano. El deseo se convierte de pronto en chantaje, papeleo y enredo. Puro Wilder: el momento íntimo nunca queda a salvo de la maquinaria cómica.

Clive Revill: el hotelero que conoce todos los pecados

Clive Revill interpreta a Carlo Carlucci, director del hotel. Es una de esas creaciones secundarias que acaban sosteniendo una película entera. Carlucci posee elegancia, paciencia, picaresca y una cortesía llena de doble fondo. Dirige el hotel y administra secretos.

Wilder había pensado en actores italianos como Nino Manfredi, Alberto Sordi o Romolo Valli para el papel, pero necesitaba a alguien con dominio del inglés y ritmo suficiente para enfrentarse verbalmente a Jack Lemmon. Eligió a Revill, neozelandés, actor de enorme oficio teatral, capaz de dar a Carlucci una italianidad estilizada, eficaz y encantadora.

Carlucci entiende la historia de los amantes muertos mejor que nadie. Observa, protege, arregla, demora y empuja los acontecimientos con suavidad. Representa una Italia flexible, discreta y emocionalmente mucho más sabia que el mundo del que procede Wendell.

ABC lo elogió como actor cómico sobrio, fino y convincente. La definición encaja perfectamente. Cada aparición suya mejora el ritmo de la película. Carlucci es el sacerdote laico del hotel, el hombre que sabe que la vida se compone de habitaciones cerradas, favores, mentiras piadosas y sonrisas oportunas.

Edward Andrews y la llegada del establishment

Edward Andrews aparece como J. J. Blodgett, diplomático americano y representante de la autoridad oficial. Su presencia introduce de golpe el mundo que Wendell empieza a dejar atrás: la embajada, la reputación, el traslado del cadáver, el orden institucional, la voz del poder.

Wilder explicó en el material promocional que veía a Blodgett como parte del establishment y que lo había estilizado casi como un personaje de dibujo humorístico. Su función resulta clara: traer de vuelta el mundo de la oficina, el helicóptero, el cargo y la respetabilidad.

Blodgett llega cuando Wendell empieza a sentirse atraído por Pamela y por la filosofía vital que respira el hotel. Su aparición recuerda que toda aventura tiene fecha de regreso. La vida oficial aguarda al otro lado del mar, con su esposa, sus negocios, sus cargos y su fachada respetable.

Los secundarios italianos: picaresca, burocracia y humanidad

Los actores italianos dan a Avanti! su sabor popular. Gianfranco Barra como Bruno, Franco Angrisano, Franco Acampora, Pippo Franco, Giselda Castrini y otros rostros secundarios convierten la película en una pequeña comedia coral de funcionarios, empleados, hermanos chantajistas, criados listos y testigos silenciosos.

Hay tópicos italianos, desde luego: la propina, la demora, el papeleo, el almuerzo, el arreglo por debajo de la mesa. Wilder juega con ellos con placer, aunque la sátira apunta con más fuerza hacia el americano rígido que pretende dominarlo todo. Italia aparece caótica, interesada y teatral, también más viva, más sensual y más comprensiva.

Los italianos de Avanti! funcionan como contrapunto moral. Frente a la eficiencia fría de Wendell, ellos introducen tiempo, ceremonia y elasticidad. Frente al escándalo, ofrecen discreción. Frente a la muerte, rutina. Frente al amor clandestino, comprensión práctica.

Rodaje: Ischia, Sorrento, Capri y una Italia de postal con veneno

Aunque la acción se asocia sobre todo a Ischia, el rodaje construye su Italia emocional con Sorrento, Capri, la costa amalfitana, Roma y estudios italianos. El hotel funciona como gran escenario de comedia: recepción, pasillos, habitaciones, teléfonos, puertas, camareros, ascensores y maletas. Wilder conserva algo del origen teatral de la historia, pero lo abre al paisaje mediterráneo.

El sur de Italia se convierte en un personaje más. La luz, el mar, las terrazas, las rocas y la música empujan la transformación de Wendell. El protagonista llega con prisa, pero el espacio lo obliga a respirar. Llega para cerrar un expediente y acaba descubriendo una emoción.

La fotografía de Luigi Kuveiller aporta una calidez decisiva. Es una luz de postal setentera, sí, pero una postal atravesada por la muerte, el adulterio y la sátira. Wilder coloca cadáveres bajo el sol. Ese contraste resulta fundamental. La película habla de ataúdes, certificados y cuerpos trasladados, pero la imagen respira verano, mar y deseo.

La dirección artística mantiene ese equilibrio entre realidad turística y decorado de comedia clásica. El hotel parece real y teatral a la vez. Cada espacio está preparado para que el diálogo avance, para que el equívoco circule y para que los personajes entren y salgan como en una pieza de relojería.

La música de Carlo Rustichelli: canciones italianas, vacaciones y despedida

La música de Carlo Rustichelli resulta esencial para que Avanti! no quede en simple comedia turística. No subraya el chiste ni aplasta la emoción. Crea una atmósfera italiana de canción popular, romanticismo suave, melancolía y ligereza. Suena a vacaciones, aunque en el fondo acompaña una despedida.

La crítica de ABC ya destacaba en 1973 que la película tenía una música “felicísima” y “adecuadísima”, y no era un elogio menor. En Avanti!, la música ayuda a sostener ese tono tan difícil: cadáveres, adulterio, burocracia, chantaje y, al mismo tiempo, sol mediterráneo, baños en el mar, terrazas y deseo tardío.

Rustichelli trabaja con una sensibilidad muy italiana, apoyándose en melodías que parecen venir de la canción popular, de la canción napolitana, del hotel junto al mar y de esas radios que suenan en verano como si el mundo no tuviera prisa. Entre las canciones asociadas a la película aparecen temas como “Senza fine”, “Un’ora sola ti vorrei” y “Palcoscenico”, que encajan de maravilla con la historia.

“Senza fine” tiene algo de amor suspendido, de relación que parece resistirse a terminar. Es perfecta para esa historia de los padres muertos, que durante años repitieron el mismo ritual secreto en Italia. “Un’ora sola ti vorrei” parece escrita para el corazón melancólico de la película: solo una hora contigo, solo un pequeño margen de felicidad antes de volver a la vida oficial. Y “Palcoscenico”, con esa idea de escenario, encaja muy bien con el hotel de Wilder, convertido en teatro de secretos, entradas, salidas, mentiras y revelaciones.

La banda sonora funciona casi como una memoria sentimental. Los amantes muertos ya no pueden hablar, pero la música parece hablar por ellos. Cada melodía sugiere que aquel adulterio tuvo la forma de una costumbre amorosa, un calendario secreto, una fidelidad escondida que solo existía durante unos días al año.

