Día de Drácula: Drácula (1958), la sangre en color que cambió al vampiro para siempre
Cada 26 de mayo, el Día de Drácula, es una buena excusa para volver al origen literario del mito, a la novela de Bram Stoker, publicada en 1897. Pero también es una ocasión perfecta para recordar una película que transformó para siempre la imagen cinematográfica del vampiro: Drácula, dirigida por Terence Fisher para la Hammer en 1958.
No fue la primera versión importante del personaje, desde luego. Antes estaba el Drácula hipnótico y teatral de Bela Lugosi en la película de Universal de 1931. Pero el Drácula de Christopher Lee trajo otra cosa: más cuerpo, más sangre, más violencia, más erotismo y, sobre todo, el impacto del color. Pasó a ser una presencia física: alta, seca, amenazante, aristocrática y animal al mismo tiempo.
Una Hammer que resucita a los monstruos clásicos
La Hammer ya había dado un golpe de efecto con La maldición de Frankenstein en 1957. Aquella película demostró que los viejos monstruos podían volver a la pantalla con una energía nueva: sangre visible, colores intensos, sensualidad y un tono más atrevido que el del terror clásico de la Universal.
Drácula confirmó la fórmula. Terence Fisher redujo el relato, concentró el conflicto y convirtió el mito en una cadena de imágenes poderosas: El castillo, el ataúd, los colmillos, la sangre, la estaca, la cruz, la luz del sol y el cuerpo del vampiro desintegrándose.... Todo en la película estaba pensado para impactar.
Christopher Lee: el Drácula del cuerpo y de la mirada
Christopher Lee aparece menos de lo que la memoria suele sugerir. Habla poco, no tiene grandes monólogos y no necesita explicar demasiado. Su fuerza está en la presencia. Su Drácula no es un seductor de salón como Lugosi. Tiene elegancia, sí, pero también algo brutal. Cuando entra en escena, la película se tensa.
Lee ofrece un vampiro más moderno: menos palabra, más amenaza; menos gesto aristocrático, más violencia contenida... Esa fue una de las grandes aportaciones de la Hammer: hacer que Drácula pareciera realmente peligroso.
Peter Cushing: Van Helsing como héroe activo
Al otro lado está Peter Cushing, magnífico como Van Helsing. En la novela de Stoker, es un sabio, un médico, un profesor, un experto en lo oculto. En la película de Fisher sigue siendo inteligente y racional, pero además es un hombre de acción.
La pareja Lee-Cushing se convirtió en una de las grandes asociaciones del fantástico británico. Uno imponía por su físico; el otro, por su precisión nerviosa.
Aspecto técnico: sangre, decorados y Eastmancolor
Uno de los grandes secretos de Drácula está en su aspecto visual. La fotografía de Jack Asher aprovecha el color de forma expresiva: rojos intensos, sombras marcadas, interiores cálidos... La dirección artística de Bernard Robinson demuestra cómo la Hammer sabía hacer mucho con presupuestos relativamente modestos. Los decorados no siempre eran enormes, pero parecían ricos: cortinajes, escaleras, candelabros, criptas, salones, puertas pesadas y habitaciones donde el terror entra en el espacio doméstico.
La música de James Bernard también es esencial. Sus acordes anuncian la presencia de Drácula como si el propio sonido abriera el ataúd. La sangre roja de la Hammer fue una revolución visual. Hoy puede parecernos ingenua o teatral, pero en 1958 tenía una fuerza enorme. El vampirismo dejaba de ser una amenaza en blanco y negro para convertirse en una experiencia más carnal.
El estreno en España: Drácula llega como espectáculo de terror
En España, la película llegó con retraso. Un recorte de ABC Sevilla, del 11 de mayo de 1960, anunciaba el estreno de Drácula en el cine Florida y la presentaba claramente como una película para aficionados a las emociones fuertes: hablaba de “sensaciones macabras”, “espectáculos terroríficos” y escenas capaces de mantener en tensión a los seguidores del género.
