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21/07/2026

El violinista en el tejado (Norman Jewison, 1971)

 

Imagen promocional de El violinista en el tejado, película musical de Norman Jewison protagonizada por Chaim Topol, evocando la tradición judía, el exilio de Anatevka y la figura simbólica del violinista sobre el tejado.

El violinista en el tejado: Norman Jewison y la tradición en equilibrio

Una película para el centenario de Norman Jewison

Análisis del film en YouTube:

El centenario de Norman Jewison invita a volver a una de sus películas más populares y perdurables: El violinista en el tejado. Pocas veces el cine musical ha unido con tanta naturalidad el espectáculo, la memoria histórica, la comedia familiar y el dolor del exilio.

Además, la película encierra una paradoja muy hermosa: Jewison, pese a su apellido, no era judío. Cuando le ofrecieron dirigirla, tuvo que aclararlo. Era canadiense y de familia protestante. Y quizá por eso su mirada resulta tan interesante: se acerca a Anatevka desde la empatía, el respeto y la voluntad de hacer comprensible una memoria que no era exactamente la suya.

Jewison filma una historia muy concreta —la de una comunidad judía pobre en la Rusia zarista— y consigue que hable de algo universal: el miedo a perder el mundo conocido, la tensión entre padres e hijos, la fragilidad de las tradiciones y el dolor de abandonar la casa.

Un violinista salido de Chagall

Hay películas que parecen contener una imagen anterior al propio cine. En El violinista en el tejado, esa imagen es la de un músico tocando sobre un tejado, figura absurda y precisa a la vez, suspendida entre el sueño, la memoria y el peligro de caer.

El título remite de inmediato al universo de Marc Chagall, con sus aldeas judías, sus novios flotantes, sus animales, sus músicos y sus tejados convertidos en territorio poético. Chagall, nacido en Vítebsk, recordaba al violinista como presencia esencial de la vida comunitaria: tocaba en nacimientos, bodas y funerales. La música acompañaba el ciclo entero de la existencia.

Esa raíz visual es fundamental para entender la película. El violinista funciona como emblema de una cultura que se mantiene en pie por puro equilibrio. Está arriba, en un lugar imposible, tocando mientras el mundo se mueve bajo sus pies.

Eso es también Tevye. Eso es Anatevka. Eso es toda la película.

De Sholem Aleichem a Hollywood

El violinista en el tejado llega al cine en 1971, después del éxito teatral de Broadway. El musical se había estrenado en 1964, con libreto de Joseph Stein, música de Jerry Bock y letras de Sheldon Harnick, inspirado en los relatos de Sholem Aleichem sobre Tevye el lechero.

La película adapta ese material con ambición de gran fresco popular. Jewison comprende que el relato necesita amplitud, pero también intimidad. Por eso alterna grandes escenas corales con momentos casi confesionales, donde Tevye mira al cielo y conversa con Dios como quien intenta entender el contrato secreto de la vida.

La operación cinematográfica era delicada: convertir un musical de escenario en una película de casi tres horas sin perder el pulso teatral, la respiración comunitaria ni el sabor de cuento transmitido de generación en generación. Jewison lo resuelve abriendo el espacio, ensuciando la belleza y convirtiendo Anatevka en un lugar físico, casi táctil.

Anatevka: un decorado que parece memoria

Uno de los grandes aciertos de la película está en su mundo visual. Anatevka fue reconstruida en tierras yugoslavas, y la crítica española de la época ya destacaba ese dato, señalando la labor del equipo técnico y del diseñador Michael Stringer.

La aldea tiene algo de decorado y algo de recuerdo. Sus casas, caminos, interiores, taberna y sinagoga parecen pertenecer a una memoria común. Todo tiene polvo, madera, barro, frío y una pobreza digna, trabajada desde la textura.

La fotografía de Oswald Morris resulta decisiva. Sus ocres, marrones y dorados apagados dan a la película un aspecto de álbum familiar envejecido. La crítica española habló de la riqueza visual del 70 mm, la Panavisión y el color DeLuxe, pero lo más hermoso está en que esa grandeza técnica se pone al servicio de una belleza pobre, gastada, crepuscular.

Es un musical filmado como recuerdo de un mundo que ya está desapareciendo.

La dirección de Norman Jewison

Jewison venía de títulos como En el calor de la noche y El caso Thomas Crown, y aquí demuestra algo esencial: sabe organizar el espectáculo sin aplastar lo humano. Su cámara acompaña, observa, se eleva cuando hace falta y se acerca cuando Tevye necesita convertirse en centro emocional.

La película respira con ritmo de relato oral. Hay escenas que parecen avanzar como si alguien las estuviera recordando alrededor de una mesa: primero el humor, luego la canción, después la grieta sentimental y finalmente la sombra histórica.

El gran mérito de Jewison consiste en mantener unidos registros muy distintos: comedia familiar, melodrama, musical, crónica de una comunidad, relato de persecución y elegía. La crítica española llegó a llamarla “poema cinematográfico”, y la expresión no es exagerada: la película tiene ritmo, cadencia, repetición, símbolos y una música que ordena la emoción.

Tevye: el padre, el cómico, el creyente

La película pertenece a Chaim Topol. Su Tevye es inmenso porque nunca queda reducido a una sola nota. Tiene cuerpo de campesino, gestualidad de cómico popular, mirada de padre preocupado y una fe llena de discusiones.

Topol interpreta a Tevye como un hombre que carga con un mundo entero sobre los hombros: la tradición, la pobreza, las hijas, la comunidad, Dios, el zar, la historia. Y aun así encuentra humor. Su grandeza está en esa mezcla de queja, ternura, orgullo y cansancio.

Cuando canta “If I Were a Rich Man”, nuestro “Si yo fuera rico”, sueña con tiempo, descanso, respeto, silencio, libros sagrados y una vida donde la pobreza deje de dictar cada gesto. Es uno de esos números donde el musical revela mejor a un personaje que cualquier diálogo explicativo.

La crítica sevillana de 1972 vio en Topol la encarnación de las tradiciones de un pueblo errante, y leyó el trayecto del violinista como espejo del propio film: de la alegría inicial al acompañamiento triste del destierro.

