Leyendas rotas y terror a la española: Tras los pasos de «La cruz del diablo» (1975)
El resultado en pantallas comerciales, sin embargo, estuvo lejos de ser un camino de rosas. Repasemos los secretos, los anacronismos, las agrias polémicas y el desglose de sus apartados técnicos que rodearon a este título de culto maldito.
Un cruce imposible de leyendas literarias
La génesis del proyecto partía de una ambición tan loable como arriesgada: construir un largometraje fundiendo en un solo argumento varias de las piezas más célebres del autor sevillano. Los guionistas metieron en la coctelera los espectros de los viejos frailes de El miserere, el sanguinario y brutal barón de Bellver de La cruz del diablo y los esqueletos templarios de El monte de las ánimas.El problema es que esa amalgama literaria no tardó en hacer aguas frente al rigor histórico y la coherencia narrativa. En su estreno en abril de 1975, la crítica especializada —como la incisiva reseña firmada por L. L. S. en el diario ABC— no tardó en señalar costuras insostenibles. Entre los deslices más sonados destacaba ver al mismísimo barón de Bellver —vinculado cronológicamente a la primera cruzada (1096-1099)— relacionado de manera anacrónica con los templarios, una Orden que no nacería hasta 1119 y que sería disuelta a principios del siglo XIV. Tampoco se libraron detalles de comedia involuntaria que sacaban al espectador de la atmósfera, como ver a un caballero inglés pidiendo un whisky con total naturalidad en la Soria de finales del siglo XIX, o la presencia de los tricornios de la Guardia Civil patrullando el misterio.
El bloque técnico: Dirección, fotografía y un pulso sonoro a debate
En el plano estrictamente formal, La cruz del diablo destila las virtudes y flaquezas de las coproducciones de la época, donde el oficio técnico chocaba con las limitaciones presupuestarias:
La dirección de John Gilling: Tras su brillante paso por la Hammer, Gilling intentó dotar al relato de un empaque atmosférico clásico, aunque su puesta en escena fue calificada a menudo de convencional o excesivamente dependiente de recursos mecánicos (como los marcados encuadres picados) que ya empezaban a pecar de fórmulas ajenas al pulso del cine español del momento. El choque entre la disciplina británica y los ritmos de rodaje locales dejó huella en el acabado visual.La fotografía de Fernando Arribas:
Si hubo un apartado unánimemente respetado fue el trabajo de Arribas al frente de la cámara. Uno de los directores de fotografía más solventes de nuestra cinematografía logró plasmar una textura visual sobria, jugando con brumas, sombras contrastadas y localizaciones naturales de Madrid y Toledo que trataban de emular con dignidad la penumbra gótica que exigía el texto literario.La banda sonora de Ángel Arteaga: En el extremo opuesto se situó la partitura musical. La crítica de la época no dudó en afearle el uso excesivo y abrumador de un catálogo sonoro recargado —compuesto por ayes, suspiros y gemidos— que pretendía subrayar el suspense de forma tan manida que terminaba restando eficacia terrorífica a las secuencia.
El choque cultural y el enfado monumental de Paul Naschy
Detrás de las cámaras, el rodaje fue un auténtico polvorín debido al choque cultural entre la disciplina del terror gótico británico y la realidad de una producción española sujeta a estrecheces y a una sensibilidad folclórica muy concreta.Para Jacinto Molina (Paul Naschy), que vivía el género con una militancia absoluta, la experiencia se convirtió en una espina clavada para el resto de su vida. Años más tarde, Naschy cargaría duramente contra los cambios drásticos que la productora y el director habían impuesto sobre su libreto original, renegando abiertamente de un resultado final que consideraba una "barbaridad" alejada por completo del espíritu becqueriano que él pretendía honrar.
Por su parte, el reparto estelar —que combinaba nombres de peso como Adolfo Marsillach, Ramiro Oliveros, Eduardo Fajardo y una sorprendente Carmen Sevilla en su incursión en el género— tampoco logró salvar los muebles ante los ojos de la crítica coetánea. Las interpretaciones fueron duramente señaladas: se acusó a Marsillach de caer en la sobreactuación y la teatralidad, a Oliveros de mostrarse rígido y sin autenticidad expresiva, a Fajardo de encorsetarse en la necesidad de parecer sospechoso, y se lamentó que la gran Carmen Sevilla apenas pudiera hacer nada con un personaje tan desdibujado.
¿Un ensayo fallido o un valiente pionero?
Calificada en su día en la prensa como un "flojo ensayo de terror a la española" y un título fallido por mezclar demasiado y no hispanizar lo bastante, la historia ha acabado tratando a La cruz del diablo con la benevolencia que merecen los pioneros.A fin de cuentas, adentrarse hoy en la película es aceptar un viaje a contracorriente por los desvanes de nuestra cultura pop más bizarra. La insólita presencia de Carmen Sevilla en medio de una trama de ocultismo rural, unida a la rigidez solemne de un Adolfo Marsillach desubicado frente a los crímenes, dibuja un fresco insuperable de un cine español en plena mutación, obligado a contentar al público local con reclamos folclóricos mientras intentaba imitar las maneras de la exportación internacional. Es esa misma naturaleza híbrida, fallida en sus costuras pero fascinante en su osadía, la que convierte cada secuencia en un documento antropológico de una época donde todo parecía discurrir entre el misterio de convento y la serie B más desinhibida.
Lejos de la perfección formal, el largometraje de Gilling y Naschy sobrevive en la memoria cinéfila como el recordatorio de un tiempo en el que los creadores patrios se atrevieron a mirar cara a cara al romanticismo literario sin más herramientas que la imaginación, el cartón piedra y el talento a contracorriente. Quizás el error estuvo en querer abarcar demasiados fantasmas en una sola noche, pero el temblor de aquella calzada de Soria, los anacronismos imposibles y el eco de las leyendas becquerianas cruzándose con el giallo británico siguen proyectando una sombra magnética que, medio siglo después, ningún cinéfilo con querencia por lo insólito debería pasar por alto.
Fuentes
Hemeroteca del diario ABC (Edición del 2 de abril de 1975, págs. 52-53)
. Archivos y análisis de cine fantástico patrio (Cine maldito, Proyecto Naschy).

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