Alicia en el país de las maravillas: el fracaso de Disney que acabó convertido en culto
Este sábado se celebra Alice’s Day, el día en que Oxford vuelve a mirar hacia la madriguera del Conejo Blanco. La fecha recuerda aquella tarde del 4 de julio de 1862 en la que Charles Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, salió en barca por el Támesis con las hermanas Liddell y empezó a contar una historia imposible sobre una niña llamada Alicia. Aquel relato improvisado, nacido casi como un juego, acabó convertido en uno de los grandes mitos de la literatura fantástica.
Aprovechando esta celebración, merece la pena regresar a una de sus versiones más famosas y más singulares: Alicia en el país de las maravillas, el largometraje animado que Walt Disney estrenó en 1951. Hoy parece un clásico indiscutible, pero su historia fue bastante más accidentada. Durante años se la vio como una película extraña, menos emotiva que otros títulos del estudio y difícil de encajar dentro del Disney más amable.
De una tarde en Oxford a un mito universal
Antes de ser película, Alicia fue una historia contada. Su origen está unido a Oxford, a Christ Church, al Támesis y a Alice Liddell, la niña que pidió a Carroll que pusiera por escrito aquel cuento de una muchacha que caía por la madriguera de un conejo. Un reportaje de La Vanguardia / Viajar recordaba en 2010 esa geografía real del mito: Oxford, Plymouth, Cornualles y los lugares vinculados a Carroll, convertidos con el tiempo en una ruta literaria y cinematográfica.
Ese origen casi oral explica parte de su encanto. Alicia avanza como una cadena de apariciones, preguntas, cambios de tamaño, discusiones absurdas y personajes que parecen salidos de una lógica de sueño. Carroll jugaba con el lenguaje, la educación victoriana, la identidad y el razonamiento llevado al disparate. Disney tomó ese material y lo transformó en color, música, movimiento y personajes inolvidables.
Walt Disney y una vieja obsesión
Walt Disney llevaba mucho tiempo rondando a Alicia. En los años veinte ya había realizado las Alice Comedies, una serie de cortometrajes que mezclaban imagen real y animación. Aquellas piezas primitivas ya demostraban que Alicia era un material muy tentador para Disney: una niña metida en un mundo donde el dibujo podía hacer cualquier cosa.
El reto llegó al convertir a Carroll en largometraje. Alicia en el país de las maravillas era un material difícil para el Disney clásico. Carecía de la emoción directa de Dumbo, de la ternura de Bambi, de la oscuridad moral de Pinocho o de la estructura de cuento de hadas de Cenicienta. Se ha repetido muchas veces que Walt pensaba que a la película le faltaba “corazón”. Pero precisamente esa menor carga sentimental la hace hoy más moderna.
Una película técnicamente desatada
Desde el punto de vista técnico, Alicia en el país de las maravillas es una de las películas más libres de la etapa clásica de Disney. La animación resulta fluida, llena de transformaciones y gags visuales. Alicia crece, encoge, se queda atrapada en habitaciones imposibles, se pierde entre flores que cantan, conversa con una oruga, discute con un gato que desaparece y acaba juzgada por una baraja convertida en corte real.
La dirección aparece atribuida a Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson. Esa dirección compartida ayuda a entender su carácter episódico: la película avanza como una sucesión de números visuales, cada uno con su propio ritmo y su propia locura.
La influencia de Mary Blair resulta decisiva. Sus ideas de color y diseño dieron a la película ese aspecto tan reconocible. La película parece un sueño cromático: verdes ácidos, rosas imposibles, azules profundos, cartas rojas y negras...
Canciones breves, rimas y caos musical
La música funciona de una forma muy peculiar dentro del universo Disney. En lugar de grandes números sentimentales, encontramos canciones breves, rimas, coros absurdos y pequeños estallidos sonoros. El Conejo Blanco canta la prisa como si fuera una enfermedad, las flores convierten el jardín en una opereta venenosa, el Sombrerero y la Liebre de Marzo hacen de la merienda del no cumpleaños una celebración del caos y la Reina de Corazones entra casi como una amenaza de opereta bufa.
La película convierte los juegos verbales de Carroll en ritmo. Las canciones aparecen y desaparecen como chispazos, por eso la banda sonora tiene algo tan extraño: acompaña la acción y al mismo tiempo la desordena.
Dalí no estuvo, pero el surrealismo ronda la película
Conviene aclararlo: Salvador Dalí no trabajó en la Alicia de Disney. Aun así, su nombre aparece de forma natural cuando se habla de esta película, porque muchas de sus imágenes parecen moverse en un terreno próximo al surrealismo: relojes, metamorfosis, espacios imposibles, cuerpos que cambian, objetos con vida propia y una lógica de sueño que se impone a la razón.
Disney y Dalí sí colaboraron en Destino, proyecto iniciado en los años cuarenta y recuperado décadas después. Aquella relación entre ambos imaginarios ayuda a entender hasta qué punto el estudio también se interesaba por formas visuales más audaces. En Alicia, ese impulso queda domesticado por el color, la música y el humor, pero sigue presente una sensación de delirio controlado.
El estreno español: reservas y admiración
En España, Alicia en el país de las maravillas llegó con retraso. Un recorte de ABC del 18 de abril de 1954 la sitúa en Madrid, en los cines Palace y Pompeya, presentada como producción en Technicolor de Walt Disney. La reseña citaba a Geronimi, Luske y Jackson como responsables de la dirección y la colocaba dentro de la serie de grandes películas del estudio, junto a títulos como Blancanieves o La Cenicienta.