Años después, Topol reconocería en ABC que El violinista en el tejado fue su “salvación económica”. La película le dio fama internacional, estabilidad y libertad para escoger proyectos.

Canciones que hacen avanzar la historia

Una de las razones por las que El violinista en el tejado funciona tan bien es que sus canciones tienen verdadera función dramática.

“Tradition” abre la película explicando un mundo entero: quién manda, quién obedece, quién trabaja, quién reza, quién espera casarse, quién sostiene la casa. Es exposición narrativa convertida en música.

“Matchmaker, Matchmaker” introduce el deseo y el miedo de las hijas ante el matrimonio.

“If I Were a Rich Man” revela el sueño íntimo de Tevye.

“Sunrise, Sunset” condensa el paso del tiempo con una sencillez demoledora.

“Anatevka” convierte el exilio en una despedida casi seca, sin grandilocuencia.

La crítica española insistía en la calidad de la coreografía y la música, y citaba ya como temas populares “If I Were a Rich Man”, “Tradition” y “Bottle Dance”.

La película entiende algo básico del gran musical: cuando las palabras ya no bastan, el personaje canta. Y cuando canta, la historia se abre.

John Williams antes del mito

El nombre de John Williams añade un atractivo especial. Aquí todavía no estamos ante el compositor asociado a Tiburón, Star Wars, Superman, E.T. o Indiana Jones. Estamos ante un Williams anterior al gran mito del blockbuster, trabajando con humildad y precisión sobre un material ajeno.

Williams no compuso las canciones originales. Su labor fue adaptar, arreglar y dirigir musicalmente la partitura para el cine. Ese trabajo le valió el Oscar a la mejor adaptación musical.

Su aportación consiste en dar amplitud cinematográfica a la música teatral. Hace que Anatevka suene a comunidad viva: fiesta, oración, danza, intimidad familiar y despedida. El resultado tiene una grandeza discreta. Williams no intenta imponerse a Bock y Harnick; los expande hacia el espacio cinematográfico.

Es el Williams que todavía no mira a las galaxias, pero ya sabe convertir una melodía en memoria colectiva.

El baile de las botellas y la coreografía del equilibrio

La coreografía de Jerome Robbins y Tom Abbott es otro de los grandes pilares. Robbins venía de West Side Story, y aquí vuelve a demostrar que la danza puede expresar una forma de vida.

El famoso baile de las botellas en la boda es una de las imágenes más recordadas del film. Su belleza nace de la tensión: los cuerpos celebran, pero cada movimiento exige precisión absoluta. Una fiesta puede venirse abajo por un simple desequilibrio.

Ese número resume la película entera. Anatevka baila mientras la historia se aproxima. La tradición se sostiene como una botella sobre la cabeza. La comunidad celebra, pero la amenaza ya está ahí.

La estructura: de la comedia a la elegía

La película empieza con humor, rutina, casamenteras, hijas, discusiones conyugales, oficios humildes y canciones de comunidad. Poco a poco, el tono se oscurece. Llegan los jóvenes, las ideas nuevas, los choques familiares, los pogromos, la expulsión.

La crítica sevillana describió muy bien esa progresión: una primera parte alegre, con bodas, costumbres rurales y fiestas; una segunda parte donde la represión y la tragedia van floreciendo sin romper el equilibrio del conjunto.

Ahí está su sabiduría narrativa. El violinista en el tejado deja entrar el drama poco a poco, como entra el frío por las rendijas. Al final, el espectador entiende que aquella alegría inicial ya estaba amenazada desde el comienzo.

El violinista tocaba en el tejado porque el suelo nunca fue del todo seguro.

Cómo la recibió la crítica española

Los recortes españoles son muy reveladores. En 1972, El violinista en el tejado llegó como acontecimiento cinematográfico. Los anuncios la presentaban en 70 mm, Panavision, Color DeLuxe, con banda sonora en discos Hispavox y el reclamo de “el musical más grande de todos los tiempos”.

Otro anuncio presumía de “un año en cartel” y la llamaba “superespectáculo del siglo”, invitando a verla con toda la familia.

La crítica de ABC Sevilla la definió como “un canto a las relaciones humanas” dentro de una comunidad judía de Ucrania, y destacó la reconstrucción de Anatevka en Yugoslavia, la música, la coreografía y la fuerza humana del personaje de Tevye.

Otro texto la llamó “un bello y emotivo espectáculo” y destacó una virtud enorme: que sus casi tres horas parecieran cortas. Eso dice mucho de su ritmo interno, de la alternancia entre escenas íntimas y corales, y de la capacidad de sus canciones para renovar la atención del espectador.

La recepción española la entendió como musical popular, drama humano y gran obra de comunicación con el público. No como pieza fría de prestigio. Como espectáculo total.

Antonio Garisa, el Tevye de la Zarzuela

Antes de que Topol se convirtiera en el rostro cinematográfico definitivo de Tevye, España tuvo un Tevye teatral muy nuestro: Antonio Garisa.

La versión española se estrenó en el Teatro de la Zarzuela en marzo de 1970, con adaptación, dirección y empresa de Joaquín Deus. ABC habló de “brillante estreno” y destacó la limpieza, la ternura, la comicidad lógica y la acción dramática de la obra: una comunidad judía pobre obligada a abandonar el pueblo en el que vive con dignidad.

Garisa encabezaba el reparto como Tevye, acompañado por Marisol Lacalle como Golde. La crítica subrayó su “esfuerzo permanente y sin reservas”, sus monólogos dirigidos a Dios y su triunfo personal, aunque reconocía que el canto representaba para él una dificultad.

El apunte es delicioso. Garisa llevaba el personaje hacia otra zona expresiva: más popular, más castiza, más cercana al público español. Su Tevye debía tener esa humanidad de hombre corriente que protesta, razona, se emociona y sigue adelante.

Zero Mostel había sido el Tevye volcánico de Broadway. Topol sería el Tevye telúrico del cine. Garisa aportaba una vía española: la del actor popular capaz de transformar la queja en ternura.