La crítica no la trató como una obra de prestigio Drácula se vendía como un espectáculo gótico de emociones intensas. Destacaba el Eastmancolor, se realzaba la espectacularidad de los escenarios y daba relieve al desarrollo de la ficción. Para el espectador español de 1960, aquello debía de ser parte esencial del atractivo: ver el mito de Drácula con castillos, sangre, mujeres vampirizadas y atmósferas tétricas en color.
No hacía falta mostrar demasiado. Bastaban los escotes, las miradas, la respiración, el cuello ofrecido, la noche, la cama y la sangre. La película entiende que el vampirismo es miedo, pero también deseo.
Diferencias con la novela de Bram Stoker
La novela y el film
En la novela, Jonathan Harker viaja al castillo de Drácula como abogado. En la película, llega con una misión secreta contra el vampiro. También desaparecen o se reducen elementos fundamentales del libro, como el viaje de Drácula a Inglaterra, el personaje de Renfield o la compleja red de personajes que rodea a Mina y Lucy.
Pero lo más importante es que la Hammer cambia el centro de gravedad. Stoker construye una novela amplia, documental, victoriana, llena de voces y de miedos sociales. Fisher hace una película concentrada, visual y física. Le interesa menos el mundo de la novela y más el choque entre Drácula y Van Helsinng La novela de Stoker tiene otro tipo de final, más de persecución y cierre coral. Fisher, en cambio, busca una imagen definitiva.
El éxito y las secuelas
El éxito de Drácula fue enorme para la Hammer. La película consolidó al estudio como gran marca del terror gótico en color y convirtió a Christopher Lee en el Drácula moderno por excelencia.
Después llegarían varias secuelas dentro del ciclo Hammer: Las novias de Drácula, Drácula, príncipe de las tinieblas, Drácula vuelve de la tumba, El poder de la sangre de Drácula, Las cicatrices de Drácula, Drácula 73, Los ritos satánicos de Drácula y Kung Fu contra los siete vampiros de oro.
Christopher Lee no apareció en todas, pero su sombra lo dominó todo. Incluso cuando no estaba, la serie seguía viviendo de la imagen que él había fijado en 1958.
El éxito de Drácula fue enorme para la Hammer. La película consolidó al estudio como gran marca del terror gótico en color y convirtió a Christopher Lee en el Drácula moderno por excelencia.
Después llegarían varias secuelas dentro del ciclo Hammer: Las novias de Drácula, Drácula, príncipe de las tinieblas, Drácula vuelve de la tumba, El poder de la sangre de Drácula, Las cicatrices de Drácula, Drácula 73, Los ritos satánicos de Drácula y Kung Fu contra los siete vampiros de oro.
Christopher Lee no apareció en todas, pero su sombra lo dominó todo. Incluso cuando no estaba, la serie seguía viviendo de la imagen que él había fijado en 1958.
El otro Drácula de Christopher Lee: Jesús Franco
Años después, Christopher Lee volvió al personaje en El conde Drácula de Jesús Franco, de 1970. Aquella película no pertenecía a la Hammer y tenía una intención distinta: acercarse más a la novela de Bram Stoker.
La versión de Franco mostraba a un Drácula inicialmente envejecido que rejuvenecía al alimentarse de sangre, un detalle muy ligado al texto literario. También contaba con un reparto muy llamativo: Herbert Lom como Van Helsing, Klaus Kinski como Renfield y Soledad Miranda como Lucy.
Comparada con la de Fisher, la película de Jesús Franco es más literaria, más irregular y menos poderosa visualmente. Pero tiene un interés enorme: permite ver a Christopher Lee intentando acercarse a un Drácula más fiel al libro, lejos de las exigencias comerciales de la Hammer.
Además, de aquel rodaje surgió Cuadecuc, vampir, de Pere Portabella, una obra experimental que convierte el mito de Drácula y el propio rodaje en materia de cine de vanguardia.
Conclusión: el vampiro entra en la modernidad
Aprovechar el Día de Drácula para volver a esta película tiene todo el sentido. La novela de Bram Stoker creó el mito moderno; Bela Lugosi le dio una de sus primeras imágenes inmortales; pero Christopher Lee lo convirtió en una presencia de sangre, color y deseo.
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