Ese contraste es precioso. La música invita al paseo, al vino blanco, al baño, al almuerzo lento y a la terraza frente al mar. Pero la historia gira alrededor de dos cadáveres y de una revelación familiar. Rustichelli entiende el tono de Wilder: la muerte puede estar bañada por el sol, el duelo puede tener ritmo de comedia y una canción italiana puede hacer más comprensible un pecado que cualquier sermón moral.

Por eso la música de Avanti! parece música de vacaciones, aunque en realidad es música de despedida. Mientras Wilder coloca ataúdes, certificados y funcionarios, Rustichelli recuerda que aquellos dos muertos tuvieron una vida secreta quizá más viva que la de quienes han ido a enterrarlos.

La banda sonora de Avanti! acompaña el recuerdo de una felicidad clandestina. Sus canciones suenan ligeras, casi veraniegas, pero debajo llevan la tristeza de quienes solo pudieron vivir de verdad durante un mes al año.

Una duración generosa para una comedia a contracorriente

Avanti! ronda las dos horas y media. Es mucho para una comedia romántica. En su momento, esa duración pudo jugar en contra. Algunos la vieron lenta, demasiado relajada, incluso algo anticuada. El Wilder de Con faldas y a lo loco, El apartamento o Uno, dos, tres parecía moverse con una precisión más afilada.

Aquí el ritmo es otro. La película se toma tiempo para que el hotel respire, para que las comidas se alarguen, para que los trámites se acumulen, para que el deseo aparezca sin prisa. Ese tempo puede desconcertar a quien busque una comedia de gag continuo. Pero también constituye su encanto. Avanti! habla de un hombre que aprende a dejar de tener prisa. La forma acompaña esa transformación.

Vista hoy, esa lentitud tiene algo de lujo. Wilder permite que el espectador se instale en la película como en un hotel antiguo. Uno entra, deshace la maleta y acepta el ritmo de la casa.

La recepción española: comedia deliciosa con alfileres

La reseña de ABC fue entusiasta. Hablaba de una historia tiernísima e ingeniosa, de diálogo burbujeante, de gags verbales, ironías y sorpresas. También destacaba la pintura de Ischia, los tipos italianos, el personaje del director del hotel y escenas como el entierro acompañado por violines y guitarras napolitanas.

Lo más interesante llega al final de esa crítica: bajo la sonrisa, Wilder habría instalado “alfileritos” de sátira contra las nalgas respetables de la organización burguesa-capitalista occidental. La imagen es estupenda. Resume muy bien el mecanismo de la película. Avanti! sonríe, pero pincha. Acaricia, pero deja marca.

El artículo de Filmoteca de Catalunya, años después, la presentaba bajo una idea muy certera: secretos de familia. Esa lectura ilumina el centro de la película. Wendell y Pamela descubren una vida oculta de sus padres, una intimidad que contradice la imagen oficial que tenían de ellos.

Secretos de familia y felicidades clandestinas

La película tiene una tristeza muy particular porque el gran amor que la sostiene ya nos llega muerto. Apenas vemos a los amantes. Los reconstruimos a través de habitaciones, empleados, rutinas, objetos, canciones, comentarios y cadáveres. Es un romance contado desde sus restos.

Wendell y Pamela heredan una revelación. Sus padres tenían una doble vida. Durante años se encontraban en Italia, repetían rituales, ocupaban el mismo hotel, compartían baños, comidas, noches y amaneceres. Esa constancia convierte el adulterio en algo más complejo que una simple aventura. Había rutina amorosa, fidelidad secreta, una forma de matrimonio paralelo sin papeles.

Wilder mira esa relación con ironía, ternura y comprensión adulta. La pregunta que deja flotando es incómoda: ¿qué ocurre cuando la vida respetable se vuelve tan estrecha que la felicidad solo puede existir a escondidas?

Esa pregunta da a Avanti! su melancolía. Los muertos no pueden explicarse, pero su historia transforma a los vivos. Pamela entiende mejor a su madre. Wendell empieza a entender a su padre. Y el espectador comprende que la película habla de una felicidad imperfecta, discutible, clandestina, pero verdadera.

Una comedia antigua con una herida moderna

Avanti! parece una comedia clásica colocada en pleno cine de los setenta. Tiene diálogos cuidados, secundarios deliciosos, equívocos, ritmo teatral, música sentimental y una estructura de transformación moral. Bajo esa apariencia elegante asoma una herida muy moderna: la sospecha de que la vida oficial puede ser una impostura.

El matrimonio, la empresa, la reputación, el apellido familiar y la respetabilidad aparecen como decorados sociales. Frente a ellos, el hotel italiano ofrece un espacio provisional donde los personajes pueden permitirse otra identidad. Durante unos días, las reglas se aflojan. La muerte abre una grieta por la que entra la vida.

Por eso la película gana con los años. Quizá no tenga la perfección geométrica de los grandes Wilder. Quizá su duración pese en algunos tramos. Quizá su Italia resulte por momentos tópica. Pero su tono, su tristeza soleada y su defensa de los momentos robados la convierten en una obra mucho más valiosa de lo que indica su fama secundaria.

El muerto que enseña a vivir

El gran chiste de Avanti! es amargo: los vivos llegan a enterrar a los muertos, pero son los muertos quienes les enseñan a vivir. El padre de Wendell, que parecía una figura respetable y convencional, escondía una vida secreta más luminosa que la de su hijo. La madre de Pamela, reducida en apariencia al papel incómodo de amante, había construido una historia de amor que sobrevivía en las rutinas del hotel, en la memoria de los empleados y en las canciones italianas.

La película empieza con un trámite funerario y acaba convertida en una invitación a respirar. Wilder coloca cadáveres, sellos, chantajes, diplomáticos y maletas, pero deja al fondo una pregunta dolorosa: ¿cuánta vida auténtica cabe dentro de una existencia respetable?

Avanti! es una comedia de verano con sombra de cementerio. Una película larga, cálida, imperfecta, elegante y profundamente humana. Una obra que cada año apetece recuperar cuando llega el calor, porque su Italia imaginaria sigue ofreciendo algo que el cine actual rara vez concede: tiempo para mirar, para escuchar, para sonreír con tristeza y para recordar que a veces la felicidad llega tarde, escondida y durante muy pocos días.

