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15/10/2026

Nosferatu (Werner Herzog, 1979)

 


Carátula de la película 'Nosferatu, vampiro de la noche' (1979), dirigida por Werner Herzog. Muestra un primer plano del Conde Drácula, interpretado por Klaus Kinski caracterizado con la cabeza rapada, orejas puntiagudas, ojos hundidos y afilados dientes centrales, sobre un fondo oscuro y neblinoso con una ciudad portuaria de fondo.

Nosferatu, vampiro de la noche (1979): La cumbre neorromántica de Werner Herzog y Klaus Kinski


Cuando en la primavera de 1979 los cines españoles —como el Montecarlo y el Calderón en Barcelona o el Proyecciones y Torre de Madrid en la capital— abrieron sus puertas para proyectar Nosferatu: Fantasma de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht), el público y la crítica se enfrentaron a algo muy distinto al terror comercial de usar y tirar. Lejos de los colmillos de plástico de baratillo o el modelo estilizado de la productora Hammer, el director alemán Werner Herzog firmó una obra maestra del neorromantismo cinematográfico que dialogaba directamente con el clásico silente de F.W. Murnau de 1922.


Un homenaje a Murnau y una revisión de Stoker

A diferencia del filme original de 1922 —que cambió los nombres de los personajes de la novela de Bram Stoker (Drácula) debido a problemas legales con los derechos de autor—, la versión de Herzog recupera con naturalidad los nombres originales (Jonathan Harker, Lucy, Drácula), rindiendo al mismo tiempo un tributo absoluto a la estética y al expresionismo de su compatriota Murnau.

El propio Herzog defendía este puente cultural como una necesidad de enlazar con las raíces del romanticismo alemán (de Hölderlin a Kleist y Büchner) y superar el vacío cultural y la sombra histórica dejados por el nazismo. De hecho, los críticos de la época señalaron con frecuencia que la plaga de ratas y la llegada de la muerte a la ciudad funcionaban como una potente alegoría de las fuerzas destructivas y las crisis colectivas.


El conde Drácula de Klaus Kinski: Entre el horror y la piedad

Uno de los mayores atractivos de la película es, sin duda, la monumental y terrorífica caracterización de Klaus Kinski como el conde. Sometido a más de cuatro horas diarias de un complejo proceso de maquillaje, Kinski replicó la icónica silueta creada por Max Schreck: cabeza completamente rapada, orejas puntiagudas de murciélago, uñas larguísimas y colmillos centrales.

Sin embargo, el gran acierto del director y del actor fue humanizar al monstruo. Lejos de ser un villano unidimensional o un dandy seductor, el Nosferatu de Kinski es una criatura profundamente trágica, solitaria y melancólica. Es un ser atormentado por la tortura de su inmortalidad, que sufre al comprobar que está condenado a revivir eternamente las mismas futilidades y el dolor de no poder morir jamás. En palabras del propio Kinski durante su paso por el Festival de Berlín: "Siempre he dicho que yo soy Aguirre, Nosferatu o Woyzeck", afirmando que se limitaba a encarnar al personaje desde una conexión visceral e instintiva.


Profundización en los Aspectos Técnicos

Desde el punto de vista técnico y de puesta en escena, la película destaca por decisiones de producción sumamente rigurosas y artesanales:

  • Fotografía y color: Bajo la dirección de fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein, la cinta huye del blanco y negro puro para apostar por una atmósfera de tonos fríos y desaturados, empleando con frecuencia la luz de la "hora mágica" para subrayar el sublime romántico de los paisajes naturales.

  • El doble rodaje simultáneo: Para garantizar una óptima distribución internacional, Herzog obligó al reparto a interpretar cada escena dos veces de forma consecutiva: una versión en alemán y otra íntegramente en inglés, cuidando que los matices emocionales se mantuvieran idénticos en ambos idiomas.

  • Efectos prácticos y rodaje de cielos: Para lograr la atmósfera opresiva y de pesadilla estática, el equipo filmó las nubes de forma independiente fotograma a fotograma (capturando un fotograma cada ocho o diez segundos) sobre las vastas y ventosas playas holandesas cercanas a Delft.


El papel activo de Lucy y la dimensión mística

Frente a la pasividad de las heroínas en el cine de terror tradicional, el personaje de Lucy Harker —interpretado con una belleza etérea y magnética por Isabelle Adjani— adquiere un peso dramático fundamental. Lucy no es solo una víctima propiciatoria; es la única que comprende la verdadera dimensión del mal y decide inmolarse conscientemente.

En una sutil variación respecto a la historia original, su sacrificio no busca meramente proteger el orden burgués, sino otorgar al conde el descanso eterno que tanto anhela, en una mezcla de compasión y amor fatal. Esta atmósfera de fábula trágica se ve impulsada por la hipnótica banda sonora del grupo de krautrock Popol Vuh, combinada con pasajes wagnerianos y fragmentos corales religiosos como el Sanctus de Gounod.


Curiosidades de un rodaje irrepetible

  • Localizaciones y rechazo: Como la ciudad alemana de Lübeck estaba destruida tras la Segunda Guerra Mundial, Herzog trasladó el rodaje urbano a Delft (Holanda), cuya apacible belleza contrastaba de forma turbadora con la peste.

  • El ejército de ratas: La producción compró cerca de 11.000 ratas a un laboratorio; como originalmente eran de pelaje blanco, el equipo tuvo que teñirlas manualmente para que parecieran roedores portadores de la peste.

  • El detalle de Roland Topor: La película contó con la participación del célebre dibujante y escritor francés Roland Topor interpretando a Renfield, aportando un matiz grotesco y extravagante a la pesadilla urbana.


Epílogo: El destino final y la ausencia de cementerio de Kinski

La intensidad volcánica que Klaus Kinski imprimió a su carrera y a su caracterización de Nosferatu contrastó radicalmente con su despedida del mundo terrenal. Tras su fallecimiento el 23 de noviembre de 1991 en Lagunitas (California) a causa de un infarto, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas terminaron siendo esparcidas sobre el océano Pacífico. De este modo, al igual que el conde de su obra maestra que se disipa con los primeros rayos del alba o cabalga hacia la nada, Kinski no posee una tumba física o un cementerio tradicional que sus seguidores puedan visitar, dejando únicamente su huella inmortal en el celuloide.


Recepción en España: Entre la obra maestra y la perplejidad

Cuando Nosferatu, vampiro de la noche se estrenó en España en la primavera de 1979, la crítica cultural se dividió profundamente. Por un lado, firmas como Jorge de Cominges o Fernando Lara la encumbraron rápidamente como una obra maestra de atmósfera cautivadora, elogiando su riesgo formal, la belleza de la fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein y el rechazo de los efectismos baratos.

Por otro lado, sectores más escépticos —como Octavi Martí en El País— la juzgaron como un ejercicio de erudición fría y nostálgica que, debido a su pausado ritmo contemplativo, provocaba la perplejidad e incluso risas involuntarias en un público moderno ya saturado de terror comercial. Asimismo, varios cronistas lamentaron que el doblaje al castellano restara fuerza y matices a las interpretaciones originales.

Con el paso de las décadas, el tiempo ha colocado a esta joya de Herzog en el lugar que le corresponde: un ejercicio de alta poesía cinematográfica donde el terror cede el testigo a la melancolía, demostrando que el cine de autor europeo también puede habitar los dominios de la pesadilla.

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