Gente corriente: Robert Redford, el dolor familiar y la falsa normalidad americana
Que Gente corriente figure entre las películas favoritas del papa León XIV dice bastante de la película. No estamos ante una obra religiosa, pero sí ante una historia muy humana sobre la culpa, el duelo, el suicidio, la necesidad de ser escuchado y la dificultad de perdonarse después de una tragedia.
Y se entiende que pueda interesarle. Esta habla de heridas profundas: una familia rota, un hijo que no sabe cómo seguir viviendo y unos padres incapaces de mirar de frente lo que ha ocurrido. Bajo su apariencia de drama familiar burgués, la película plantea una pregunta muy incómoda: ¿qué pasa cuando una familia prefiere fingir que todo va bien antes que decir la verdad?
El galán que se puso detrás de la cámara
Robert Redford no eligió una película cómoda para debutar como director. Venía de ser uno de los grandes rostros del Hollywood de los setenta, el galán elegante de Dos hombres y un destino, El golpe, El gran Gatsby o Todos los hombres del presidente. Pero en 1980 decidió colocarse detrás de la cámara con una historia seca, íntima y dolorosa.
La prensa española de la época lo presentó casi como un “cambio de oficio”: Redford, a los cuarenta y tres años, dejaba momentáneamente la imagen de estrella para probarse como realizador. Él mismo decía que dirigir era una forma natural de controlar mejor el proceso creativo, y definía Gente corriente como una película “visceral” e incluso “política”, porque mostraba “lo que no marcha bien en América”.
Una familia perfecta, una herida invisible
La película nos lleva a una casa acomodada de Lake Forest, cerca de Chicago. Todo parece limpio, correcto y respetable. Pero esa apariencia se sostiene sobre una tragedia: Buck, el hijo mayor de los Jarrett, ha muerto en un accidente navegando con su hermano.
El superviviente, Conrad —Timothy Hutton—, no consigue vivir con la culpa. Ha intentado suicidarse, ha pasado por un hospital psiquiátrico y vuelve a casa sin saber cómo encajar en una familia que prefiere seguir funcionando como si nada hubiera pasado.
Su padre, Calvin —Donald Sutherland—, intenta acercarse a él con ternura, miedo y torpeza. Su madre, Beth —Mary Tyler Moore—, se aferra a la apariencia. Y ahí está el gran drama de la película: se está hundiendo una familia incapaz de hablar de lo que le duele.
El silencio como forma de violencia
Uno de los grandes aciertos es que no convierte este material en un melodrama de gritos. La película funciona de otra manera. Todo está medido.
La casa es elegante, los personajes hablan con educación, las comidas familiares parecen normales...En Gente corriente, el verdadero drama es que nadie sabe qué hacer con esa muerte. Conrad la vive como culpa y Beth parece querer borrarla de la vida familiar. Y esa diferencia acaba destruyendo lo poco que quedaba unido.
La crítica española la recibió con respeto
Cuando se estrenó en España, la crítica vio en Gente corriente algo más que el capricho de una estrella que quería dirigir. Pedro Crespo, en ABC, habló de una “iniciación de lujo” para Redford y destacó que la película exigía sobriedad, concisión y una interpretación sin fallos.
También subrayó algo fundamental: Redford sabía dirigir a los actores. Y eso se nota. La película deslumbra por la precisión con que coloca a sus personajes en una situación emocional cada vez más insoportable.
Psiquiatría, suicidio y culpa
Vista hoy, una de las cosas más modernas de Gente corriente es su tratamiento de la salud mental. El intento de suicidio de Conrad no se usa como golpe morboso. Redford lo presenta como consecuencia de una culpa terrible: Conrad ha sobrevivido al accidente en el que murió su hermano, y no sabe cómo aceptar esa supervivencia.
Ahí entra el doctor Berger, interpretado por Judd Hirsch. Sus escenas con Conrad son de lo mejor de la película. Berger no es un psiquiatra distante ni solemne. Es directo, a veces brusco, pero también profundamente humano. La consulta se convierte en el único lugar donde Conrad puede decir lo que en casa nadie se atreve a escuchar.
La terapia es más bien una grieta abierta en la mentira familiar. Curarse no significa olvidar, sino dejar de fingir. Por eso resulta tan importante la idea señalada por la crítica de la época: la sinceridad aparece como “el único camino con futuro”.
Beth, la madre incómoda
La película también permite una lectura más crítica. Esteve Riambau, años después, señaló el componente machista de Gente corriente.
