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27/04/2026

El jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974)


Cartel de El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), comedia dirigida por Mel Brooks y protagonizada por Gene Wilder, con estética de terror clásico en blanco y negro.
El jovencito Frankenstein: la parodia de Mel Brooks que alcanzó la categoría de clásico

Una película para volver a mirar

Hay comedias que con el tiempo revelan una calidad mucho más profunda de la que parecía advertirse en un primer vistazo. El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974) pertenece a ese grupo privilegiado. Mel Brooks y Gene Wilder levantaron una obra de humor desatado, amor al cine clásico y admirable precisión formal. Y en este centenario de Cloris Leachman, resulta especialmente oportuno volver a una película en la que su inolvidable Frau Blücher dejó una huella decisiva. En la recepción española se habló de ella como una “divertida” y “deliciosa parodia del mito de Frankenstein”, señal de que muy pronto se comprendió la altura de la propuesta. Antes de seguir, te invito a que veas mi análisis en YouTube en https://www.youtube.com/watch?v=HqHi5nSjddA

El punto de partida: el mito revisitado

La idea argumental es magnífica. Frederick Frankenstein, nieto del célebre científico, intenta vivir lejos de la sombra familiar, hasta que termina regresando al castillo, a los viejos papeles del abuelo y al laboratorio donde la ciencia y la locura vuelven a darse la mano. A partir de ahí, la película entra en diálogo con la tradición del terror clásico y convierte ese universo de criptas, relámpagos y criaturas resucitadas en un territorio ideal para la comedia.

La fotografía: el blanco y negro como gran acierto

Uno de los grandes secretos de la película está en su fotografía en blanco y negro, que le da una personalidad visual extraordinaria. Brooks entendió que el homenaje al viejo cine de terror necesitaba una textura concreta, una atmósfera que remitiera de inmediato a los clásicos de la Universal. Los contrastes de luz, las sombras alargadas, los rostros medio sumergidos en penumbra, las escaleras, los fondos del castillo y la iluminación del laboratorio crean una belleza visual que sostiene toda la película.

Ese blanco y negro no actúa solo como guiño nostálgico. Da volumen a los espacios, refuerza el clima gótico y envuelve la historia en una seriedad visual que vuelve todavía más eficaz la comicidad. Muchas escenas funcionan tan bien porque están fotografiadas con auténtico sentido dramático. El espectador entra primero en una atmósfera casi solemne, y dentro de ese marco el disparate adquiere una fuerza mucho mayor.

Los decorados: el castillo, el laboratorio y el universo gótico

También los decorados tienen una importancia enorme. El castillo, los corredores, las criptas, las puertas, las escaleras y, sobre todo, el laboratorio, componen un universo visual riquísimo, lleno de detalles que remiten a la tradición del cine fantástico. Todo está dispuesto con una mezcla de elegancia, densidad y gusto por lo macabro que hace muy creíble ese mundo heredado del doctor Frankenstein.

Ese trabajo de ambientación resulta decisivo, porque la película necesita que el espectador sienta la presencia física de ese espacio. El castillo pesa, impone, envuelve a los personajes. Los decorados no son un simple fondo: participan activamente en la comicidad, porque cada gag se apoya en una atmósfera visual perfectamente construida. Ahí reside buena parte del talento de Brooks como director.

La música de John Morris

En esa atmósfera desempeña un papel esencial la música de John Morris. Su partitura acompaña la película con un tono que recuerda al gran cine de terror y aventura, aportando gravedad, misterio y un cierto impulso melodramático. Esa seriedad musical eleva muchas escenas y hace todavía más eficaz el humor, porque la comicidad aparece envuelta en una música que trata la acción con plena dignidad cinematográfica.

John Morris captó muy bien el espíritu del proyecto. Su música ayuda a que El jovencito Frankenstein tenga textura de clásico y enlaza la parodia con el homenaje de una forma muy eficaz. Hay en ella ecos del terror romántico y del cine de monstruos, pero también un gusto por el acompañamiento expresivo que da a la película un pulso muy particular.

“Puttin’ on the Ritz” y el gusto de Brooks por lo musical

Hay además una secuencia que resume de manera perfecta el genio de la película: el número de “Puttin’ on the Ritz”. En él, Brooks lleva hasta el extremo una de las ideas centrales del film: introducir un estallido musical dentro de una historia construida sobre el imaginario gótico. A Mel Brooks siempre le ha gustado mucho ese componente de espectáculo, de revista, de número cantado o coreografiado que aparece de pronto en mitad de la comedia y la impulsa hacia otro registro. Aquí lo aprovecha de forma magistral.

La escena funciona por el contraste entre la solemnidad científica del experimento y la irrupción de un número casi de music-hall. Gene Wilder despliega ahí toda su nerviosa elegancia cómica, mientras Peter Boyle convierte al monstruo en una presencia tan torpe como fascinante. El resultado es uno de los momentos más célebres de toda la filmografía de Brooks, una secuencia que mezcla terror clásico, vodevil, parodia y musical con una libertad asombrosa. Además, “Puttin’ on the Ritz” confirma hasta qué punto El jovencito Frankenstein está construida con un cuidado formal muy superior al habitual en la comedia disparatada.