De Topol a Jordi Estadella

Las canciones de El violinista en el tejado salieron del teatro, pasaron al cine y acabaron instaladas en la cultura popular.

“Si yo fuera rico” pertenece a esa clase de melodías que mucha gente reconoce incluso sin haber visto la película completa. Por eso resulta lógico que tuviera ecos televisivos, parodias, versiones y apariciones en programas familiares.

Ahí entra Jordi Estadella, presentador y actor de doblaje muy querido, que llegó a cantar una versión de “Si yo fuera rico” en televisión. El dato queda en los márgenes del film, pero sirve para medir su huella popular. Una canción nacida de Sholem Aleichem, Broadway y Anatevka podía acabar resonando en la televisión española como melodía reconocible, cercana, casi doméstica.

Esa circulación cultural también forma parte de la historia del cine. Las grandes películas viven en las salas, en los discos, en la televisión, en las versiones, en las frases que la gente recuerda a medias y en esas canciones que sobreviven incluso separadas de su contexto original.

Una película judía vista desde hoy

Mirada desde el presente, El violinista en el tejado puede quedar atrapada en debates contemporáneos que conviene tratar con cuidado.

La película cuenta la historia de una comunidad judía pobre en la Rusia zarista, enfrentada al peso de la tradición, a la modernidad, al antisemitismo y al destierro. Su centro emocional está en la familia, la comunidad y la pérdida del hogar.

El clima político actual puede contaminar la recepción de cualquier obra vinculada a lo judío. Por eso conviene distinguir. Criticar al gobierno israelí, sus políticas, la ocupación o el sufrimiento palestino pertenece al terreno del debate político. Cargar contra una película como El violinista en el tejado por contar una historia judía empobrece la mirada y confunde memoria histórica con política contemporánea.

Además, la película admite una lectura muy amplia. Habla de cualquier comunidad que pierde sus raíces, de cualquier pueblo expulsado, de cualquier familia atravesada por cambios que ya no puede detener.

Esa universalidad explica buena parte de su permanencia.

El último movimiento: marcharse

El final de El violinista en el tejado tiene una grandeza contenida. La comunidad recoge sus pobres pertenencias y abandona Anatevka. Hay carros, bultos, miradas, despedidas y una música que acompaña.

Ese cierre conecta con la mejor tradición del cine clásico: la emoción nace de la claridad. Jewison no necesita subrayar demasiado. Basta ver a esos personajes marcharse para entender que dejan atrás algo más que casas. Dejan un orden, una lengua, una red de afectos, una manera de estar en el mundo.

Y el violinista sigue ahí.

La imagen final queda grabada porque no ofrece consuelo fácil. La música no salva la aldea. No detiene la expulsión. No repara la injusticia. Pero acompaña el tránsito. Da forma al dolor. Convierte la pérdida en memoria.

Conclusión: el musical como elegía

El violinista en el tejado pertenece a esa clase de musicales que demuestran la amplitud del género. Puede haber humor, danza, melodías populares y espectáculo familiar, y al mismo tiempo una reflexión profunda sobre tradición, pobreza, antisemitismo, cambio generacional y exilio.

Su grandeza nace del equilibrio: el mismo equilibrio del violinista sobre el tejado, el de Tevye entre Dios y sus hijas, el de Anatevka entre la fiesta y la amenaza, el del musical entre la emoción popular y la elegía histórica.

Por eso sigue funcionando. Porque debajo de sus canciones hay una pregunta que el cine ha formulado muchas veces, de Ford a Visconti, de Minnelli a Jewison: ¿qué queda de nosotros cuando desaparece el mundo que nos explicaba?

En El violinista en el tejado queda una melodía. Y alguien, todavía, intentando tocarla sin caerse.

13/07/2026

¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Billy Wilder, 1974)

Miniatura de Avanti! de Billy Wilder, con Jack Lemmon y Juliet Mills sobre un fondo de costa italiana, un ataúd y unas maletas, destacando el título español ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? y el título original Avanti!.

 

Avanti!: Billy Wilder, Jack Lemmon y el consuelo de volver cada verano a Italia

El verano como refugio secreto

Cada verano queda el consuelo de volver a Avanti!. Cuando el cine actual se pone demasiado ruidoso, demasiado urgente o demasiado calculado, la película de Billy Wilder aparece como una vieja habitación de hotel frente al mar: no promete grandes sobresaltos, pero acaba dejando una tristeza luminosa, una sonrisa amarga y la sensación de haber visto una comedia mucho más sabia de lo que parecía.

Estrenada en 1972 y conocida en España con el título más comercial de ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, Avanti! empieza con dos cadáveres y termina convertida en una de las comedias más extrañamente vitales de Wilder. Un ejecutivo norteamericano viaja a Italia para recoger el cuerpo de su padre, muerto en accidente de coche. Allí descubre que el respetable difunto viajaba acompañado de su amante inglesa, con la que llevaba años compartiendo un mes secreto de felicidad en Ischia.

La hija de ella llega también para hacerse cargo del cadáver de su madre. Y entonces la película se abre como una puerta de hotel: pasillos, maletas, funcionarios, criados, chantajes, desayunos, baños desnudos, viejas canciones italianas y una revelación incómoda. Los hijos han ido a enterrar a sus padres, pero terminan descubriendo que aquellos muertos habían vivido con más intensidad que ellos.

Ese es el secreto de Avanti!: bajo su apariencia de comedia pícara y mediterránea, Wilder habla del tiempo perdido, de la felicidad clandestina y de esos paréntesis que algunas personas se conceden cuando la vida oficial ya no les da oxígeno.

Un Wilder crepuscular frente al nuevo Hollywood

Billy Wilder dirige Avanti! en un momento delicado para el cine clásico norteamericano. Hollywood estaba cambiando de piel. Llegaban otros ritmos, otras violencias, otros rostros, otros desencantos. El cine de los setenta caminaba hacia territorios más ásperos, más políticos, más nerviosos. Frente a ese paisaje, Wilder entrega una película larga, dialogada, elegante, con aire de vieja comedia sofisticada y sabor mediterráneo.

