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23/06/2026

La profecía (Richard Donner, 1976)


 

La profecía (Richard Donner, 1976): el Anticristo también puede vestir de etiqueta

Una película de terror con aire de gran producción

Hay películas de terror que buscaban el sobresalto, el grito fácil, la sangre o la criatura escondida en la sombra. Y luego estaba La profecía, dirigida por Richard Donner en 1976, una película que da miedo porque se toma su historia con una seriedad absoluta.

Aquí el horror aparecía en mansiones elegantes, embajadas, iglesias, hospitales, salones de poder y hasta la Casa Blanca..El mal ya está instalado dentro del sistema.

El terror religioso de los años setenta

La película llegó en plena fiebre del terror religioso de los años setenta. Después de La semilla del diablo y El exorcista, el cine comercial descubrió que el demonio podía ser un gran asunto.

Pero La profecía tiene una personalidad muy marcada. Resulta menos íntima y enfermiza que la película de Polanski, y menos visceral que la de Friedkin. Richard Donner propone otra vía: el terror de la fatalidad, de la conspiración apocalíptica, de la profecía que se va cumpliendo paso a paso mientras sus protagonistas intentan resistirse a lo inevitable.

Robert Thorn y el pecado original de la película

El punto de partida es muy potente. Robert Thorn, un diplomático estadounidense interpretado por Gregory Peck, pierde a su hijo recién nacido y acepta sustituirlo en secreto por otro bebé, sin decírselo a su esposa.Ese niño será Damien.

A partir de ahí, la vida familiar de los Thorn empieza a llenarse de señales inquietantes: comportamientos extraños, muertes inexplicables, advertencias religiosas, fotografías premonitorias y una presencia infantil que, sin hacer casi nada, va contaminando toda la película.

Damien: el niño que apenas necesita actuar

Uno de los mayores aciertos de La profecía es Damien. Harvey Stephens no interpreta al niño como un pequeño monstruo gesticulante. Donner lo utiliza con inteligencia: una mirada, una sonrisa, una aparición silenciosa bastan para sembrar la duda.

Damien da miedo porque apenas se expresa. La película deja que el espectador proyecte sobre él la sospecha. ¿Es realmente el Anticristo? ¿O son los adultos quienes empiezan a ver señales donde solo hay casualidades terribles?

Durante buena parte del metraje, esa ambigüedad mantiene viva la inquietud.

Gregory Peck: dignidad clásica frente al horror

Gregory Peck aporta a La profecía una gravedad fundamental. Su presencia de actor clásico, asociado a personajes nobles, rectos y moralmente firmes, eleva el material y evita que la película quede reducida a un simple relato satánico de consumo rápido.

Además, hay un dato biográfico que resulta difícil de separar de la impresión que produce su interpretación. En 1975, poco antes del rodaje y estreno de La profecía, su hijo Jonathan murió a los treinta años en lo que fue considerado un suicidio. Conviene mencionar este hecho con respeto, sin convertirlo en reclamo morboso, pero esa herida real añade una sombra inevitable a su interpretación de Robert Thorn, un padre enfrentado a una situación monstruosa y moralmente insoportable.

Con Peck, La profecía adquiere peso trágico. Robert Thorn es un padre, un marido, un hombre público y un racionalista obligado a aceptar una verdad imposible. La película funciona porque vemos cómo se rompe poco a poco una figura de autoridad. Lo terrible no está solo en descubrir que Damien puede ser el Anticristo; está también en asistir al derrumbe íntimo de un hombre que debe tomar una decisión incompatible con todo lo que ha sido.

También Lee Remick resulta esencial como Katherine Thorn. Su personaje introduce el miedo doméstico y físico: el rechazo instintivo hacia el niño, la sensación de que algo amenaza su cuerpo y su maternidad, la angustia de estar atrapada en una familia aparentemente perfecta. Frente al terror más institucional que rodea a Robert, Katherine vive el horror desde la intimidad.

El aspecto técnico: elegancia, suspense y fatalidad

En el aspecto técnico, La profecía es una película muy sólida. La fotografía de Gilbert Taylor apuesta por una imagen elegante, limpia, casi de thriller de prestigio. No hay una estética excesivamente deformada ni un abuso de sombras expresionistas.

Muchas escenas podrían pertenecer a un drama diplomático o familiar. Precisamente ahí está la fuerza: Donner introduce lo demoníaco dentro de un mundo reconocible, ordenado y respetable.

La puesta en escena es clara, clásica y eficaz. Donner no busca lucirse con movimientos de cámara caprichosos. Prefiere construir las escenas con calma, preparar el espacio y dejar que el horror irrumpa con una violencia seca.

Las muertes como mecanismo demoníaco

Las muertes de la película son inolvidables porque parecen accidentes y, al mismo tiempo, actos de una voluntad invisible.

La niñera en la fiesta, el sacerdote, la plancha de cristal, la caída de Katherine… Cada escena tiene algo de mecanismo fatal. Son piezas de una maquinaria demoníaca que avanza sin detenerse.

El montaje combina muy bien dos líneas: el drama familiar y la investigación. A medida que Robert Thorn y el fotógrafo Jennings siguen las pistas, la película se acerca al thriller detectivesco. Viajes, cementerios, fotografías, documentos, revelaciones y advertencias religiosas construyen una trama de conspiración apocalíptica.