Por eso seguimos volviendo a ella. Porque Billy Wilder empieza con dos cadáveres y termina hablándonos de la vida. Porque Jack Lemmon viaja a Italia para recoger un cuerpo y encuentra una emoción. Porque Juliet Mills convierte la timidez en encanto. Porque Clive Revill administra secretos como quien sirve el desayuno. Porque Rustichelli hace que una despedida suene a canción de verano.

Y porque, al final, Avanti! nos deja una verdad incómoda y hermosa: hay muertos que han vivido mucho más que los vivos.




04/07/2026

Alicia en el páis de las maravillas (Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson, 1951)

 

28/06/2026

Los productores (Mel Brooks, 1967)

 

Cartel de Los productores, comedia de Mel Brooks con Zero Mostel y Gene Wilder, destacando el número musical “Primavera para Hitler”.
Mel Brooks cumple 100 años: la bomba cómica de Los productores

 

 En el centenario de Mel Brooks, recordamos Los productores, su debut como director: una comedia feroz con Zero Mostel, Gene Wilder y el mítico número “Primavera para Hitler”, retrasada en España por la censura y convertida con los años en obra fundamental de su cine.

El centenario de un genio incorregible

Mel Brooks cumple 100 años este 28 de junio de 2026, y pocas películas sirven mejor para celebrar su legado que Los productores (The Producers, 1967), su primera película como director. Brooks ha atravesado un siglo entero defendiendo una idea tan sencilla como peligrosa: la risa puede ser dinamita.

Los productores fue precisamente eso: una bomba cómica lanzada contra el buen gusto, contra la solemnidad teatral y contra el miedo reverencial a ciertos símbolos. Antes de El jovencito Frankenstein, antes de Sillas de montar calientes, antes de que Mel Brooks fuera una marca reconocible para el gran público, ya estaba aquí todo su mundo: el vodevil, el exceso, el humor judío neoyorquino, la sátira brutal y la música usada como arma de demolición.

Un debut que en España llegó tarde

La historia española de Los productores resulta especialmente reveladora. Aunque fue el debut cinematográfico de Mel Brooks, aquí llegó casi como descubrimiento tardío. La crítica de ABC Sevilla, en marzo de 1977, lo resumía con claridad: pocos directores habían tenido tan poca suerte en la distribución española como Brooks, porque su obra había llegado “a saltos” y sin orden cronológico. Primero se estrenó El jovencito Frankenstein y, al amparo de su éxito, llegaron después otros títulos como El misterio de las doce sillas, Sillas de montar calientes, La última locura y finalmente Los productores.

El retraso también tuvo que ver con la censura. Blanco y Negro, en enero de 1977, fue aún más explícito al señalar que la película no había podido verse antes en España por culpa de una censura “diligente y reticente”. Una película con productores judíos, ancianas seducidas por un empresario arruinado, personajes teatrales amanerados, un autor nazi perturbado y un musical titulado “Primavera para Hitler” difícilmente podía circular con normalidad en la España franquista.


Un fracaso calculado que sale demasiado bien

La premisa es una de las más brillantes de la comedia americana. Max Bialystock, productor teatral arruinado, y Leo Bloom, un contable neurótico, descubren que se puede ganar más dinero con un fracaso que con un éxito. Si recaudan una fortuna para montar una obra destinada al desastre, podrán quedarse con el dinero cuando el espectáculo se hunda en una sola noche.

Para asegurar el fracaso eligen lo peor imaginable: una obra titulada “Primavera para Hitler”, escrita por un nazi lunático que pretende rehabilitar la memoria del dictador. Pero el público interpreta aquello como una sátira tan descomunal que termina riéndose a carcajadas.

Los recortes españoles entendieron muy bien el mecanismo. ABC explicaba que Brooks construía una galería de personajes excéntricos —el director teatral y su ayudante, el actor pseudo-hippy, el autor nazi— y que la narración avanzaba como una sucesión cada vez más divertida, increíble y exagerada de tipos, gags y situaciones.


Zero Mostel y Gene Wilder: dos formas de la histeria

La película se sostiene sobre una pareja cómica extraordinaria. Zero Mostel interpreta a Max Bialystock como una fuerza de la naturaleza: sudoroso, teatral, manipulador, vulgar, inmenso. Cada aparición suya ocupa la pantalla como una avalancha.

Frente a él, Gene Wilder compone un Leo Bloom frágil, infantil, crispado, lleno de tics, miedos y estallidos de pánico. Wilder ya anuncia aquí al actor genial que luego explotaría en El jovencito Frankenstein: capaz de pasar de la ternura al grito en medio segundo.

La crítica española valoró mucho a ambos. ABC Sevilla definía a Zero Mostel como un actor cómico fabuloso, aunque le reprochaba cierto divismo y ansias de protagonismo absoluto, y destacaba también a Gene Wilder, Dick Shawn y Christopher Hewitt.

Blanco y Negro subrayaba asimismo el peso de Wilder y Mostel, y señalaba a Dick Shawn como el actor absurdo cuya interpretación convierte lo que debía ser un fracaso monumental en un éxito estruendoso. También citaba a Kenneth Mars como el autor nazi perturbado y a Lee Meredith como la secretaria sueca y sexy.

“Primavera para Hitler”: la canción imposible

El corazón venenoso de Los productores es “Springtime for Hitler”, traducida en la prensa española como “Primavera para Hitler” o “Primavera de Hitler”. La canción fue escrita y compuesta por el propio Mel Brooks, y funciona como una parodia explosiva del musical de Broadway.

La escena imita el tono luminoso, pegadizo y espectacular de un gran número musical, aplicado a un contenido deliberadamente monstruoso. Esa contradicción lo cambia todo: música alegre, coristas sonrientes, estética de revista y Hitler convertido en una caricatura grotesca.

La canción ridiculiza al nazismo desde la exageración más feroz. Brooks entendió que una forma de atacar a los dictadores consistía en quitarles solemnidad, arrebatarles la épica y reducirlos a puro esperpento. La entrada de Dick Shawn como Lorenzo St. DuBois, “L.S.D.”, remata la escena: Hitler aparece como un hippie descerebrado, una estrella pop ridícula, un pelele de musical barato.

Mal gusto, venganza cómica y libertad

La polémica de Los productores nace de su audacia central: convertir a Hitler en un número de Broadway. En 1967 aquello era dinamita. Apenas habían pasado dos décadas desde la Segunda Guerra Mundial, y una comedia con nazis bailando y coristas sonrientes resultaba demasiado fuerte para muchos espectadores.

La acusación era evidente: mal gusto. Brooks respondía con carcajadas, ritmo de vodevil y una tradición muy concreta: la del humor judío que convierte el dolor en sarcasmo y el miedo en burla. Su ataque iba contra el verdugo, contra su estética, contra su pompa y contra esa liturgia marcial que el cine tantas veces había revestido de gravedad.