El guion, escrito junto a I. A. L. Diamond, parte de una obra teatral de Samuel A. Taylor, autor vinculado también a Sabrina. Wilder toma la situación de partida y la convierte en territorio propio: un escándalo familiar, un muerto respetable, una amante secreta, un hijo puritano, una mujer inglesa llena de pudor y un hotel italiano donde cada empleado parece conocer mejor la vida que los propios protagonistas.

El material promocional español insistía en esa mezcla de comedia, picardía y choque cultural. Presentaba a Wendell Armbruster Jr. como un alto ejecutivo norteamericano, prepotente e insensible, y a Pamela Piggott como una muchacha inglesa rubia, redondita y encantadora. La promoción intentaba vender una comedia de enredo con su punto atrevido, aunque la película tiene mucha más hondura.

Wilder filma una comedia moral sobre la vida que se escapa entre obligaciones, reuniones, matrimonios respetables y entierros cuidadosamente organizados.

El título español y el equívoco de la picaresca

El título original, Avanti!, tiene una elegancia que el título español pierde. “Avanti” significa adelante, pase, continúe. Hay en esa palabra una invitación a cruzar una puerta, a seguir viviendo, a no quedarse atrapado en el duelo ni en la vergüenza. El título español, ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?, buscaba la curiosidad inmediata, el morbo familiar, la comedia picante.

La crítica de ABC, firmada por Lorenzo López Sancho en 1973, lo vio con claridad. Reconocía que el título español podía ser más taquillero, pero mucho menos adecuado al espíritu de la película. Para él, Wilder había hecho una demostración admirable: la comedia cinematográfica al antiguo modo seguía viva, refinada y llena de posibilidades.

Ese contraste entre título y película resulta muy revelador. La distribuidora parecía prometer un vodevil de padres pillados en falta. Wilder entregaba una fábula amarga sobre la respetabilidad, el deseo y la posibilidad de vivir unos pocos días al año con verdadera libertad.

Jack Lemmon: el americano que quiere organizar hasta la muerte

Jack Lemmon interpreta a Wendell Armbruster Jr., ejecutivo norteamericano recién ascendido, cargado de tensión, úlcera, llamadas, obligaciones y esa seguridad antipática de quien cree que el mundo entero debería funcionar como una oficina. Llega a Italia para resolver el traslado del cadáver de su padre con eficacia empresarial. Quiere identificar el cuerpo, firmar los papeles, evitar el escándalo y regresar cuanto antes a Baltimore.

Italia le responde con otra lógica: almuerzos, demoras, propinas, burocracia, sonrisas, favores, chantajes, habitaciones de hotel y empleados que conocen todos los secretos. Wendell cree estar gestionando una muerte. En realidad está entrando en una educación sentimental.

Lemmon construye el personaje desde la rigidez. Aquí resulta más seco, más crispado, más desagradable al principio. Esa contención hace que su transformación tenga más peso. Primero se irrita. Luego se desconcierta. Después empieza a escuchar. Finalmente comprende que su padre era algo más que un empresario respetable: un hombre que durante un mes al año escapaba de su propia estatua.

ABC resumía esa doble vida con una frase magnífica: once meses en Baltimore como hombre de empresa y un mes en Ischia como perfecto enamorado romántico. La reseña veía en la película una protesta fina contra ciertas costumbres norteamericanas y un canto al amor, al sol, a la naturaleza y a la sonrisa frente a las convenciones.

Ese es uno de los grandes hallazgos de Avanti!: Jack Lemmon llega a Italia para recoger un muerto y acaba descubriendo que el muerto había sabido vivir mejor que él.

Juliet Mills: Pamela Piggott y la dulzura herida

Juliet Mills es uno de los grandes encantos de la película. Hermana mayor de Hayley Mills e hija del gran Sir John Mills, encontró en Avanti! uno de sus papeles cinematográficos más hermosos. Después no tuvo en el cine la carrera que este trabajo podía anunciar, aunque siguió muy activa en televisión y teatro. Viendo la película, cuesta no lamentarlo.

Su Pamela Piggott entra con una mezcla preciosa de pudor, inseguridad, ironía y ternura. Es la hija de la amante muerta. También ella llega a Italia para hacerse cargo de un cadáver, aunque pronto deberá enfrentarse a algo más incómodo que la muerte: la verdadera vida de su madre.

Pamela tiene complejos, vergüenza, sensibilidad y una dignidad tranquila. Wilder la mira con una ternura especial. Su cuerpo, su timidez y su manera de relacionarse con Wendell permiten que la película se aleje del simple chiste de adulterio y alcance una melancolía mucho más profunda.

La crítica española fue muy generosa con ella. ABC llegó a decir que Juliet Mills era un descubrimiento, y no exageraba. Su trabajo sostiene buena parte del tono emocional de la película. Ella suaviza al personaje de Lemmon, lo descoloca, lo obliga a mirar aquello que preferiría despachar como un asunto vergonzoso.

Pamela comprende poco a poco que su madre fue algo más que “la amante”. Fue una mujer que durante años compartió un ritual secreto de felicidad. Un mes al año, en Italia, lejos del juicio de los demás. La película observa esa relación como una forma imperfecta, clandestina y profundamente humana de resistir a la vida oficial.

El baño desnudo: una escena atrevida con alma de comedia clásica

Una de las escenas más recordadas de Avanti! es el baño desnudo de Wendell y Pamela. Ella entra en el mar sin ropa. Él, escandalizado al principio, acaba siguiéndola. La escena tenía un evidente atractivo promocional y el pressbook español la subrayaba con descaro, pero Wilder la utiliza con inteligencia.

La escena funciona como un desarme. Los dos personajes se desprenden de la ropa, de la rigidez, de la vergüenza, del luto mal llevado y de esa moral heredada que les impide entender a sus propios padres.

Y cuando la película podría abandonarse al romanticismo, Wilder mete el aguijón cómico: Bruno, el criado del hotel, los fotografía con una Polaroid. Después intentará cambiar esas imágenes comprometedoras por un pasaporte americano. El deseo se convierte de pronto en chantaje, papeleo y enredo. Puro Wilder: el momento íntimo nunca queda a salvo de la maquinaria cómica.