La crítica mantenía ciertas reservas. El texto decía que “no es, quizá, de las más afortunadas producciones de Disney”, aunque añadía que merecía verse y admirarse por sus pasajes deliciosos, sus situaciones divertidas y por ese mundo animal captado por el talento del estudio. Curiosamente, antes del largometraje se proyectaba El patito feo, corto de Disney que el reseñista elogiaba con más entusiasmo, hasta considerarlo una pequeña obra maestra.
Un fracaso de culto
En 1981, Àlex Gorina titulaba en ABC Pantalla Semanal: “Un fracaso de culto”. La fórmula resume de maravilla la trayectoria de la película. En su estreno no funcionó como gran éxito, pero el tiempo la transformó en una de las obras más singulares del estudio. La describía como una película frenética, surrealista y enloquecida, alejada del modelo infantil amable que el público asociaba a Disney.
El mismo artículo aportaba otro dato muy jugoso: Alicia en el país de las maravillas fue el primer largometraje animado de Disney emitido en televisión, en Estados Unidos en 1954, en una versión unos quince minutos más corta que la vista en cines. Esa vida televisiva ayudó a que la película encontrara nuevos espectadores fuera del ritual del estreno cinematográfico. No he podido verificar, pero creo que es también el primer largo de Disney que emitió TVE en unas Navidades del 86.
Durante años, para muchos espectadores, fue una de esas Disney accesibles, repetidas y reconocibles, junto a títulos como Dumbo, Mary Poppins, Robin Hood o La bruja novata.
Disney frente a Carroll
La película no adapta a Carroll de forma literal. Mezcla episodios de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Por ejemplo, Tweedledee y Tweedledum pertenecen al segundo libro, pero Disney los incorpora porque funcionan muy bien como escena cómica.
La gran diferencia está en el lenguaje. Carroll trabaja con juegos verbales, parodias escolares, dobles sentidos, lógica absurda e ironía victoriana. Disney convierte todo eso en imagen, música y movimiento. Se pierde parte del filo literario original, pero se gana una potencia visual extraordinaria. La Alicia literaria piensa, observa y discute con el mundo. La Alicia de Disney mira, canta, corre, se asusta y atraviesa un espectáculo de formas imposibles.
Otras Alicias: de la BBC a Peter Sellers
El universo de Carroll ha tenido muchas adaptaciones. Una de las más curiosas es la versión televisiva británica de Jonathan Miller, estrenada por la BBC en 1966. Era una Alicia seca, intelectual, muy distinta al colorido de Disney, con Peter Sellers como Rey de Corazones y música de Ravi Shankar.
Otra versión importante es Las aventuras de Alicia, título español de Alice’s Adventures in Wonderland, dirigida por William Sterling en 1972. Esta sí era un largometraje musical de imagen real, con Fiona Fullerton como Alicia y también Peter Sellers como la Liebre de Marzo. Tenía un reparto muy llamativo, con nombres como Michael Crawford, Dudley Moore, Ralph Richardson, Robert Helpmann o Flora Robson. En España llegó a estrenarse en cines en 1973 y muchos espectadores la asocian después a pases televisivos familiares.
Alicia en la España de la Transición
“España también tuvo su Alicia deformada por la historia. En plena Transición, Jordi Feliu dirigió Alicia en la España de las maravillas, titulada en catalán Alícia a l’Espanya de les meravelles. Allí Carroll dejaba de ser un cuento infantil para convertirse en una alegoría política: una Alicia múltiple, interpretada por actrices como Mireia Ros, Sílvia Aguilar o Montserrat Móstoles, atravesaba una España marcada por cuarenta años de franquismo, represión, erotismo de destape, símbolos nacionales y poderes grotescos. Si Disney convertía el absurdo en música y color, Feliu lo llevaba al terreno de la sátira adulta de la Transición. El País de las Maravillas ya no estaba en Oxford ni en un sueño victoriano: estaba en una España que despertaba de la dictadura sin saber todavía qué hacer con sus propios fantasmas.”
Burton y el regreso al País de las Maravillas
En 2010, Tim Burton devolvió a Alicia al centro de la conversación cinematográfica. Su película, con Mia Wasikowska, Johnny Depp, Helena Bonham Carter y Anne Hathaway, planteaba una continuación libre: Alicia ya adulta regresaba al mundo fantástico para afrontar un destino heroico.
La Vanguardia / Viajar aprovechaba aquel estreno para proponer una ruta entre Carroll y Burton, conectando Oxford, los paisajes ingleses y los escenarios reales que alimentaban la imaginación del relato.
La comparación con la animada resulta muy clara. Burton convierte Alicia en aventura fantástica moderna, con épica, 3D y batalla final, organiza el caos en forma de relato heroico.
Una película que envejeció al revés
Lo más fascinante de Alicia en el país de las maravillas es que ha envejecido al revés. Muchas películas nacen modernas y acaban pareciendo viejas. Alicia fue recibida como una rareza irregular y cada década la ha vuelto más interesante.
Su falta de sentimentalismo, su estructura episódica, sus colores violentos, sus personajes antipáticos y su humor absurdo la alejaron del Disney más cómodo. Pero esos mismos rasgos la han convertido en una obra única. Es una película que parece infantil y al mismo tiempo inquietante; alegre y a la vez cruel; musical y casi pesadillesca.
Por eso el título de Àlex Gorina sigue funcionando tan bien: un fracaso de culto. Alicia cayó por la madriguera en 1951, no encontró enseguida su sitio y acabó conquistando el tiempo. Quizá esa sea la mejor forma de entenderla. Como su protagonista, la película también tuvo que cambiar de tamaño varias veces hasta que el mundo aprendió a mirarla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario