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En 1961, el director polaco Jerzy Kawalerowicz tomó uno de los casos más oscuros de la historia religiosa —la supuesta posesión colectiva del convento de Loudun (Francia)— y lo transformó en una experiencia cinematográfica hipnótica y perturbadora. Lejos de los efectos del terror moderno, Madre Juana de los Ángeles se despliega como un laberinto de paredes blancas, sombras alargadas y silencios que gritan. Es una disección magistral de la fe, el deseo reprimido y los límites del alma humana, donde la verdadera batalla entre Dios y el Diablo se fijan en la mirada de sus protagonistas.
Juana de los Ángeles (1602–1665), nacida como Jeanne de Belcier, fue una superiora de la Orden de las Ursulinas cuya vida se convirtió en el epicentro de uno de los casos de histeria colectiva y supuesta posesión demoníaca más famosos de la historia: "los demonios de Loudun". A partir de 1632, ella y otras monjas del convento comenzaron a mostrar comportamientos extraños (convulsiones, blasfemias y contorsiones). Se acusó directamente a un apuesto sacerdote local, Urbain Grandier, de haber enviado demonios para poseerlas mediante un pacto con el diablo.
Su historia ha fascinado desde entonces a escritores y directores, destacando el ensayo interpretativo Los demonios de Loudun de Aldous Huxley en 1952, dos óperas, una con idéntico nombre de Krystof Pendercecki y otra llamada Madre Juana de Federico Ibarra Groth. La novela Madre Juana de los Ángeles de Jaroslaw Iwaszkiewicz escrita en 1943 y que sirve de inspiración para el film y otra de Ken Russell de 1971
Aunque la Madre Juana fue considerada una mística, la Iglesia nunca la canonizó, manteniendo una postura ambivalente sobre la autenticidad de sus visiones tras la ejecución de Grandier.
A diferencia de la versión más visceral que ofreció Ken Russell, la película polaca destaca por su enfoque psicológico, su atmósfera austera y su impresionante fotografía en blanco y negro. Jarosław Iwaszkiewicz había trasladado los hechos reales de Loudun a un convento en la Polonia del siglo XVII. La historia seguía al Padre Suryn, un sacerdote humilde y devoto que era enviado a un convento remoto para exorcizar a la Madre Juana, la abadesa, quien supuestamente está poseída por ocho demonios. El sacerdote local anterior había sido quemado en la hoguera por su relación con las monjas.
Muchos la ven como una película de terror, un drama existencial, la lucha entre la fe y el dogma, y la naturaleza del mal. Explora la idea de que la posesión puede ser en realidad una manifestación de deseos humanos reprimidos. Ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes en 1961. Martin Scorsese la incluyó en su selección de "Obras maestras del cine polaco" para su restauración y exhibición internacional.
En el guion colaboró Tadeusz Konwicki que fue la pieza clave y experto en explorar los conflictos morales y la ambigüedad del alma humana bajo presión. Él fue quien reforzó el tono existencialista del filme, alejándolo de una simple historia de terror o brujería para convertirla en un debate sobre la libertad y el dogma. Él formaba parte de la vanguardia intelectual polaca y sabía cómo navegar la censura estatal, introduciendo subtextos sobre el totalitarismo disfrazados de drama religioso. Jarosław Iwaszkiewicz, el autor de la novela, quedó muy satisfecho con la adaptación, a pesar de que Kawalerowicz y Konwicki hicieron el relato mucho más austero y visual de lo que era en el papel.
La película es toda una lección de cinematografía, destacando la técnica para generar una sensación de claustrofobia espiritual y tensión psicológica: Kawalerowicz y su director de fotografía, Jerzy Wójcik, utilizaron el espacio de manera simbólica: Los decorados son despojados y austeros. Las paredes blancas del convento no transmiten paz, sino un vacío opresivo que resalta la figura negra de los sacerdotes o el hábito blanco de las monjas. Se emplean líneas rectas y composiciones muy simétricas para representar el orden rígido de la Iglesia, que choca constantemente con el caos del comportamiento endiablado de las monjas. A menudo, los personajes están colocados en las esquinas del cuadro o separados por grandes espacios vacíos, subrayando la soledad y la imposibilidad de comunicación real entre ellos.
La fotografía es de Jerzy Wójcik y juega con el contraste extremo con un blanco cegador (representando la pureza o la locura) y un negro profundo (representando el pecado o la muerte). El blanco predomina en el convento, lo que subvierte la idea tradicional de que el mal es oscuro. Aquí, el horror ocurre a plena luz del día, entre paredes blancas. La cámara mantiene enfocados tanto el primer plano como el fondo, lo que genera una tensión constante; el espectador nunca puede relajarse, ya que siempre hay algo ocurriendo o acechando en la distancia.
El diseño de los escenarios fue estrictamente controlado para influir en la atmósfera. Se utilizaron paredes de cal blanca y suelos de piedra fría para que el convento se sintiera como una extensión del invierno exterior. La frialdad táctil de los materiales se transmite a través de la nitidez de la imagen. Destaca el contraste técnico entre la posada (caótica, oscura, llena de gente y sombras) y el convento (ordenado, blanco, vacío). Esta dualidad refuerza el conflicto entre lo mundano y lo espiritual.
En lugar de una banda sonora orquestal dramática, la película utiliza silencios prolongados que aumentan la tensión y hacen que cualquier sonido (un grito, el roce de una tela, pasos) sea perturbador. Los sonidos acentúan el aislamiento del convento del resto del mundo.