Clive Revill: el hotelero que conoce todos los pecados

Clive Revill interpreta a Carlo Carlucci, director del hotel. Es una de esas creaciones secundarias que acaban sosteniendo una película entera. Carlucci posee elegancia, paciencia, picaresca y una cortesía llena de doble fondo. Dirige el hotel y administra secretos.

Wilder había pensado en actores italianos como Nino Manfredi, Alberto Sordi o Romolo Valli para el papel, pero necesitaba a alguien con dominio del inglés y ritmo suficiente para enfrentarse verbalmente a Jack Lemmon. Eligió a Revill, neozelandés, actor de enorme oficio teatral, capaz de dar a Carlucci una italianidad estilizada, eficaz y encantadora.

Carlucci entiende la historia de los amantes muertos mejor que nadie. Observa, protege, arregla, demora y empuja los acontecimientos con suavidad. Representa una Italia flexible, discreta y emocionalmente mucho más sabia que el mundo del que procede Wendell.

ABC lo elogió como actor cómico sobrio, fino y convincente. La definición encaja perfectamente. Cada aparición suya mejora el ritmo de la película. Carlucci es el sacerdote laico del hotel, el hombre que sabe que la vida se compone de habitaciones cerradas, favores, mentiras piadosas y sonrisas oportunas.

Edward Andrews y la llegada del establishment

Edward Andrews aparece como J. J. Blodgett, diplomático americano y representante de la autoridad oficial. Su presencia introduce de golpe el mundo que Wendell empieza a dejar atrás: la embajada, la reputación, el traslado del cadáver, el orden institucional, la voz del poder.

Wilder explicó en el material promocional que veía a Blodgett como parte del establishment y que lo había estilizado casi como un personaje de dibujo humorístico. Su función resulta clara: traer de vuelta el mundo de la oficina, el helicóptero, el cargo y la respetabilidad.

Blodgett llega cuando Wendell empieza a sentirse atraído por Pamela y por la filosofía vital que respira el hotel. Su aparición recuerda que toda aventura tiene fecha de regreso. La vida oficial aguarda al otro lado del mar, con su esposa, sus negocios, sus cargos y su fachada respetable.

Los secundarios italianos: picaresca, burocracia y humanidad

Los actores italianos dan a Avanti! su sabor popular. Gianfranco Barra como Bruno, Franco Angrisano, Franco Acampora, Pippo Franco, Giselda Castrini y otros rostros secundarios convierten la película en una pequeña comedia coral de funcionarios, empleados, hermanos chantajistas, criados listos y testigos silenciosos.

Hay tópicos italianos, desde luego: la propina, la demora, el papeleo, el almuerzo, el arreglo por debajo de la mesa. Wilder juega con ellos con placer, aunque la sátira apunta con más fuerza hacia el americano rígido que pretende dominarlo todo. Italia aparece caótica, interesada y teatral, también más viva, más sensual y más comprensiva.

Los italianos de Avanti! funcionan como contrapunto moral. Frente a la eficiencia fría de Wendell, ellos introducen tiempo, ceremonia y elasticidad. Frente al escándalo, ofrecen discreción. Frente a la muerte, rutina. Frente al amor clandestino, comprensión práctica.

Rodaje: Ischia, Sorrento, Capri y una Italia de postal con veneno

Aunque la acción se asocia sobre todo a Ischia, el rodaje construye su Italia emocional con Sorrento, Capri, la costa amalfitana, Roma y estudios italianos. El hotel funciona como gran escenario de comedia: recepción, pasillos, habitaciones, teléfonos, puertas, camareros, ascensores y maletas. Wilder conserva algo del origen teatral de la historia, pero lo abre al paisaje mediterráneo.

El sur de Italia se convierte en un personaje más. La luz, el mar, las terrazas, las rocas y la música empujan la transformación de Wendell. El protagonista llega con prisa, pero el espacio lo obliga a respirar. Llega para cerrar un expediente y acaba descubriendo una emoción.

La fotografía de Luigi Kuveiller aporta una calidez decisiva. Es una luz de postal setentera, sí, pero una postal atravesada por la muerte, el adulterio y la sátira. Wilder coloca cadáveres bajo el sol. Ese contraste resulta fundamental. La película habla de ataúdes, certificados y cuerpos trasladados, pero la imagen respira verano, mar y deseo.

La dirección artística mantiene ese equilibrio entre realidad turística y decorado de comedia clásica. El hotel parece real y teatral a la vez. Cada espacio está preparado para que el diálogo avance, para que el equívoco circule y para que los personajes entren y salgan como en una pieza de relojería.

La música de Carlo Rustichelli: canciones italianas, vacaciones y despedida

La música de Carlo Rustichelli resulta esencial para que Avanti! no quede en simple comedia turística. No subraya el chiste ni aplasta la emoción. Crea una atmósfera italiana de canción popular, romanticismo suave, melancolía y ligereza. Suena a vacaciones, aunque en el fondo acompaña una despedida.

La crítica de ABC ya destacaba en 1973 que la película tenía una música “felicísima” y “adecuadísima”, y no era un elogio menor. En Avanti!, la música ayuda a sostener ese tono tan difícil: cadáveres, adulterio, burocracia, chantaje y, al mismo tiempo, sol mediterráneo, baños en el mar, terrazas y deseo tardío.

Rustichelli trabaja con una sensibilidad muy italiana, apoyándose en melodías que parecen venir de la canción popular, de la canción napolitana, del hotel junto al mar y de esas radios que suenan en verano como si el mundo no tuviera prisa. Entre las canciones asociadas a la película aparecen temas como “Senza fine”, “Un’ora sola ti vorrei” y “Palcoscenico”, que encajan de maravilla con la historia.