Aspecto técnico: una película más teatral que visual

Técnicamente, Los productores todavía está lejos de la precisión formal que Brooks alcanzaría después en El jovencito Frankenstein, donde la parodia visual del cine de terror clásico está trabajada con una elegancia admirable.

Aquí la puesta en escena es más directa y más teatral, Esa aparente tosquedad juega a favor de la película. Los interiores, las oficinas, los camerinos y el teatro crean un mundo de mediocridad, ansiedad y fracaso. La cámara busca el ritmo del gag, la reacción del actor, el choque entre la pausa y el grito.

El gran despliegue visual llega con “Primavera para Hitler”, donde la dirección artística, el vestuario, la coreografía y la música convierten la escena en una parodia grotesca del espectáculo de Broadway. La película brilla por su timing cómico, por la dirección de actores y por la capacidad de convertir una idea ofensiva en un mecanismo perfecto de sátira.

Peter Sellers, el padrino inesperado

La película tuvo una recepción inicial difícil. Hubo quienes no supieron qué hacer con aquella barbaridad cómica. Entonces apareció un aliado inesperado: Peter Sellers.

Sellers quedó fascinado por la película y ayudó a recomendarla públicamente, hasta convertirse en una especie de padrino moral del film. La anécdota tiene gracia porque Brooks había pensado en él para el papel de Leo Bloom, que finalmente interpretó Gene Wilder. 

El Oscar que parecía imposible

Lo más irónico es que aquella película aparentemente suicida acabó ganando el Oscar al mejor guion original para Mel Brooks. Una comedia sobre una estafa teatral y un musical nazi obtenía así el reconocimiento de Hollywood.

Su camino fue el de las películas de culto: recepción difícil al principio y prestigio creciente con los años. La crítica española de 1977, pese a su llegada tardía, ya supo ver su importancia. Blanco y Negro concluía que Los productores era imprescindible para conocer la trayectoria de Mel Brooks como autor-realizador e innovador de la comicidad en el cine.

De película incómoda a fenómeno musical

Décadas después, Los productores tuvo una segunda vida espectacular en los escenarios. El musical de Broadway, estrenado en 2001, se convirtió en un fenómeno y ganó doce premios Tony, algo que Brooks recordaba con orgullo cuando presentó en España la versión cinematográfica musical de 2005, dirigida por Susan Stroman y protagonizada por Nathan Lane, Matthew Broderick y Uma Thurman.

En una entrevista publicada por ABC en marzo de 2006, Brooks explicaba que no quería que el espectáculo de Broadway se esfumara “en el aire”. Para él, muchos grandes musicales habían desaparecido dejando sólo la grabación de sus canciones, y quería conservar la vida de Los productores en el cine. También hacía una distinción muy lúcida: en el teatro era “espectáculo más comedia”, mientras que en el cine debía ser “comedia con música”.

Brooks en Madrid: contra lo políticamente correcto

En septiembre de 2006, Brooks vino a Madrid para asistir al estreno español del musical, protagonizado por Santiago Segura y José Mota. ABC recogía unas declaraciones muy útiles para entender toda su obra: “Hay que romper las ataduras de lo políticamente correcto”. Para Brooks, la corrección política levantaba obstáculos contra la libertad de la comedia. Su función, decía, era retroceder al pasado, decirle la verdad al rey y hacer que se riera.

También dejó otra frase muy brooksiana: nunca trabajó por dinero, trabajó por conseguir sonrisas; si haces reír, el dinero viene después.

Ese mismo reportaje recogía su entusiasmo por el montaje español. Brooks dijo que la producción española era más emotiva y más humana que la de Nueva York, y que en español sonaba más divertida.

La versión española del musical fue promocionada sobre todo por la presencia de Santiago Segura y José Mota, pero la crítica de ABC insistía en que eso era sólo la punta del iceberg: detrás había un gran musical con libreto ácido, mordaz e inteligente, envuelto en un magnífico espectáculo.

También se destacaba que Brooks había compuesto una partitura amable, de sonido Broadway, con canciones pegadizas y chispeantes, pensadas para el espectáculo puro. La producción española, fiel al espíritu original, convertía el Teatro Coliseum de Madrid en una fiesta teatral.


Conclusión: reírse del monstruo

En el centenario de Mel Brooks, Los productores conserva intacta su fuerza. Es una declaración de principios: Hitler convertido en número de revista, el fracaso transformado en negocio, Broadway convertido en campo de batalla cómico y la carcajada usada como forma de resistencia.


23/06/2026

La profecía (Richard Donner, 1976)


 

La profecía (Richard Donner, 1976): el Anticristo también puede vestir de etiqueta

Una película de terror con aire de gran producción

Hay películas de terror que buscaban el sobresalto, el grito fácil, la sangre o la criatura escondida en la sombra. Y luego estaba La profecía, dirigida por Richard Donner en 1976, una película que da miedo porque se toma su historia con una seriedad absoluta.

Aquí el horror aparecía en mansiones elegantes, embajadas, iglesias, hospitales, salones de poder y hasta la Casa Blanca..El mal ya está instalado dentro del sistema.

El terror religioso de los años setenta

La película llegó en plena fiebre del terror religioso de los años setenta. Después de La semilla del diablo y El exorcista, el cine comercial descubrió que el demonio podía ser un gran asunto.

Pero La profecía tiene una personalidad muy marcada. Resulta menos íntima y enfermiza que la película de Polanski, y menos visceral que la de Friedkin. Richard Donner propone otra vía: el terror de la fatalidad, de la conspiración apocalíptica, de la profecía que se va cumpliendo paso a paso mientras sus protagonistas intentan resistirse a lo inevitable.

Robert Thorn y el pecado original de la película

El punto de partida es muy potente. Robert Thorn, un diplomático estadounidense interpretado por Gregory Peck, pierde a su hijo recién nacido y acepta sustituirlo en secreto por otro bebé, sin decírselo a su esposa.Ese niño será Damien.

A partir de ahí, la vida familiar de los Thorn empieza a llenarse de señales inquietantes: comportamientos extraños, muertes inexplicables, advertencias religiosas, fotografías premonitorias y una presencia infantil que, sin hacer casi nada, va contaminando toda la película.

Damien: el niño que apenas necesita actuar

Uno de los mayores aciertos de La profecía es Damien. Harvey Stephens no interpreta al niño como un pequeño monstruo gesticulante. Donner lo utiliza con inteligencia: una mirada, una sonrisa, una aparición silenciosa bastan para sembrar la duda.

