King Kong (1933): Fay Wray, la bestia enamorada y el rascacielos que se volvió mito
El Empire State Building: 95 años de un icono cinematográfico
Se cumplen 95 años de la inauguración del Empire State Building, abierto en Nueva York en 1931 y convertido muy pronto en uno de los grandes símbolos de la modernidad urbana. Su silueta ha aparecido, o ha sido evocada, en películas muy distintas: desde King Kong hasta Tú y yo (An Affair to Remember, 1957), donde la cita en lo alto del rascacielos se convierte en una de las promesas amorosas más recordadas del melodrama clásico. Décadas después, Algo para recordar (Sleepless in Seattle, 1993) recuperaría precisamente esa memoria sentimental para dialogar con la película de Leo McCarey.
Mira mi anális vídeo en Youtube aquí KING KONG: el monstruo que hizo mítico al Empire State
Pero ninguna imagen lo ha unido tanto al cine como la de King Kong encaramado a su cima, acosado por los aviones, con Fay Wray convertida en figura frágil y luminosa dentro de una tragedia fantástica. El edificio es el altar de la ciudad vertical, el lugar donde la criatura arrancada de su mundo encuentra un final inolvidable. Por eso volver hoy a King Kong tiene un atractivo especial. La película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack convirtió un rascacielos real en un espacio mítico, tan asociado a la imaginación cinematográfica como a la arquitectura de Nueva York.
Una película que ya no pertenece solo al cine
Estrenada en 1933, en plena Gran Depresión, King Kong fue producida por la RKO e interpretada por Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot. Pero, por encima de todos ellos, estaba Kong: una criatura imposible creada mediante animación, maquetas, trucajes ópticos y una enorme imaginación técnica.
Lo fascinante es que la película inventó una forma de mirar el espectáculo fantástico: con miedo, deseo, maravilla y compasión. En ella conviven la aventura colonial, el melodrama imposible, el cine de terror, la fantasía prehistórica y una amarga reflexión sobre el espectáculo.
Fay Wray: mucho más que “la chica que grita”
El rostro humano de King Kong es Fay Wray, que interpreta a Ann Darrow, una actriz sin trabajo rescatada de la pobreza por el cineasta Carl Denham que busca una mujer para su nueva película, una presencia femenina que dé emoción a las imágenes que pretende rodar en una isla desconocida. Ann acepta la aventura y acaba convertida en la figura central de uno de los mitos más poderosos del cine fantástico.
La actriz quedó para siempre asociada a Kong. En una entrevista publicada por ABC en 1989, cuando la actriz acudió al Festival de Cine de Sitges, recordaba una anécdota deliciosa: Merian C. Cooper le dijo que la iba a emparejar con “el galán más alto y corpulento de Hollywood”, y ella pensó que se refería a Cary Grant. Después descubrió que aquel galán era King Kong.
La anécdota resume muy bien la extraña naturaleza romántica de la película. Kong es monstruo, sí, pero también es tratado como un galán imposible, una criatura desmesurada que mira a Ann Darrow con una mezcla de deseo, curiosidad, posesión y protección.
En esa misma entrevista, ella decía que no entendía del todo por qué se daba tanta importancia a sus gritos, ya que en el cine había gritado mucha gente. Pero añadía una observación muy interesante: quizá en King Kong los directores intentaron por primera vez aislar el grito como elemento dramático.
Esa idea es fundamental.Su grito es parte de la música emocional del film. Anuncia el terror, intensifica el deseo de Kong y convierte la fragilidad humana en el centro del espectáculo. Su cuerpo diminuto frente al tamaño de la bestia y su voz llevada al límite hacen visible y audible la diferencia de escala sobre la que descansa toda la película.
Un reparto sencillo, pero muy eficaz
El reparto de King Kong no busca grandes complejidades psicológicas. Sus personajes funcionan casi como figuras de una fábula: la bella, el aventurero, el empresario del espectáculo, el héroe convencional y la bestia.
Robert Armstrong interpreta a Carl Denham, el cineasta aventurero que quiere filmar lo nunca visto. Es un personaje muy interesante porque representa al propio cine como máquina de deseo y de explotación. Denham quiere imágenes extraordinarias; busca lo exótico, lo peligroso, lo rentable. Cuando encuentra a Kong, no lo contempla como una criatura trágica, sino como una atracción que puede vender al público.
Denham es, en el fondo, una figura incómoda. Tiene algo del productor, del director, del explorador y del feriante. Su célebre presentación de Kong como “la octava maravilla del mundo” resume esa mezcla de fascinación y abuso: el monstruo deja de ser una criatura soberana de su territorio para convertirse en mercancía escénica.
Bruce Cabot interpreta a Jack Driscoll, el primer oficial del barco y héroe romántico de la historia. Es el hombre que protege a Ann y que intenta rescatarla. Sin embargo, visto hoy, resulta mucho menos fascinante que Kong. Cumple su función de héroe clásico, pero emocionalmente queda eclipsado por la criatura.