“Senza fine” tiene algo de amor suspendido, de relación que parece resistirse a terminar. Es perfecta para esa historia de los padres muertos, que durante años repitieron el mismo ritual secreto en Italia. “Un’ora sola ti vorrei” parece escrita para el corazón melancólico de la película: solo una hora contigo, solo un pequeño margen de felicidad antes de volver a la vida oficial. Y “Palcoscenico”, con esa idea de escenario, encaja muy bien con el hotel de Wilder, convertido en teatro de secretos, entradas, salidas, mentiras y revelaciones.

La banda sonora funciona casi como una memoria sentimental. Los amantes muertos ya no pueden hablar, pero la música parece hablar por ellos. Cada melodía sugiere que aquel adulterio tuvo la forma de una costumbre amorosa, un calendario secreto, una fidelidad escondida que solo existía durante unos días al año.

Ese contraste es precioso. La música invita al paseo, al vino blanco, al baño, al almuerzo lento y a la terraza frente al mar. Pero la historia gira alrededor de dos cadáveres y de una revelación familiar. Rustichelli entiende el tono de Wilder: la muerte puede estar bañada por el sol, el duelo puede tener ritmo de comedia y una canción italiana puede hacer más comprensible un pecado que cualquier sermón moral.

Por eso la música de Avanti! parece música de vacaciones, aunque en realidad es música de despedida. Mientras Wilder coloca ataúdes, certificados y funcionarios, Rustichelli recuerda que aquellos dos muertos tuvieron una vida secreta quizá más viva que la de quienes han ido a enterrarlos.

La banda sonora de Avanti! acompaña el recuerdo de una felicidad clandestina. Sus canciones suenan ligeras, casi veraniegas, pero debajo llevan la tristeza de quienes solo pudieron vivir de verdad durante un mes al año.

Una duración generosa para una comedia a contracorriente

Avanti! ronda las dos horas y media. Es mucho para una comedia romántica. En su momento, esa duración pudo jugar en contra. Algunos la vieron lenta, demasiado relajada, incluso algo anticuada. El Wilder de Con faldas y a lo loco, El apartamento o Uno, dos, tres parecía moverse con una precisión más afilada.

Aquí el ritmo es otro. La película se toma tiempo para que el hotel respire, para que las comidas se alarguen, para que los trámites se acumulen, para que el deseo aparezca sin prisa. Ese tempo puede desconcertar a quien busque una comedia de gag continuo. Pero también constituye su encanto. Avanti! habla de un hombre que aprende a dejar de tener prisa. La forma acompaña esa transformación.

Vista hoy, esa lentitud tiene algo de lujo. Wilder permite que el espectador se instale en la película como en un hotel antiguo. Uno entra, deshace la maleta y acepta el ritmo de la casa.

La recepción española: comedia deliciosa con alfileres

La reseña de ABC fue entusiasta. Hablaba de una historia tiernísima e ingeniosa, de diálogo burbujeante, de gags verbales, ironías y sorpresas. También destacaba la pintura de Ischia, los tipos italianos, el personaje del director del hotel y escenas como el entierro acompañado por violines y guitarras napolitanas.

Lo más interesante llega al final de esa crítica: bajo la sonrisa, Wilder habría instalado “alfileritos” de sátira contra las nalgas respetables de la organización burguesa-capitalista occidental. La imagen es estupenda. Resume muy bien el mecanismo de la película. Avanti! sonríe, pero pincha. Acaricia, pero deja marca.

El artículo de Filmoteca de Catalunya, años después, la presentaba bajo una idea muy certera: secretos de familia. Esa lectura ilumina el centro de la película. Wendell y Pamela descubren una vida oculta de sus padres, una intimidad que contradice la imagen oficial que tenían de ellos.

Secretos de familia y felicidades clandestinas

La película tiene una tristeza muy particular porque el gran amor que la sostiene ya nos llega muerto. Apenas vemos a los amantes. Los reconstruimos a través de habitaciones, empleados, rutinas, objetos, canciones, comentarios y cadáveres. Es un romance contado desde sus restos.

Wendell y Pamela heredan una revelación. Sus padres tenían una doble vida. Durante años se encontraban en Italia, repetían rituales, ocupaban el mismo hotel, compartían baños, comidas, noches y amaneceres. Esa constancia convierte el adulterio en algo más complejo que una simple aventura. Había rutina amorosa, fidelidad secreta, una forma de matrimonio paralelo sin papeles.

Wilder mira esa relación con ironía, ternura y comprensión adulta. La pregunta que deja flotando es incómoda: ¿qué ocurre cuando la vida respetable se vuelve tan estrecha que la felicidad solo puede existir a escondidas?

Esa pregunta da a Avanti! su melancolía. Los muertos no pueden explicarse, pero su historia transforma a los vivos. Pamela entiende mejor a su madre. Wendell empieza a entender a su padre. Y el espectador comprende que la película habla de una felicidad imperfecta, discutible, clandestina, pero verdadera.

Una comedia antigua con una herida moderna

Avanti! parece una comedia clásica colocada en pleno cine de los setenta. Tiene diálogos cuidados, secundarios deliciosos, equívocos, ritmo teatral, música sentimental y una estructura de transformación moral. Bajo esa apariencia elegante asoma una herida muy moderna: la sospecha de que la vida oficial puede ser una impostura.

El matrimonio, la empresa, la reputación, el apellido familiar y la respetabilidad aparecen como decorados sociales. Frente a ellos, el hotel italiano ofrece un espacio provisional donde los personajes pueden permitirse otra identidad. Durante unos días, las reglas se aflojan. La muerte abre una grieta por la que entra la vida.

Por eso la película gana con los años. Quizá no tenga la perfección geométrica de los grandes Wilder. Quizá su duración pese en algunos tramos. Quizá su Italia resulte por momentos tópica. Pero su tono, su tristeza soleada y su defensa de los momentos robados la convierten en una obra mucho más valiosa de lo que indica su fama secundaria.

El muerto que enseña a vivir

El gran chiste de Avanti! es amargo: los vivos llegan a enterrar a los muertos, pero son los muertos quienes les enseñan a vivir. El padre de Wendell, que parecía una figura respetable y convencional, escondía una vida secreta más luminosa que la de su hijo. La madre de Pamela, reducida en apariencia al papel incómodo de amante, había construido una historia de amor que sobrevivía en las rutinas del hotel, en la memoria de los empleados y en las canciones italianas.