La película reparte la comprensión de forma desigual. Conrad es el hijo herido. Calvin es el padre que aprende a escuchar. Berger es el terapeuta que ayuda a sacar la verdad. Beth, en cambio, queda fijada como la madre fría, elegante, rígida, casi culpable de que la familia no sane.
Mary Tyler Moore está extraordinaria precisamente porque no suaviza al personaje. Beth no es una madre melodramática. Es una mujer que ha decidido sobrevivir a base de control, apariencia y distancia. Pero la película apenas le concede un verdadero espacio interior. Vemos el daño que produce en Conrad y en Calvin, pero sabemos mucho menos de su propio dolor.
Ahí está la parte discutible de la película: Redford es muy severo con la madre. Eso no destruye Gente corriente, pero puede verse a la vez como un gran drama sobre el trauma y como una obra marcada por su tiempo, donde la figura materna carga con buena parte del fracaso emocional de la familia.
Un reparto en estado de gracia
El reparto es esencial. Donald Sutherland ofrece una de sus interpretaciones más contenidas y dolorosas. Su Calvin es un padre que quiere amar bien, pero no sabe cómo hacerlo. Es un hombre que empieza la película intentando sostener la familia y termina comprendiendo que quizá esa familia ya no puede sostenerse igual.
Mary Tyler Moore, famosa por su imagen televisiva, sorprende con un personaje durísimo. Su Beth incomoda porque nunca se rompe como esperamos. Redford la filma casi siempre desde la distancia, y eso aumenta su frialdad.
Timothy Hutton, hijo del actor Jim Hutton, debutaba en el cine con este papel. Su Conrad transmite fragilidad sin caer en el exceso. Por este trabajo ganó el Óscar al mejor actor de reparto, aunque su presencia en la película tiene un peso casi protagonista.
Y Judd Hirsch, como el doctor Berger, aporta la energía que falta en la casa de los Jarrett. Frente al silencio familiar, Berger representa la palabra directa.
Aspecto técnico: la elegancia del dolor
Técnicamente, Gente corriente es una película muy sobria. La fotografía de John Bailey evita el brillo espectacular. Los interiores tienen algo frío, limpio, casi aséptico. La casa de los Jarrett parece perfecta, pero esa perfección resulta inquietante.
Redford utiliza los espacios para mostrar la separación emocional. Muchas veces los personajes están juntos, pero parecen aislados dentro del encuadre. Comparten mesa, salón, habitación, pero no comparten realmente el dolor.
La película avanza con pausas, conversaciones y silencios. Es una dirección que se nota poco, pero está muy pensada. Redford quiere que el espectador vaya descubriendo, poco a poco, que la normalidad puede ser una forma de violencia.
La música de Marvin Hamlisch utiliza de forma muy eficaz el Canon de Pachelbel. Esa melodía de apariencia serena funciona como contraste: una música ordenada, casi perfecta, sobre una familia rota. Poco después, José Luis Garci utilizaría también el Canon en Volver a empezar, aunque allí con un sentido más nostálgico y elegíaco.
Los Óscar y la polémica con Toro salvaje
Gente corriente fue un gran éxito de prestigio. Ganó cuatro Óscar: mejor película, mejor director para Robert Redford, mejor actor de reparto para Timothy Hutton y mejor guion adaptado para Alvin Sargent.
Su victoria más discutida fue frente a Toro salvaje, de Martin Scorsese. Con el paso del tiempo, muchos han visto aquella decisión como una injusticia, porque Toro salvaje ha quedado como una de las grandes obras maestras del cine americano. Pero eso no debería convertir a Gente corriente en una película menor. La de Redford es menos deslumbrante formalmente, pero posee una fuerza íntima muy rara.
Una película que sigue doliendo
Lo más interesante de Gente corriente es que no ha perdido vigencia. Hoy hablamos más de salud mental, de depresión, de terapia, de suicidio... Pero la película ya estaba ahí, en 1980, tratando esos temas con una seriedad poco habitual en el cine comercial americano.
Redford no filma una película religiosa, pero sí una película sobre la sanación. Y esta llega cuando los personajes dejan de representar el papel de familia perfecta y empiezan a aceptar que el dolor ha cambiado sus vidas para siempre.
Por eso tiene sentido que pueda interesar al papa León XIV. Gente corriente habla de algo muy humano y muy profundo: la necesidad de perdonarse, de ser escuchado y de abandonar la mentira de que todo está bien.


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