Un recorte de ABC de 1933, publicado con motivo del estreno español, citaba a Fay Wray, Robert Armstrong y Bruce Cabot como los principales intérpretes y señalaba que defendían sus papeles “con bastante dignidad”, aunque el crítico era bastante duro con la película en otros aspectos.
Y ahí está una de las paradojas de King Kong: los actores humanos sostienen la acción, pero el personaje más vivo es el monstruo animado.
Kong: el monstruo que acaba siendo el héroe
Kong no aparece en los créditos como un actor, pero es el verdadero protagonista. Al principio se le presenta como un ser terrible, casi divino, venerado y temido por los habitantes de la Isla de la Calavera. Pero, poco a poco, la película desplaza nuestra mirada ya que deja de ser solo una bestia y se convierte en una criatura con emociones.
El ABC de 1982 lo expresaba de forma muy sugerente: al lado de Kong, muchos de los varones de la película parecen personajes menos nobles, más interesados o más convencionales. El artículo llegaba a presentar al “monazo” como el verdadero héroe positivo de la cinta, el que termina ganándose la simpatía del espectador.
Esa lectura sigue funcionando. Kong es violento, pero no es mezquino. No calcula, no negocia, no convierte a los demás en mercancía. Quien lo hace es Denham, Kong es arrancado de su mundo, exhibido ante una multitud y destruido por una civilización que primero lo convierte en espectáculo y luego lo elimina cuando ya no puede controlarlo.
La Bella y la Bestia en versión moderna
King Kong es una variación del mito de La Bella y la Bestia, pero trasladada al cine de aventuras, al terror, al espectáculo de feria y a la modernidad urbana. La Bella es Ann Darrow; la Bestia es Kong; el castillo se convierte primero en isla prehistórica y luego en rascacielos neoyorquino.
Otro artículo del ABC de 1982 definía la película como la encarnación cinematográfica de ese mito y recordaba su atractivo para ciertos ambientes surrealistas. También señalaba que en 1933, en plena crisis económica, miles de personas se agolparon ante el Radio City Music Hall de Nueva York para ver a la “octava maravilla del mundo”.
La película ofrecía evasión, sí, pero en el fondo hablaba de hambre, deseo, espectáculo, violencia, explotación y fascinación por lo desconocido. En una época marcada por la Depresión, Kong era también una criatura descomunal en un mundo de carencias: un exceso visual para un público necesitado de asombro.
Un recorte de La Razón, publicado con motivo del 75 aniversario, insistía precisamente en esa dimensión: la película seguía seduciendo por su “turbadora poética” y por la humanización de la bestia.
La Isla de la Calavera: aventura, exotismo y pesadilla
La primera gran parte de la película nos lleva a la Isla de la Calavera, un espacio imaginario construido con todos los ingredientes del cine de aventuras de su tiempo: jungla, rituales, murallas gigantescas, tribus, animales prehistóricos y un territorio prohibido al otro lado de una puerta colosal.
Vista hoy, la representación de los habitantes de la isla resulta problemática, porque responde a los códigos coloniales y exotistas del Hollywood de los años treinta. La película imagina lo “primitivo” desde una mirada occidental, espectacular y simplificadora. Pero, al mismo tiempo, ese espacio tiene una fuerza visual innegable.
La gran muralla es uno de los símbolos más poderosos del film. Separa el mundo humano del reino de Kong. A un lado está la comunidad; al otro, el territorio de los monstruos. Cuando Ann cruza esa frontera, la película entra definitivamente en el mito.
Una revolución técnica
El aspecto técnico de King Kong es decisivo. La película no habría sobrevivido como mito si Kong no hubiera parecido vivo. El gran artífice de ese milagro fue Willis H. O’Brien, pionero de la animación stop-motion.
Kong era una figura articulada animada fotograma a fotograma. O’Brien movía ligeramente el muñeco, fotografiaba un fotograma, volvía a moverlo, y así sucesivamente. Esa técnica ya existía, pero King Kong la llevó a una dimensión espectacular y emocional inédita.
La película combina varios procedimientos: animación stop-motion, para Kong y los dinosaurios; maquetas y miniaturas, para escenarios y criaturas; retroproyecciones, para integrar actores reales con fondos animados o previamente filmados; matte paintings, para ampliar decorados y crear paisajes imposibles; y trucajes ópticos, para unir elementos rodados por separado en una misma imagen.
Un recorte de El Mundo de 2009, dedicado a la subasta de una maqueta original de Kong, recordaba la complejidad de aquellos modelos. El artículo explicaba que se conservaba el armazón de un prototipo de aproximadamente medio metro y señalaba que los modelos utilizados tenían esqueletos de metal, articulaciones y materiales que permitían simular pelo, músculos y movimiento. También recordaba la importancia de la animación stop-motion y de la atención al detalle para que el espectador creyera en la criatura. Kong tenía que respirar, mirar, enfadarse, proteger, luchar...