La película empieza con un trámite funerario y acaba convertida en una invitación a respirar. Wilder coloca cadáveres, sellos, chantajes, diplomáticos y maletas, pero deja al fondo una pregunta dolorosa: ¿cuánta vida auténtica cabe dentro de una existencia respetable?

Avanti! es una comedia de verano con sombra de cementerio. Una película larga, cálida, imperfecta, elegante y profundamente humana. Una obra que cada año apetece recuperar cuando llega el calor, porque su Italia imaginaria sigue ofreciendo algo que el cine actual rara vez concede: tiempo para mirar, para escuchar, para sonreír con tristeza y para recordar que a veces la felicidad llega tarde, escondida y durante muy pocos días.

Por eso seguimos volviendo a ella. Porque Billy Wilder empieza con dos cadáveres y termina hablándonos de la vida. Porque Jack Lemmon viaja a Italia para recoger un cuerpo y encuentra una emoción. Porque Juliet Mills convierte la timidez en encanto. Porque Clive Revill administra secretos como quien sirve el desayuno. Porque Rustichelli hace que una despedida suene a canción de verano.

Y porque, al final, Avanti! nos deja una verdad incómoda y hermosa: hay muertos que han vivido mucho más que los vivos.




04/07/2026

Alicia en el páis de las maravillas (Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson, 1951)

 

28/06/2026

Los productores (Mel Brooks, 1967)

 

Cartel de Los productores, comedia de Mel Brooks con Zero Mostel y Gene Wilder, destacando el número musical “Primavera para Hitler”.
Mel Brooks cumple 100 años: la bomba cómica de Los productores

 

 En el centenario de Mel Brooks, recordamos Los productores, su debut como director: una comedia feroz con Zero Mostel, Gene Wilder y el mítico número “Primavera para Hitler”, retrasada en España por la censura y convertida con los años en obra fundamental de su cine.

El centenario de un genio incorregible

Mel Brooks cumple 100 años este 28 de junio de 2026, y pocas películas sirven mejor para celebrar su legado que Los productores (The Producers, 1967), su primera película como director. Brooks ha atravesado un siglo entero defendiendo una idea tan sencilla como peligrosa: la risa puede ser dinamita.

Los productores fue precisamente eso: una bomba cómica lanzada contra el buen gusto, contra la solemnidad teatral y contra el miedo reverencial a ciertos símbolos. Antes de El jovencito Frankenstein, antes de Sillas de montar calientes, antes de que Mel Brooks fuera una marca reconocible para el gran público, ya estaba aquí todo su mundo: el vodevil, el exceso, el humor judío neoyorquino, la sátira brutal y la música usada como arma de demolición.

Un debut que en España llegó tarde

La historia española de Los productores resulta especialmente reveladora. Aunque fue el debut cinematográfico de Mel Brooks, aquí llegó casi como descubrimiento tardío. La crítica de ABC Sevilla, en marzo de 1977, lo resumía con claridad: pocos directores habían tenido tan poca suerte en la distribución española como Brooks, porque su obra había llegado “a saltos” y sin orden cronológico. Primero se estrenó El jovencito Frankenstein y, al amparo de su éxito, llegaron después otros títulos como El misterio de las doce sillas, Sillas de montar calientes, La última locura y finalmente Los productores.

El retraso también tuvo que ver con la censura. Blanco y Negro, en enero de 1977, fue aún más explícito al señalar que la película no había podido verse antes en España por culpa de una censura “diligente y reticente”. Una película con productores judíos, ancianas seducidas por un empresario arruinado, personajes teatrales amanerados, un autor nazi perturbado y un musical titulado “Primavera para Hitler” difícilmente podía circular con normalidad en la España franquista.


Un fracaso calculado que sale demasiado bien

La premisa es una de las más brillantes de la comedia americana. Max Bialystock, productor teatral arruinado, y Leo Bloom, un contable neurótico, descubren que se puede ganar más dinero con un fracaso que con un éxito. Si recaudan una fortuna para montar una obra destinada al desastre, podrán quedarse con el dinero cuando el espectáculo se hunda en una sola noche.

Para asegurar el fracaso eligen lo peor imaginable: una obra titulada “Primavera para Hitler”, escrita por un nazi lunático que pretende rehabilitar la memoria del dictador. Pero el público interpreta aquello como una sátira tan descomunal que termina riéndose a carcajadas.

Los recortes españoles entendieron muy bien el mecanismo. ABC explicaba que Brooks construía una galería de personajes excéntricos —el director teatral y su ayudante, el actor pseudo-hippy, el autor nazi— y que la narración avanzaba como una sucesión cada vez más divertida, increíble y exagerada de tipos, gags y situaciones.


Zero Mostel y Gene Wilder: dos formas de la histeria

La película se sostiene sobre una pareja cómica extraordinaria. Zero Mostel interpreta a Max Bialystock como una fuerza de la naturaleza: sudoroso, teatral, manipulador, vulgar, inmenso. Cada aparición suya ocupa la pantalla como una avalancha.

Frente a él, Gene Wilder compone un Leo Bloom frágil, infantil, crispado, lleno de tics, miedos y estallidos de pánico. Wilder ya anuncia aquí al actor genial que luego explotaría en El jovencito Frankenstein: capaz de pasar de la ternura al grito en medio segundo.

La crítica española valoró mucho a ambos. ABC Sevilla definía a Zero Mostel como un actor cómico fabuloso, aunque le reprochaba cierto divismo y ansias de protagonismo absoluto, y destacaba también a Gene Wilder, Dick Shawn y Christopher Hewitt.

Blanco y Negro subrayaba asimismo el peso de Wilder y Mostel, y señalaba a Dick Shawn como el actor absurdo cuya interpretación convierte lo que debía ser un fracaso monumental en un éxito estruendoso. También citaba a Kenneth Mars como el autor nazi perturbado y a Lee Meredith como la secretaria sueca y sexy.