Gene Wilder y el arte de la neurosis cómica

Gene Wilder está inmenso como Frederick Frankenstein. Encuentra un equilibrio admirable entre la rigidez académica, el nerviosismo, el orgullo herido y la progresiva fascinación por la empresa de su abuelo. Su comicidad nace de la intensidad, de las pausas, de los estallidos, de la manera de sostener una frase o de perder poco a poco el control. Wilder escribió además el guion junto a Brooks, y eso se nota en la hondura del personaje y en el tono general del film.

Peter Boyle, Marty Feldman y el gran juego del reparto

Peter Boyle da a la criatura una presencia física potentísima. Su monstruo conserva algo inquietante y al mismo tiempo alcanza una dimensión entrañable y absurda que lo vuelve inolvidable. Marty Feldman, como Igor, se convierte en una de las grandes fuerzas cómicas de la película. Su cuerpo, su mirada, sus respuestas imposibles y ese aire de criado siniestro y burlón alimentan muchos de los mejores momentos del film. Uno de los recortes españoles que has reunido recordaba que el éxito de El jovencito Frankenstein fue también el éxito de Feldman.

A su lado, Teri Garr aporta frescura y picardía como Inga, y Madeline Kahn compone una Elizabeth deliciosamente afectada, capaz de convertir cada intervención en una pequeña pieza de orfebrería cómica.

Cloris Leachman en su centenario

En este centenario de Cloris Leachman conviene subrayar hasta qué punto su Frau Blücher sostiene el tono de la película. Su interpretación está llena de gravedad, de hieratismo y de una comicidad que nace de la contención. Cada aparición suya refuerza el aire espectral del castillo y deja una impresión fortísima. Leachman aporta autoridad, misterio y un sentido del tempo extraordinario. Su trabajo ayuda mucho a que la película conserve ese perfume gótico que la distingue dentro de la filmografía de Mel Brooks.

La aparición de Gene Hackman

También merece una mención especial Gene Hackman, que aparece en uno de los cameos más celebrados de la película como el ermitaño ciego. Su escena es breve, pero absolutamente memorable. Hackman entra en el juego con una seriedad admirable, y esa convicción multiplica la fuerza cómica de la secuencia. Su participación añade además un pequeño lujo al reparto: una gran estrella dramática prestándose a una escena de humor físico y despiadadamente divertida.

Qué dijo la crítica

La crítica acogió la película con entusiasmo. En los materiales que has reunido aparece calificada como “una de las más locas comedias que se hayan hecho jamás”, y también como una “divertida parodia del mite de Frankenstein” y una “deliciosa parodia del mito de Frankenstein”. Además, uno de los textos destacaba que el público empezaba a reír desde la presentación y mantenía esa reacción hasta el final.

La recepción española supo reconocer desde muy pronto el valor de la película. Se entendió que Brooks había dado con una fórmula muy fértil: recuperar el imaginario de Mary Shelley y del terror clásico, envolverlo en una realización muy cuidada y abrir dentro de ese marco un espacio ideal para el humor disparatado.

El público y la condición de película de culto

La conexión con el público fue enorme. Con el paso del tiempo, El jovencito Frankenstein alcanzó la condición de película de culto. En el artículo sobre la versión española del musical se recordaba que había espectadores que se sabían diálogos enteros de memoria. Ese detalle dice mucho sobre su arraigo popular y sobre el lugar que ocupa ya en la memoria cinéfila.

Su éxito no dependió solo de unos cuantos gags famosos. La película ha seguido viva porque está admirablemente construida, porque sus actores trabajan con convicción absoluta y porque el humor nace de un conocimiento profundo del cine que homenajea.

Una obra que dejó huella

Con el tiempo, El jovencito Frankenstein ha quedado como una referencia mayor dentro de la comedia americana y dentro de la parodia cinematográfica. Abrió una vía muy fecunda para reinterpretar géneros clásicos desde el humor, manteniendo siempre una relación estrecha con la tradición visual y narrativa de la que partía. Décadas después, sigue viéndose con placer y conserva intacta buena parte de su potencia.

Un clásico que sigue vivo

La grandeza de El jovencito Frankenstein está en esa rara mezcla de amor cinéfilo, acabado formal y comicidad desatada. La película hace reír, deslumbra visualmente y rinde homenaje a una tradición entera del cine fantástico. Gene Wilder, Peter Boyle, Marty Feldman, Cloris Leachman, Madeline Kahn, Teri Garr y el impagable Gene Hackman contribuyen a un reparto de altísimo nivel, mientras la música de John Morris, la fotografía en blanco y negro, los decorados góticos y el inolvidable “Puttin’ on the Ritz” envuelven todo en una atmósfera de clásico revisitado con ingenio.

Por eso sigue siendo una de las cumbres de Mel Brooks. Y por eso, tantos años después, el laboratorio de Frankenstein sigue lleno de vida...Y si no has visto antes mi análisis, dame otra oportunidad y míralo en https://www.youtube.com/watch?v=HqHi5nSjddA

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