Damien da miedo porque apenas se expresa. La película deja que el espectador proyecte sobre él la sospecha. ¿Es realmente el Anticristo? ¿O son los adultos quienes empiezan a ver señales donde solo hay casualidades terribles?

Durante buena parte del metraje, esa ambigüedad mantiene viva la inquietud.

Gregory Peck: dignidad clásica frente al horror

Gregory Peck aporta a La profecía una gravedad fundamental. Su presencia de actor clásico, asociado a personajes nobles, rectos y moralmente firmes, eleva el material y evita que la película quede reducida a un simple relato satánico de consumo rápido.

Además, hay un dato biográfico que resulta difícil de separar de la impresión que produce su interpretación. En 1975, poco antes del rodaje y estreno de La profecía, su hijo Jonathan murió a los treinta años en lo que fue considerado un suicidio. Conviene mencionar este hecho con respeto, sin convertirlo en reclamo morboso, pero esa herida real añade una sombra inevitable a su interpretación de Robert Thorn, un padre enfrentado a una situación monstruosa y moralmente insoportable.

Con Peck, La profecía adquiere peso trágico. Robert Thorn es un padre, un marido, un hombre público y un racionalista obligado a aceptar una verdad imposible. La película funciona porque vemos cómo se rompe poco a poco una figura de autoridad. Lo terrible no está solo en descubrir que Damien puede ser el Anticristo; está también en asistir al derrumbe íntimo de un hombre que debe tomar una decisión incompatible con todo lo que ha sido.

También Lee Remick resulta esencial como Katherine Thorn. Su personaje introduce el miedo doméstico y físico: el rechazo instintivo hacia el niño, la sensación de que algo amenaza su cuerpo y su maternidad, la angustia de estar atrapada en una familia aparentemente perfecta. Frente al terror más institucional que rodea a Robert, Katherine vive el horror desde la intimidad.

El aspecto técnico: elegancia, suspense y fatalidad

En el aspecto técnico, La profecía es una película muy sólida. La fotografía de Gilbert Taylor apuesta por una imagen elegante, limpia, casi de thriller de prestigio. No hay una estética excesivamente deformada ni un abuso de sombras expresionistas.

Muchas escenas podrían pertenecer a un drama diplomático o familiar. Precisamente ahí está la fuerza: Donner introduce lo demoníaco dentro de un mundo reconocible, ordenado y respetable.

La puesta en escena es clara, clásica y eficaz. Donner no busca lucirse con movimientos de cámara caprichosos. Prefiere construir las escenas con calma, preparar el espacio y dejar que el horror irrumpa con una violencia seca.

Las muertes como mecanismo demoníaco

Las muertes de la película son inolvidables porque parecen accidentes y, al mismo tiempo, actos de una voluntad invisible.

La niñera en la fiesta, el sacerdote, la plancha de cristal, la caída de Katherine… Cada escena tiene algo de mecanismo fatal. Son piezas de una maquinaria demoníaca que avanza sin detenerse.

El montaje combina muy bien dos líneas: el drama familiar y la investigación. A medida que Robert Thorn y el fotógrafo Jennings siguen las pistas, la película se acerca al thriller detectivesco. Viajes, cementerios, fotografías, documentos, revelaciones y advertencias religiosas construyen una trama de conspiración apocalíptica.

Jerry Goldsmith y la misa negra del cine comercial

Y luego está Jerry Goldsmith. Su música es uno de los grandes milagros negros de la película.Ave Satani convierte La profecía en una especie de misa demoníaca cinematográfica, construye una liturgia. Los coros, el latín satánico y la solemnidad de la partitura dan a la película una dimensión bíblica con la que le arrébato el Oscar póstumo para Bernard Herrmann y Taxi Driver

La recepción española: una película llamada al éxito

La recepción española de la película resulta muy reveladora. En ABC, Pedro Crespo ya la presentó desde el Festival de San Sebastián como una obra llamada al éxito taquillero, campeona en Gran Bretaña y posible equivalente de Tiburón para la nueva temporada. La veía claramente como un fenómeno comercial en potencia, aunque también señalaba debilidades de guion y cierta irregularidad en la puesta en escena de Richard Donner. Aun así, reconocía que el conjunto estaba destinado a una aceptación mayoritaria porque la película era técnicamente hábil en líneas generales.

La crítica de ABC también destacaba algunos efectos muy logrados, especialmente la muerte de la niñera y la del sacerdote, aunque reprochaba a la película cierta pérdida de tensión en la parte italiana de la investigación. Sobre Donner, lo definía como un experto realizador de telefilmes que acertaba en la diana general de la película, aunque fallara en algunos blancos concretos. Es una observación muy útil: La profecía puede tener zonas irregulares, pero Donner comprende el tono global, la atmósfera y el avance inexorable de la amenaza.

ABC Sevilla fue más entusiasta

En Sevilla, Antonio Colón fue bastante más entusiasta. Para él, lo que en principio podía parecer otra consecuencia de la moda de El exorcista se convertía, gracias a Donner, en un inteligente film de suspense y terror. Señalaba que el director insistía más en el suspense que en el terror directo, y que precisamente por eso los efectos y sorpresas resultaban más impresionantes.

Colón citaba la incursión nocturna al cementerio y la decapitación en cámara lenta como momentos especialmente eficaces. También elogiaba el montaje clásico y sobrio, y la música de Jerry Goldsmith, con sus temas corales, como elementos decisivos para sostener la tensión.

Una película entre La semilla del diablo y El exorcista

Otros recortes de la época y revisiones posteriores ayudan a entender todavía mejor su lugar dentro del terror de los setenta. En algunos textos se la situaba a caballo entre La semilla del diablo y El exorcista: heredaba de la primera la idea del mal infiltrado en una familia aparentemente respetable, y de la segunda el impacto comercial del satanismo convertido en espectáculo de masas.

Pero La profecía añadía un elemento propio: el aire de investigación, de complot bíblico y político, donde las fotografías, los cementerios, los sacerdotes y los viajes funcionan casi como pistas de una novela negra apocalíptica.

El 666 como reclamo publicitario

También resulta muy expresivo el modo en que se promocionaba la película. El número 666, el regreso de los judíos a Sion, el renacimiento del Imperio Romano bajo la forma del Mercado Común, el cometa, el Armagedón y la llegada del Anticristo eran presentados como piezas de una maquinaria profética.

El terror se vendía con solemnidad bíblica, pero también con inteligencia publicitaria. La profecía no solo asustaba por lo que contaba, sino por cómo hacía creer al espectador que la historia podía encajar en los miedos políticos y religiosos de su tiempo.