Jerry Goldsmith y la misa negra del cine comercial

Y luego está Jerry Goldsmith. Su música es uno de los grandes milagros negros de la película.Ave Satani convierte La profecía en una especie de misa demoníaca cinematográfica, construye una liturgia. Los coros, el latín satánico y la solemnidad de la partitura dan a la película una dimensión bíblica con la que le arrébato el Oscar póstumo para Bernard Herrmann y Taxi Driver

La recepción española: una película llamada al éxito

La recepción española de la película resulta muy reveladora. En ABC, Pedro Crespo ya la presentó desde el Festival de San Sebastián como una obra llamada al éxito taquillero, campeona en Gran Bretaña y posible equivalente de Tiburón para la nueva temporada. La veía claramente como un fenómeno comercial en potencia, aunque también señalaba debilidades de guion y cierta irregularidad en la puesta en escena de Richard Donner. Aun así, reconocía que el conjunto estaba destinado a una aceptación mayoritaria porque la película era técnicamente hábil en líneas generales.

La crítica de ABC también destacaba algunos efectos muy logrados, especialmente la muerte de la niñera y la del sacerdote, aunque reprochaba a la película cierta pérdida de tensión en la parte italiana de la investigación. Sobre Donner, lo definía como un experto realizador de telefilmes que acertaba en la diana general de la película, aunque fallara en algunos blancos concretos. Es una observación muy útil: La profecía puede tener zonas irregulares, pero Donner comprende el tono global, la atmósfera y el avance inexorable de la amenaza.

ABC Sevilla fue más entusiasta

En Sevilla, Antonio Colón fue bastante más entusiasta. Para él, lo que en principio podía parecer otra consecuencia de la moda de El exorcista se convertía, gracias a Donner, en un inteligente film de suspense y terror. Señalaba que el director insistía más en el suspense que en el terror directo, y que precisamente por eso los efectos y sorpresas resultaban más impresionantes.

Colón citaba la incursión nocturna al cementerio y la decapitación en cámara lenta como momentos especialmente eficaces. También elogiaba el montaje clásico y sobrio, y la música de Jerry Goldsmith, con sus temas corales, como elementos decisivos para sostener la tensión.

Una película entre La semilla del diablo y El exorcista

Otros recortes de la época y revisiones posteriores ayudan a entender todavía mejor su lugar dentro del terror de los setenta. En algunos textos se la situaba a caballo entre La semilla del diablo y El exorcista: heredaba de la primera la idea del mal infiltrado en una familia aparentemente respetable, y de la segunda el impacto comercial del satanismo convertido en espectáculo de masas.

Pero La profecía añadía un elemento propio: el aire de investigación, de complot bíblico y político, donde las fotografías, los cementerios, los sacerdotes y los viajes funcionan casi como pistas de una novela negra apocalíptica.

El 666 como reclamo publicitario

También resulta muy expresivo el modo en que se promocionaba la película. El número 666, el regreso de los judíos a Sion, el renacimiento del Imperio Romano bajo la forma del Mercado Común, el cometa, el Armagedón y la llegada del Anticristo eran presentados como piezas de una maquinaria profética.

El terror se vendía con solemnidad bíblica, pero también con inteligencia publicitaria. La profecía no solo asustaba por lo que contaba, sino por cómo hacía creer al espectador que la historia podía encajar en los miedos políticos y religiosos de su tiempo.

Los miedos modernos convertidos en un niño

Vista con distancia, la película también puede leerse como una forma de convertir temores modernos en una figura reconocible. Los años setenta estaban marcados por la Guerra Fría, la desconfianza hacia las instituciones, las crisis políticas y la sensación de que el mundo podía irse al abismo.

El éxito de la película fue enorme. Costó relativamente poco para los estándares de una gran producción y recaudó muchísimo, convirtiéndose en uno de los grandes fenómenos del terror de 1976.

La campaña publicitaria supo explotar muy bien el número 666, el miedo religioso y la idea de que el Anticristo podía tener rostro de niño rubio y sonrisa inocente. Fox encontró su gran respuesta al impacto de El exorcista, pero con un tono distinto: más elegante, más diplomático, más apocalíptico.

Ese éxito abrió una saga y convirtió a Damien en uno de los niños más inquietantes de la historia del cine fantástico.

Las leyendas del rodaje

También ayudaron las leyendas alrededor del rodaje. Como suele ocurrir con este tipo de películas, La profecía fue rodeándose de historias sobre accidentes, rayos, tragedias y supuestas maldiciones.

Algunas pertenecen más al terreno de la mitología promocional que al de los hechos comprobables, pero forman parte del aura del film. El cine de terror necesita imágenes, pero también relatos alrededor de sus imágenes. Y La profecía los tuvo.

Conclusión: el mal también puede ser elegante

La profecía es una de las grandes películas de terror religioso de los setenta. Menos salvaje que El exorcista, menos psicológica que La semilla del diablo, pero quizá más implacable en su idea de destino.

Una película elegante, sombría, muy bien construida, con Gregory Peck aportando dignidad trágica y Jerry Goldsmith elevando cada amenaza hasta convertirla en misa negra.

Y eso, medio siglo después, sigue dando escalofríos.


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