El trabajo de los actores (especialmente Lucyna Winnicka) se aleja del naturalismo. Las monjas no se mueven de forma aleatoria; sus movimientos están coreografiados como una danza macabra y grotesca. El uso de primeros planos extremos de la Madre Juana permite que la técnica interpretativa se centre en los ojos, transmitiendo una mezcla de seducción, desesperación y malicia sin necesidad de efectos especiales. Kawalerowicz utilizó el montaje para dictar el pulso psicológico con tomas largas que permiten que la tensión creciera dentro del mismo plano sin cortes, obligando a los actores a mantener una intensidad física agotadora.
El actor Mieczysław Voit, que interpreta al atormentado Padre Suryn, también interpreta al Rabino al que el sacerdote va a consultar a mitad de la película. Fue una decisión deliberada del director que al hacer que el mismo actor interpretara a ambos personajes, sugería que todas las respuestas que buscamos (ya sea en nuestra propia religión o en la ajena) son en realidad proyecciones de nosotros mismos. El sacerdote se está mirando en un espejo, buscando fuera una solución que solo está en su interior.
La recepción de Madre Juana de los Ángeles fue, desde su estreno, la de una obra maestra divisiva, pero profundamente respetada. Mientras que en los círculos cinematográficos internacionales fue aclamada por su estética, en su Polonia natal y en los entornos religiosos generó una fuerte controversia.
La crítica internacional quedó impactada. La película compitió por la Palma de Oro y terminó llevándose el Premio Especial del Jurado. Se destacó que a diferencia de otras películas sobre posesiones, evitara el sensacionalismo y se la comparó con el cine de Carl Theodor Dreyer (especialmente con La pasión de Juana de Arco (1928)) por su profundidad espiritual y su austeridad visual.
La crítica católica la vio como una obra que presentaba la fe y la disciplina monástica como una prisión que genera locura. En particular, incomodaba la idea de que los "demonios" fueran interpretados como el deseo humano reprimido. Con el tiempo, publicaciones de análisis teológico han rescatado el film como un aviso sobre las asechanzas del mal y la fragilidad del alma humana, viéndola más como un drama existencial que como un panfleto anticlerical.
Las mejores escenas de Madre Juana de los Ángeles son recordadas por su capacidad para generar una tensión insoportable mediante la pureza visual y el sonido. En la memoria quedan las del primer encuentro cuando el Padre Suryn entra al convento para conocer a la Madre Juana, ella aparece tras una reja y parece una mujer piadosa y serena, pero de repente estalla en una risa demoníaca y comienza a retorcerse. La cámara se centra en los rostros y la transición de Juana entre la santidad y la blasfemia es puramente gestual e inquietante.
Otra escena que no se nos olvidará es la danza de las monjas en la iglesia, quizá la más famosa de la película, donde vestidas íntegramente de blanco, corren y se agrupan en la iglesia vacía. No es un caos aleatorio, sino una coreografía geométrica con un contraste del blanco de los hábitos contra el suelo de piedra oscura y las paredes blancas. La disposición de los cuerpos parece un ballet macabro que desafía la rigidez del espacio sagrado.
También destaca la confesión en el desván cuando Suryn y Juana se encuentran en un espacio apartado, rodeados de cuerdas y maderas viejas.Es un momento de intimidad donde la barrera entre el exorcista y la poseída se borra. Juana confiesa que su mayor miedo no es el infierno, sino la insignificancia. Prefiere estar poseída por ocho demonios antes que ser una monja mediocre de la que nadie se acuerda.
Aquí se interpretaba que la "posesión" era una rebelión contra la falta de identidad.
Otro gran momento es el exorcismo masivo cargado de gritos, ritos y una atmósfera asfixiante. Se utilizan planos generales para mostrar la impotencia de la Iglesia como institución frente a lo que parece ser una histeria colectiva imparable. La técnica de sonido aquí es vital para generar agobio.
También tenemos el final del que mejor no desvelar nada, pero que resulta oscuro y ambiguo con una técnica de fuera de campo para aumentar el horror.
En España, su recepción fue tardía, no llegó a las salas comerciales de forma masiva hasta bien entrada la década de los 70 y en circuitos de "Arte y Ensayo". La película de Kawalerowicz rompía el esquema clásico al mostrar el lado oscuro de la clausura, algo que resultaba profundamente perturbador para el espectador español de la época. En el ABC de Andalucía del 27 de octubre de 1976 leíamos: "A los 15 años de su realización, Madre Juana de Los Ángeles es una película extraordinaria de las mejores del actual curso cinematográfico, parece recién hecha, está llena de interés, de creatividad, de hallazgo. Kawalerowicz nos ha ofrecido una obra dura, rigurosa, profunda, bellísima en su sentido desnudo y depurado de la expresión, algo muy lejano al desbordamiento barroco, casi truculento de la versión de Ken Russell"
Técnicamente, no es una película católica en el sentido de ser una obra confesional o de propaganda religiosa. Sin embargo, es una película profundamente teológica, presenta a sacerdotes atormentados, débiles o incapaces de ayudar, lo que fue interpretado como un ataque a la institución. Utiliza toda la iconografía del catolicismo (hitos, rezos, hábitos, la arquitectura de las iglesias) con un respeto y una belleza técnica impresionantes. Logra capturar el sentimiento de lo "numinoso" (el misterio de lo sagrado) de una forma que pocas películas religiosas consiguen, aunque su mensaje final sea más bien escéptico.
Recomiendo vivamente a mis lectores que la vean. Si quieres descubrir cómo termina el duelo entre el cielo y el infierno en la tierra, solo te queda una opción: apagar las luces, dejar que el silencio del convento te envuelva y ser testigo del último y aterrador acto de fe del Padre Suryn. La tienes editada a buen precio en DVD y en plataformas como Filmin está.
BIBLIOGRAFÍA:
Michałek, B. (1982). The Cinema of Jerzy Kawalerowicz. Indiana University Press
Wajda, A., & otros (2002). Historia del cine polaco. Ediciones de la Filmoteca.


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