Los miedos modernos convertidos en un niño

Vista con distancia, la película también puede leerse como una forma de convertir temores modernos en una figura reconocible. Los años setenta estaban marcados por la Guerra Fría, la desconfianza hacia las instituciones, las crisis políticas y la sensación de que el mundo podía irse al abismo.

El éxito de la película fue enorme. Costó relativamente poco para los estándares de una gran producción y recaudó muchísimo, convirtiéndose en uno de los grandes fenómenos del terror de 1976.

La campaña publicitaria supo explotar muy bien el número 666, el miedo religioso y la idea de que el Anticristo podía tener rostro de niño rubio y sonrisa inocente. Fox encontró su gran respuesta al impacto de El exorcista, pero con un tono distinto: más elegante, más diplomático, más apocalíptico.

Ese éxito abrió una saga y convirtió a Damien en uno de los niños más inquietantes de la historia del cine fantástico.

Las leyendas del rodaje

También ayudaron las leyendas alrededor del rodaje. Como suele ocurrir con este tipo de películas, La profecía fue rodeándose de historias sobre accidentes, rayos, tragedias y supuestas maldiciones.

Algunas pertenecen más al terreno de la mitología promocional que al de los hechos comprobables, pero forman parte del aura del film. El cine de terror necesita imágenes, pero también relatos alrededor de sus imágenes. Y La profecía los tuvo.

Conclusión: el mal también puede ser elegante

La profecía es una de las grandes películas de terror religioso de los setenta. Menos salvaje que El exorcista, menos psicológica que La semilla del diablo, pero quizá más implacable en su idea de destino.

Una película elegante, sombría, muy bien construida, con Gregory Peck aportando dignidad trágica y Jerry Goldsmith elevando cada amenaza hasta convertirla en misa negra.

Y eso, medio siglo después, sigue dando escalofríos.


15/06/2026

Camelot (Joshua Logan, 1967)

 

Cartel de Camelot de Joshua Logan, musical de 1967 con Richard Harris, Vanessa Redgrave, Franco Nero y Lionel Jeffries, recordado aquí en el centenario del actor británico.



Centenario de un secundario excéntrico en una obra fascinante

Este 2026 se cumple el centenario de Lionel Jeffries, un actor que en España quizá no se reconoce de inmediato por el nombre, pero sí por el tipo de personaje: el secundario británico excéntrico, con cara de viejo gruñón, mirada pícara y capacidad para robar una escena en dos gestos.

En Camelot, la gran superproducción musical dirigida por Joshua Logan en 1967, Jeffries interpreta al rey Pellinore, uno de los personajes que aportan humor y humanidad a una película dominada por la solemnidad, los ideales, la amistad, el amor y el derrumbe de un sueño político y sentimental. Su presencia resulta especialmente agradecida porque Camelot es, en muchos momentos, un film majestuoso, romántico y casi ceremonial. Pellinore entra como una corriente de aire fresco: excéntrico, despistado, entrañable, muy británico.

Un rostro de muchas películas

Aunque en España el nombre de Lionel Jeffries quizá no sea demasiado popular, su rostro aparece en un buen número de títulos británicos e internacionales de los años cincuenta y sesenta. Fue secundario en películas como The Quatermass XperimentEl experimento del doctor Quatermass—, The Colditz Story, Lust for LifeEl loco del pelo rojo—, The Revenge of Frankenstein, The Nun’s StoryHistoria de una monja—, Two-Way Stretch, The Trials of Oscar Wilde, Fanny, The Wrong Arm of the Law, Murder Ahoy!, First Men in the Moon y, por supuesto, Camelot.

Su papel más fácil de identificar para muchos espectadores es el de abuelo Potts en Chitty Chitty Bang Bang, junto a Dick Van Dyke y Sally Ann Howes. La gracia es que Jeffries hacía de padre de Dick Van Dyke aunque en realidad era unos meses más joven que él. Esa anécdota resume muy bien su carrera: rostro de anciano, energía de cómico y una presencia imposible de confundir.

Además, tuvo una faceta muy estimable como director y guionista de cine familiar. Su película más recordada en esa línea es The Railway Children —1970—, seguida de The Amazing Mr. Blunden —1972—.

Del éxito teatral al gran musical de Hollywood

Camelot adaptaba el musical de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, los mismos de My Fair Lady, inspirado a su vez en The Once and Future King de T. H. White. En Broadway había sido un gran éxito con Richard Burton, Julie Andrews y Robert Goulet, pero la versión cinematográfica apostó por Richard Harris como el rey Arturo, Vanessa Redgrave como Ginebra y Franco Nero como Lancelot. A ellos se sumaba David Hemmings como Mordred, justo en una etapa muy significativa de su carrera, poco después de Blow-Up.

La película llegaba dentro de una tradición que la crítica española relacionó enseguida con el gran musical moderno de Broadway llevado al cine. En ese contexto, Camelot aparecía como una nueva apuesta por el musical de gran formato, con canciones, decorados, romanticismo, leyenda y una voluntad clarísima de espectáculo total.

El resultado es una película de lujo, de casi tres horas, rodada en Panavision y Technicolor, que llega en un momento de cambio para Hollywood pero conserva todo el empaque de las grandes producciones de estudio. En 1967 el cine ya estaba mirando hacia otro tipo de sensibilidad: Bonnie and Clyde, El graduado y el nuevo público joven anunciaban otra época. Frente a eso, Camelot parecía venir de otro mundo: castillos, capas, armaduras, canciones solemnes y una fe profunda en la nobleza, la amistad, la justicia y la educación sentimental.

Joshua Logan, caballero de Broadway

Una de las claves de Camelot está en su director. Joshua Logan fue, ante todo, un hombre de teatro, un auténtico caballero de Broadway. Venía de un mundo de grandes éxitos escénicos, de musicales y de adaptaciones donde importaban tanto la palabra, el gesto y la presencia del actor como la pura maquinaria cinematográfica.

Esa raíz teatral ha sido a menudo utilizada contra él. Se le ha reprochado una planificación demasiado escénica, una cierta rigidez y una tendencia a la monumentalidad. Pero también conviene mirar el otro lado: Logan sabía trabajar con intérpretes, sabía construir emociones amplias y sabía conservar el aroma teatral de las obras que llevaba al cine. En Camelot eso resulta esencial, porque la película necesita tiempo, presencia y ceremonia para construir su mundo.

