Del foso a la anarquía: Una noche en la ópera (1935), la cumbre definitiva de los Hermanos Marx
Coincidiendo con el Día Mundial de la Ópera, es inevitable acordarse de la tarde en que el género lírico sufrió el ataque más divertido, desvergonzado e inteligentemente destructivo de la historia del cine. Cuando en 1935 los Hermanos Marx cruzaron las puertas de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) de la mano del productor Irving Thalberg, muchos puristas del viejo Hollywood temieron que el humor caótico de los cómicos se aguara entre terciopelos y presupuestos millonarios. Ocurrió exactamente lo contrario, firmaron su obra más conocida: Una noche en la ópera (A Night at the Opera, 1935), dirigida con pulso firme por Sam Wood, y que sigue siendo un monumento insuperable de la comedia.
El salto a la MGM: Disciplina de estudio contra el caos vodevil
Para entender la magnitud del filme hay que mirar el método de gestación que impuso Thalberg. Los hermanos venían de la etapa dorada en la Paramount —con joyas desatadas como Sopa de ganso (1933)—, donde la improvisación campaba a sus anchas. Thalberg, obsesionado con el rendimiento comercial y la perfección milimétrica, les obligó a hacer algo inédito: probar todos los gags delante de público real en teatros de provincias antes de pisar un plató de rodaje. Si un chiste no arrancaba carcajadas unánimes, se reescribía sobre la marcha.
Este rigor provocó algún que otro choque legendario, como cuando un impaciente Groucho le soltó al todopoderoso productor: "Mira, muchacho, nosotros somos cómicos; tú solo eres un genio". Sin embargo, el banco de pruebas funcionó a la perfección. La película logró equilibrar la estructura narrativa y el romance sin sacrificar un ápice de locura.
La ópera como blanco perfecto de la sátira
El gran acierto del guion —escrito por George S. Kaufman y Morrie Ryskind— no fue usar la ópera como un simple decorado pintoresco, sino convertirla en el microcosmos definitivo del esnobismo, la pretenciosidad y la rigidez burguesa.
Frente a la petulancia del barítono divo Rodolfo Lassparri y las intrigas de la compañía lírica, los hermanos despliegan su artillería. Y ahí es donde entra en juego el relevo generacional: tras la marcha definitiva del prudente Zeppo Marx, los estudios ficharon al tenor clásico Allan Jones (en el papel del joven Ricardo Baroni) para ocupar el rol del galán romántico y la voz de la razón. Este, con su sólida formación vocal y su destreza interpretativa, aportaba la calidad lírica necesaria —secundado por la soprano Kitty Carlisle— para que las piezas de Giuseppe Verdi resonaran con seriedad dramática... justo antes de ser destrozadas por el gag visual.
El clímax: Cuando la anarquía devora el escenario
Es imposible hablar de la película sin detenerse en su secuencia cumbre: la representación de Il trovatore en el Gran Teatro de la Ópera.
Lo que comienza como una función solemne se transforma paulatinamente en una pesadilla para los mecenas y en una fiesta para el espectador. Los hermanos invaden el escenario, modifican las partituras a su antojo, cambian el ritmo de las arias para que los enamorados canten lo que les plazca y convierten la tramoya en un gimnasio de persecuciones aéreas. Harpo trepando por los telones y descolgando decorados en pleno drama lírico es una de las imágenes más potentes de la historia del séptimo arte. Lejos de ser abucheados, el público burgués termina rindiéndose ante la evidencia: el triunfo absoluto de la risa sobre la solemnidad.
La recepción histórica: ¿Cine o teatro filmado?
Merece la pena recordar cómo se vivió este fenómeno fuera de los grandes circuitos comerciales de su tiempo. Ya en su estreno en España —analizado con agudeza en su día por críticos de la época como Antonio Barbero desde las páginas de la hemeroteca de ABC— se abrió un debate fascinante
Sin embargo, el tiempo dictó sentencia. La propia crítica contemporánea admitía que la resistencia inicial se desvanecía en cuanto los espectadores se dejaban arrastrar por el torrente inagotable de ingenio de Groucho, la picaresca entrañable de Chico y la pantomima genial de Harpo
La intemporalidad del genio marxista
Lo fascinante de Una noche en la ópera es comprobar cómo su capacidad para provocar la carcajada resiste intacta el paso de las décadas. Mientras otras comedias de su época envejecieron arrastradas por el peso del costumbrismo o la coyuntura política del momento, el humor de los Hermanos Marx aquí trasciende cualquier barrera temporal porque opera bajo las reglas del absurdo más puro y universal. El gag del camarote o la lectura infinita de unas cláusulas contractuales que desafían la lógica gramatical son auténticas coreografías mentales que conectan directamente con la psique del espectador de cualquier época.
Una noche en la ópera la constatación de que la anarquía y el arte pueden (y deben) ir de la mano para recordarnos que ninguna institución, por muy solemne y burguesa que se pretenda, es inmune a un buen tartazo verbal. Al final, las óperas pasan, los directores se suceden y los teatros mudan de cartel, pero el eco de los pasos de Harpo y el puro descaro de Groucho siguen siendo el mejor antídoto contra la seriedad impostada de este mundo.
Fuentes de referencia y archivo
Hemeroteca del diario ABC de Sevilla (Edición histórica, junio de 1936)
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