Nosferatu, vampiro de la noche (1979): La cumbre neorromántica de Werner Herzog y Klaus Kinski
Cuando en la primavera de 1979 los cines españoles —como el Montecarlo y el Calderón en Barcelona o el Proyecciones y Torre de Madrid en la capital— abrieron sus puertas para proyectar Nosferatu: Fantasma de la noche (Nosferatu: Phantom der Nacht), el público y la crítica se enfrentaron a algo muy distinto al terror comercial de usar y tirar
Un homenaje a Murnau y una revisión de Stoker
A diferencia del filme original de 1922 —que cambió los nombres de los personajes de la novela de Bram Stoker (Drácula) debido a problemas legales con los derechos de autor
El propio Herzog defendía este puente cultural como una necesidad de enlazar con las raíces del romanticismo alemán (de Hölderlin a Kleist y Büchner) y superar el vacío cultural y la sombra histórica dejados por el nazismo
El conde Drácula de Klaus Kinski: Entre el horror y la piedad
Uno de los mayores atractivos de la película es, sin duda, la monumental y terrorífica caracterización de Klaus Kinski como el conde. Sometido a más de cuatro horas diarias de un complejo proceso de maquillaje, Kinski replicó la icónica silueta creada por Max Schreck: cabeza completamente rapada, orejas puntiagudas de murciélago, uñas larguísimas y colmillos centrales
Sin embargo, el gran acierto del director y del actor fue humanizar al monstruo
Profundización en los Aspectos Técnicos
Desde el punto de vista técnico y de puesta en escena, la película destaca por decisiones de producción sumamente rigurosas y artesanales:
Fotografía y color: Bajo la dirección de fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein
, la cinta huye del blanco y negro puro para apostar por una atmósfera de tonos fríos y desaturados, empleando con frecuencia la luz de la "hora mágica" para subrayar el sublime romántico de los paisajes naturales . El doble rodaje simultáneo: Para garantizar una óptima distribución internacional, Herzog obligó al reparto a interpretar cada escena dos veces de forma consecutiva: una versión en alemán y otra íntegramente en inglés, cuidando que los matices emocionales se mantuvieran idénticos en ambos idiomas.
Efectos prácticos y rodaje de cielos: Para lograr la atmósfera opresiva y de pesadilla estática, el equipo filmó las nubes de forma independiente fotograma a fotograma (capturando un fotograma cada ocho o diez segundos) sobre las vastas y ventosas playas holandesas cercanas a Delft
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El papel activo de Lucy y la dimensión mística
Frente a la pasividad de las heroínas en el cine de terror tradicional, el personaje de Lucy Harker —interpretado con una belleza etérea y magnética por Isabelle Adjani— adquiere un peso dramático fundamental
En una sutil variación respecto a la historia original, su sacrificio no busca meramente proteger el orden burgués, sino otorgar al conde el descanso eterno que tanto anhela, en una mezcla de compasión y amor fatal
Curiosidades de un rodaje irrepetible
Localizaciones y rechazo: Como la ciudad alemana de Lübeck estaba destruida tras la Segunda Guerra Mundial, Herzog trasladó el rodaje urbano a Delft (Holanda), cuya apacible belleza contrastaba de forma turbadora con la peste
. El ejército de ratas: La producción compró cerca de 11.000 ratas a un laboratorio; como originalmente eran de pelaje blanco, el equipo tuvo que teñirlas manualmente para que parecieran roedores portadores de la peste
. El detalle de Roland Topor: La película contó con la participación del célebre dibujante y escritor francés Roland Topor interpretando a Renfield, aportando un matiz grotesco y extravagante a la pesadilla urbana
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Epílogo: El destino final y la ausencia de cementerio de Kinski
La intensidad volcánica que Klaus Kinski imprimió a su carrera y a su caracterización de Nosferatu contrastó radicalmente con su despedida del mundo terrenal. Tras su fallecimiento el 23 de noviembre de 1991 en Lagunitas (California) a causa de un infarto, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas terminaron siendo esparcidas sobre el océano Pacífico. De este modo, al igual que el conde de su obra maestra que se disipa con los primeros rayos del alba o cabalga hacia la nada, Kinski no posee una tumba física o un cementerio tradicional que sus seguidores puedan visitar, dejando únicamente su huella inmortal en el celuloide.
Recepción en España: Entre la obra maestra y la perplejidad
Cuando Nosferatu, vampiro de la noche se estrenó en España en la primavera de 1979
Por otro lado, sectores más escépticos —como Octavi Martí en El País— la juzgaron como un ejercicio de erudición fría y nostálgica que, debido a su pausado ritmo contemplativo, provocaba la perplejidad e incluso risas involuntarias en un público moderno ya saturado de terror comercial
Con el paso de las décadas, el tiempo ha colocado a esta joya de Herzog en el lugar que le corresponde: un ejercicio de alta poesía cinematográfica donde el terror cede el testigo a la melancolía, demostrando que el cine de autor europeo también puede habitar los dominios de la pesadilla.

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