Más allá del aparato visual, la película vive mucho de las caras: el Arturo melancólico de Richard Harris, la Ginebra luminosa de Vanessa Redgrave, el Lancelot romántico de Franco Nero, el Mordred inquietante de David Hemmings y el Pellinore excéntrico de Lionel Jeffries. Logan quizá pensaba desde el teatro, pero eso también le permitía dar a sus actores un espacio emocional muy amplio.

Un lujo técnico con nombre propio: John Truscott

Técnicamente es una película de gran aparato. La fotografía fue de Richard H. Kline, el montaje de Folmar Blangsted, la producción de Jack L. Warner y el gran responsable visual fue John Truscott, encargado del diseño de producción y del vestuario.

Truscott fue casi el verdadero arquitecto plástico del film: sus trajes, colores, armaduras y decorados convierten Camelot en una especie de tapiz medieval de lujo, más legendario que realista. La película ganó tres Oscar: dirección artística-decorados, vestuario y adaptación musical. También estuvo nominada a fotografía.

No es casual que las críticas españolas destacaran precisamente ese aspecto. Se subrayó su belleza formal, inspirada en modelos prerrafaelistas y modernistas. Ese punto es fundamental: Camelot no busca una Edad Media realista. Construye una Edad Media soñada, pictórica, ornamental, casi de vidriera o de ilustración romántica.

“Aquí todo es belleza”

Una de las críticas españolas más entusiastas con la película llegó a definirla como un “espectáculo de ensueño”. Incluso aplicaba al mundo de Camelot aquel famoso reclamo asociado a My Fair Lady: “Aquí todo es belleza”. La frase le va muy bien a la película, porque resume su apuesta estética: una belleza desbordada en las fiestas primaverales y teñida de melancolía en las secuencias finales.

También se habló de una “obra de arte cinematográfico” apoyada en la leyenda del rey Arturo, Merlín, Ginebra y Lancelot. Se destacaban la partitura de Frederick Loewe, la dirección musical de Alfred Newman, los castillos medievales, los bosques a contraluz, el boato de la corte y el contraste entre la elegancia del mundo caballeresco y la rudeza del entorno.

Es una lectura muy valiosa porque permite ver cómo se recibió la película en su momento: no solo como un musical largo y caro, también como un objeto visual de gran ambición, una fantasía lírica que apostaba por la belleza sin complejos.

Castillos españoles para una leyenda británica

Uno de los detalles más curiosos para el espectador español es que, aunque Camelot cuenta una leyenda artúrica británica, parte de su imagen más memorable se construyó con castillos españoles. El Castillo de Coca, en Segovia, sirvió para representar Camelot en planos exteriores, y el Alcázar de Segovia aparece asociado al mundo de Lancelot.

La prensa de la época ya señalaba esa curiosidad: se habían rodado exteriores del film en castillos medievales españoles. Esta fantasía inglesa tiene bastante piedra —y ladrillo— castellano. Ese punto le da un encanto especial: Hollywood fabricando la Edad Media artúrica con escenarios españoles, como si la leyenda del rey Arturo necesitara pasar por Castilla para encontrar su forma más espectacular.

Canciones dobladas, versión original y recortes

En España, Camelot se vio inicialmente dentro de las prácticas habituales del doblaje de la época, con las canciones adaptadas al castellano. Ese dato resulta especialmente interesante porque la recepción de un musical cambia mucho según cómo llegan las canciones al espectador.

El propio material conservado permite ver luego otra vida de la película: en una reposición del cine Alexis se anunciaba Camelot “por primera vez en versión original e íntegra”, aunque “sin subtítulos”. Es un detalle precioso porque habla de la circulación de los musicales en España: primero doblados y adaptados para el gran público, más tarde recuperados en pases cinéfilos que reivindicaban la integridad de la versión original.

También hay constancia de que algunas proyecciones pudieron llegar con momentos musicales mutilados o ajustados por duración. En una crítica se lamentaba no haber visto la película en versión original y se señalaba la ausencia o recorte de canciones como “Me pregunto: ¿qué hace el Rey esta noche?” y el finale último, de los que solo se habrían oído los primeros compases.

Ese detalle es magnífico para entender cómo circulaban entonces los grandes musicales: doblados, adaptados, a veces recortados, y más tarde reivindicados en pases íntegros o en versión original.

Una banda sonora entre el romance y la elegía

La banda sonora contiene varios momentos importantes, entre ellos “If Ever I Would Leave You”, “The Lusty Month of May”, “I Loved You Once in Silence” y el tema titular, “Camelot”. No tiene quizá la ligereza de My Fair Lady, pero sí una melancolía muy particular.

La película funciona especialmente bien cuando se entiende como una elegía: la historia de un ideal que nace con ilusión y acaba puesto a prueba por el deseo, la traición, la política y la dificultad de sostener un sueño demasiado noble.

Una de las claves del film está precisamente en ese arco emocional: empieza como cuento luminoso y acaba como recuerdo de un mundo perdido. La primavera, el amor, la ilusión de la Mesa Redonda y el sueño de Arturo se van tiñendo poco a poco de tristeza.

La recepción crítica: una película discutida, admirada y reivindicable

La recepción crítica de Camelot resulta especialmente interesante porque no se limita a la típica división entre entusiasmo y reparos. Desde su estreno y en sus posteriores emisiones y recuperaciones televisivas, la película fue vista como una obra de gran aparato, discutida por su duración y por su raíz teatral, pero también admirada por su belleza visual, su ambición musical y su capacidad para convertir la leyenda artúrica en un espectáculo de enorme poder romántico.

En 1969, la crítica sevillana la situaba en la estela del gran musical moderno llevado al cine, junto a West Side Story y My Fair Lady, y la describía como un “espectáculo de ensueño”. Incluso llegaba a llamarla “obra de arte cinematográfico”, destacando la belleza de las fiestas primaverales, la melancolía de las secuencias finales, la partitura de Frederick Loewe, la dirección musical de Alfred Newman, la excelente fotografía y la curiosidad de sus exteriores rodados en castillos medievales españoles.

Años después, otros comentarios mantuvieron esa doble lectura: Camelot podía ser una película discutida, pero sus valores eran difíciles de negar. En 1989 se la definía como uno de los últimos grandes musicales espectaculares producidos por Hollywood y se destacaban, por encima de cualquier polémica, la música de Loewe, la belleza formal inspirada en modelos prerrafaelistas y modernistas, el componente literario de la historia y el excelente cuadro de intérpretes.