“Primavera para Hitler”: la canción imposible

El corazón venenoso de Los productores es “Springtime for Hitler”, traducida en la prensa española como “Primavera para Hitler” o “Primavera de Hitler”. La canción fue escrita y compuesta por el propio Mel Brooks, y funciona como una parodia explosiva del musical de Broadway.

La escena imita el tono luminoso, pegadizo y espectacular de un gran número musical, aplicado a un contenido deliberadamente monstruoso. Esa contradicción lo cambia todo: música alegre, coristas sonrientes, estética de revista y Hitler convertido en una caricatura grotesca.

La canción ridiculiza al nazismo desde la exageración más feroz. Brooks entendió que una forma de atacar a los dictadores consistía en quitarles solemnidad, arrebatarles la épica y reducirlos a puro esperpento. La entrada de Dick Shawn como Lorenzo St. DuBois, “L.S.D.”, remata la escena: Hitler aparece como un hippie descerebrado, una estrella pop ridícula, un pelele de musical barato.

Mal gusto, venganza cómica y libertad

La polémica de Los productores nace de su audacia central: convertir a Hitler en un número de Broadway. En 1967 aquello era dinamita. Apenas habían pasado dos décadas desde la Segunda Guerra Mundial, y una comedia con nazis bailando y coristas sonrientes resultaba demasiado fuerte para muchos espectadores.

La acusación era evidente: mal gusto. Brooks respondía con carcajadas, ritmo de vodevil y una tradición muy concreta: la del humor judío que convierte el dolor en sarcasmo y el miedo en burla. Su ataque iba contra el verdugo, contra su estética, contra su pompa y contra esa liturgia marcial que el cine tantas veces había revestido de gravedad.

Aspecto técnico: una película más teatral que visual

Técnicamente, Los productores todavía está lejos de la precisión formal que Brooks alcanzaría después en El jovencito Frankenstein, donde la parodia visual del cine de terror clásico está trabajada con una elegancia admirable.

Aquí la puesta en escena es más directa y más teatral, Esa aparente tosquedad juega a favor de la película. Los interiores, las oficinas, los camerinos y el teatro crean un mundo de mediocridad, ansiedad y fracaso. La cámara busca el ritmo del gag, la reacción del actor, el choque entre la pausa y el grito.

El gran despliegue visual llega con “Primavera para Hitler”, donde la dirección artística, el vestuario, la coreografía y la música convierten la escena en una parodia grotesca del espectáculo de Broadway. La película brilla por su timing cómico, por la dirección de actores y por la capacidad de convertir una idea ofensiva en un mecanismo perfecto de sátira.

Peter Sellers, el padrino inesperado

La película tuvo una recepción inicial difícil. Hubo quienes no supieron qué hacer con aquella barbaridad cómica. Entonces apareció un aliado inesperado: Peter Sellers.

Sellers quedó fascinado por la película y ayudó a recomendarla públicamente, hasta convertirse en una especie de padrino moral del film. La anécdota tiene gracia porque Brooks había pensado en él para el papel de Leo Bloom, que finalmente interpretó Gene Wilder. 

El Oscar que parecía imposible

Lo más irónico es que aquella película aparentemente suicida acabó ganando el Oscar al mejor guion original para Mel Brooks. Una comedia sobre una estafa teatral y un musical nazi obtenía así el reconocimiento de Hollywood.

Su camino fue el de las películas de culto: recepción difícil al principio y prestigio creciente con los años. La crítica española de 1977, pese a su llegada tardía, ya supo ver su importancia. Blanco y Negro concluía que Los productores era imprescindible para conocer la trayectoria de Mel Brooks como autor-realizador e innovador de la comicidad en el cine.

De película incómoda a fenómeno musical

Décadas después, Los productores tuvo una segunda vida espectacular en los escenarios. El musical de Broadway, estrenado en 2001, se convirtió en un fenómeno y ganó doce premios Tony, algo que Brooks recordaba con orgullo cuando presentó en España la versión cinematográfica musical de 2005, dirigida por Susan Stroman y protagonizada por Nathan Lane, Matthew Broderick y Uma Thurman.

En una entrevista publicada por ABC en marzo de 2006, Brooks explicaba que no quería que el espectáculo de Broadway se esfumara “en el aire”. Para él, muchos grandes musicales habían desaparecido dejando sólo la grabación de sus canciones, y quería conservar la vida de Los productores en el cine. También hacía una distinción muy lúcida: en el teatro era “espectáculo más comedia”, mientras que en el cine debía ser “comedia con música”.

Brooks en Madrid: contra lo políticamente correcto

En septiembre de 2006, Brooks vino a Madrid para asistir al estreno español del musical, protagonizado por Santiago Segura y José Mota. ABC recogía unas declaraciones muy útiles para entender toda su obra: “Hay que romper las ataduras de lo políticamente correcto”. Para Brooks, la corrección política levantaba obstáculos contra la libertad de la comedia. Su función, decía, era retroceder al pasado, decirle la verdad al rey y hacer que se riera.

También dejó otra frase muy brooksiana: nunca trabajó por dinero, trabajó por conseguir sonrisas; si haces reír, el dinero viene después.

Ese mismo reportaje recogía su entusiasmo por el montaje español. Brooks dijo que la producción española era más emotiva y más humana que la de Nueva York, y que en español sonaba más divertida.

La versión española del musical fue promocionada sobre todo por la presencia de Santiago Segura y José Mota, pero la crítica de ABC insistía en que eso era sólo la punta del iceberg: detrás había un gran musical con libreto ácido, mordaz e inteligente, envuelto en un magnífico espectáculo.

También se destacaba que Brooks había compuesto una partitura amable, de sonido Broadway, con canciones pegadizas y chispeantes, pensadas para el espectáculo puro. La producción española, fiel al espíritu original, convertía el Teatro Coliseum de Madrid en una fiesta teatral.


Conclusión: reírse del monstruo

En el centenario de Mel Brooks, Los productores conserva intacta su fuerza. Es una declaración de principios: Hitler convertido en número de revista, el fracaso transformado en negocio, Broadway convertido en campo de batalla cómico y la carcajada usada como forma de resistencia.


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