El sonido y la música de Max Steiner
King Kong pertenece a los primeros años del cine sonoro, y eso se nota en el uso expresivo del sonido. Los rugidos de Kong, los gritos de Ann, los tambores de la isla, el ruido de la multitud y el zumbido de los aviones crean una experiencia sensorial muy poderosa.
La música de Max Steiner fue fundamental. Su partitura ayudó a consolidar la idea de la música cinematográfica como elemento dramático continuo, capaz de guiar la emoción del espectador. Da grandeza al monstruo, tensión a la aventura y tono trágico al desenlace.
Decorados, fotografía y atmósfera
El blanco y negro de la película contribuye mucho a su potencia. Nueva York aparece como el mundo moderno: teatros, rascacielos, luces, multitudes, flashes. La Isla de la Calavera, en cambio, es un espacio de sombras, niebla, vegetación artificial y formas amenazantes.
La película tiene algo de cine de aventuras, algo de horror gótico, algo de serial pulp y algo de sueño expresionista. Esa mezcla explica buena parte de su encanto.
La relación con Ray Harryhausen
La influencia de King Kong sobre Ray Harryhausen fue enorme. Vio la película siendo joven y quedó fascinado por la posibilidad de dar vida a criaturas imposibles mediante la animación fotograma a fotograma.
El puente entre ambos mundos fue Willis H. O’Brien. Harryhausen admiró profundamente el trabajo de este y llegó a colaborar con él en El gran gorila / Mighty Joe Young en 1949, otra película de simio gigante producida por Merian C. Cooper.
Sin Kong, cuesta imaginar criaturas como los esqueletos de Jasón y los argonautas, el cíclope de El séptimo viaje de Simbad o los dinosaurios de Hace un millón de años. Heredó de O’Brien la idea de que una criatura animada puede tener carácter, presencia dramática y emoción.
Una recepción desigual en España
Resulta muy interesante comparar la mirada actual con algunas críticas antiguas. También en el ABC de 1933 el crítico no se dejó arrastrar por el entusiasmo. Consideraba que la película no aportaba gran cosa en técnica, la acusaba de recurrir a teatralismos y puerilidades, y solo salvaba de manera clara el “minucioso y abrumador trabajo de laboratorio” que permitía mostrar a las bestias fabulosas moviéndose en el mismo plano que los actores.
Hoy esa valoración resulta llamativa, porque precisamente el trabajo técnico que el crítico reconocía como único gran mérito es lo que ha convertido a King Kong en una obra esencial. La historia del cine a veces corrige a la crítica inmediata.
Décadas después, los recortes de prensa muestran una percepción muy distinta. En 1982, ABC nuevamente hablaba de King Kong como mito sólido del siglo XX y como uno de los grandes sueños filmados de la historia del cine. En 2008, con motivo del 75 aniversario, la prensa volvía sobre su permanencia como emblema del cine fantástico.
El Empire State Building: la cumbre del mito
El final de King Kong es una de las imágenes supremas del cine clásico. Kong escapa, toma a Ann, sube al Empire State Building y se enfrenta a los aviones. La ciudad moderna se convierte en selva vertical. El rascacielos sustituye a la montaña. Los aviones sustituyen a los depredadores. La civilización destruye aquello que antes había exhibido.
La frase final —“No fueron los aviones, fue la belleza la que mató a la bestia”— resume la dimensión mítica de la película. Puede sonar ingenua, incluso discutible, pero conserva una fuerza poética enorme.
Una película con sombras, pero imprescindible
Vista hoy, King Kong tiene aspectos discutibles: su mirada colonial, la representación de los habitantes de la isla, ciertos códigos de género y la reducción de Ann Darrow a figura vulnerable. Pero esas sombras no eliminan su importancia. Al contrario, permiten verla como una obra profundamente marcada por su tiempo y, a la vez, capaz de desbordarlo.
Lo que sigue vivo no es solo la aventura. Es la tristeza del monstruo. La sensación de que Kong, nacido de alambres, látex, pelo artificial, maquetas y fotogramas, termina pareciendo más humano que los hombres que lo capturan.
Conclusión: el monstruo que enseñó a soñar al cine
King Kong fue una declaración de poder del cine: la demostración de que la pantalla podía crear criaturas imposibles y hacer que el público creyera en ellas emocionalmente.
Fay Wray aportó el rostro, el grito y la fragilidad humana. Robert Armstrong encarnó la ambición del espectáculo. Bruce Cabot representó el heroísmo convencional. Willis H. O’Brien dio vida al imposible. Max Steiner le dio música de tragedia. Y Kong, el monstruo, acabó convirtiéndose en el personaje más humano de todos.
King Kong es uno de los grandes mitos cinematográficos: una fábula sobre la belleza, el miedo, el deseo, la explotación y la capacidad del cine para convertir un muñeco animado en una criatura inmortal.