Esa insistencia en la belleza formal no es casual. La película fue leída muchas veces como una obra más pictórica que realista, más cercana al tapiz, a la ilustración romántica y al ideal prerrafaelista que a una reconstrucción histórica de la Edad Media. En 1994, César Santos Fontenla resumía muy bien esa línea al señalar que Joshua Logan se había preocupado básicamente por la imaginería, centrada en una estética prerrafaelista y modernista, y que esa circunstancia hacía del film, pese a su extenso metraje, un “fascinante espectáculo” sobre las aventuras y desventuras, sobre todo amorosas, del rey Arturo.

También es revelador cómo aparece en otros recortes del dossier, donde Camelot se mantiene viva como título de referencia en programaciones y recuperaciones televisivas. En esas menciones, la película ya no aparece solo como estreno espectacular, sino como gran musical clásico disponible para una nueva mirada: una leyenda convertida en comedia musical, una obra de reparto poderoso y una pieza de Hollywood que seguía llamando la atención por su duración, su música, su colorido y su sentido del espectáculo.

La crítica, por tanto, no la trató únicamente como una superproducción pesada o anticuada. Hubo reservas, desde luego: su metraje, su teatralidad y su solemnidad podían jugar en contra para determinados espectadores. Pero al mismo tiempo muchos comentarios insistieron en aquello que hoy permite reivindicarla: su dimensión visual, la calidad de su partitura, el brillo de Vanessa Redgrave y Richard Harris, la presencia romántica de Franco Nero, el interés de David Hemmings como Mordred y ese tono crepuscular que convierte el relato artúrico en elegía.

Vista desde esa recepción crítica, Camelot aparece como una película más rica de lo que a veces se ha dicho. Es una obra que llegó tarde para el viejo Hollywood, pero precisamente por eso conserva algo muy valioso: la grandeza de una forma de espectáculo que todavía creía en la belleza, en la música, en el mito y en la emoción moral.

El mito Kennedy y la idea de Camelot

Camelot siempre ha tenido una lectura que va más allá de la leyenda artúrica. El título quedó asociado al mito de John F. Kennedy, después de que Jacqueline Kennedy relacionara la presidencia de su marido con aquel “breve instante” llamado Camelot. La película de Logan llega después de ese momento, y eso hace que su tono crepuscular resulte todavía más llamativo.

Vemos un reino medieval que se desmorona, pero también una fantasía sobre el fin de una época. Arturo intenta fundar un mundo más justo, más civilizado, más razonable. Y ese mundo acaba cayendo por la fragilidad humana: el deseo, la ambición, los celos, la traición y la imposibilidad de convertir un ideal en realidad duradera.

La mirada de Jaume Figueras

Jaume Figueras la ha reivindicado como una película muy importante para él, incluso como una lección de civismo: un musical sobre el amor, la amistad, el respeto, la generosidad y la posibilidad de construir un mundo más noble.

Su lectura de Camelot iba además unida a su interés por Joshua Logan. Figueras recordaba que Logan era un director poco valorado y que, en unas memorias del cineasta, quedaba clara su bisexualidad, además de sus problemas psiquiátricos. A partir de ahí, veía en sus películas una defensa del amor abierto: en Camelot, a través del triángulo entre Arturo, Ginebra y Lancelot; en La leyenda de la ciudad sin nombre, mediante el personaje de Jean Seberg, mujer de dos hombres.

Esa interpretación añade una capa muy interesante a la película. Camelot habla del choque entre el ideal y el deseo, entre la ley y los sentimientos, entre la imagen pública y la vida íntima. Vista así, la película gana profundidad: el reino que Arturo intenta construir se tambalea por la dificultad de hacer convivir los ideales con la verdad humana.

Lionel Jeffries, el respiro cómico

Y ahí entra muy bien Lionel Jeffries. Su rey Pellinore no ocupa el centro del drama, pero sí pertenece a esa clase de personajes que hacen que una película respire. En medio de tanta ceremonia artúrica, Jeffries introduce humanidad, rareza y humor.

Era un actor perfecto para ese tipo de papel: parecía mayor de lo que era, tenía una presencia física inconfundible y dominaba como pocos esa tradición británica del secundario excéntrico. No era una estrella internacional de cartel, pero sí uno de esos actores que enriquecen cualquier película en la que aparecen.

En Camelot, su Pellinore ayuda a que la película no quede aplastada por su propia solemnidad. Frente al Arturo melancólico de Richard Harris, la Ginebra luminosa de Vanessa Redgrave, el Lancelot romántico de Franco Nero y el Mordred inquietante de David Hemmings, Jeffries aporta una excentricidad muy agradecida. Es el tipo de secundario que parece entrar desde otra película, y precisamente por eso deja huella.

Una película fascinante y profundamente reivindicable

Por eso su centenario es una buena excusa para volver a Camelot. Para recordar a Jeffries y también para revisar una película que pertenece a un momento muy concreto del cine: el de las últimas grandes superproducciones musicales del viejo Hollywood. Una obra desmesurada, solemne, hermosa, melancólica y fascinante, que conserva intacta su capacidad de emoción.

Los artículos de prensa ayudan a defenderla mejor. En 1969 se la podía leer como un espectáculo de ensueño y una obra de arte cinematográfico. En 1989 se la recordaba como uno de los últimos musicales espectaculares de Hollywood, discutido pero lleno de valores. En 1994 se la definía como un fascinante espectáculo de imaginería prerrafaelista y modernista. Y en las revisiones posteriores de Logan aparece una idea muy justa: quizá fue un director más teatral que puramente cinematográfico, pero también un creador sensible a los actores, a los rostros, al cuerpo y a la emoción.

Camelot llegó en un momento complicado, cuando Hollywood empezaba a mirar hacia otro tipo de cine, pero precisamente por eso hoy resulta tan valiosa. Es una película con mundo propio: Richard Harris como un Arturo frágil y humanísimo, Vanessa Redgrave como una Ginebra viva y contradictoria, Franco Nero como un Lancelot de estampa romántica, David Hemmings como Mordred, castillos españoles haciendo de leyenda británica, canciones dobladas al castellano en su estreno español y Lionel Jeffries aportando esa nota de humor excéntrico que impide que todo quede demasiado solemne.

Recordar que Camelot existió

En el fondo, esa es la gracia de volver a verla hoy: descubrir que debajo de su lujo, de sus decorados y de sus tres horas de duración, Camelot habla de algo muy sencillo y muy triste. De los ideales que intentamos construir, de las personas que los ponen a prueba y de la necesidad de seguir contando que, alguna vez, existió un lugar llamado Camelot.

Lejos de ser una reliquia pesada, es una de esas películas que siguen defendiendo el poder del cine para imaginar un mundo más noble.

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