Un blog para la cinefilia que se queda hasta el final de los créditos.
06/05/2021
El flashback de José Luis Garci con TVE
29/04/2021
La tierra de la gran promesa (1975). La Revolución industrial de Andrzej Wajda
Para quienes estudiamos la Revolución Industrial en el extinto COU, la Historia tuvo una cita ineludible en el Cine Verdi de Barcelona. Mientras muchos compañeros se distraían por no haber sido formados en el "séptimo arte", otros quedamos marcados por la reposición de La tierra de la gran promesa (1975). Esta obra de Andrzej Wajda demuestra que, aunque su cine trate temas locales de Polonia —su historia, política e identidad—, su lenguaje es universal.
El contexto de una obra maestra
Wajda ya había deslumbrado con su trilogía de la guerra (Generación, Kanal y la icónica Cenizas y diamantes), pero con esta adaptación de la novela de Wladyslaw Stanislaw Reymont (Premio Nobel por Los campesinos), alcanzó una nueva cima. Aunque compitió en un año difícil para los Oscars contra Dersu Uzala, su impacto es innegable.
Los tres protagonistas y la ambición sin límites
La película se sitúa en la ciudad de Lodz, donde tres jóvenes de distintos credos se unen para fundar una fábrica textil:
Karol Borowiecki: Un noble católico que rompe con su origen rural y se muestra inhumano. No le conmueve que un obrero pierda la mano triturada por una máquina; solo le preocupa que la sangre estropee los trozos de tela.
Moryc Welt: Un judío cuya interpretación magistral incluye momentos discutibles, como cuando ofrece una sonrisa socarrona a cámara tras una discusión con un banquero.
Maks Baum: Un alemán luterano cuya vida es monótona, marcado por un padre hostil a la modernización que conduce su fábrica a la bancarrota.
Una estética de terror industrial
Wajda utiliza un ritmo trepidante y una atmósfera que roza el cine de suspense y terror. Los contrapicados gigantescos y la cámara nerviosa subrayan el contraste entre la miseria y la riqueza. Al inicio, la nobleza rezando ante los cambios evoca la famosa frase de El Gatopardo: "Para que todo quede como está, es preciso que cambie todo".
Escenas imborrables y crudeza visual
Cinismo empresarial: Personajes como Bucholz y Kessler arrastran a las obreras a orgías y muestran una violencia inhumana (escenas "gore" que, curiosamente, atraían a los alumnos que se aburrían con el resto del filme).
El pánico en el teatro: Un palco convertido en centro de noticias mercantiles donde vemos incluso un suicidio.
El funeral de Bucholz: Moryc sentencia con ironía negra que necesita ganar dinero para "no tener ese entierro", mientras los asistentes comentan el precio del algodón junto al féretro.
Incendios y seguros: El recurso de los empresarios de incendiar sus fábricas para cobrar el seguro queda retratado con la imagen de obreros huyendo como antorchas andantes.
El Xanadú de Lodz: Un potentado exhibe su palacio lleno de tesoros extranjeros (al estilo Welles), pero confiesa que prefiere vivir en su casa humilde.
El legado y el esfuerzo de Wajda
Con la bellísima banda sonora de Wojciech Killar, la película cierra con un epílogo debatible sobre el sistema capitalista y sus leyes salvajes. El propio Wajda comparó el agotador rodaje con la ambición de sus personajes: un esfuerzo brusco para imponer un ritmo y dar forma a la obra en poco tiempo.
Gracias a este filme, en España pudimos disfrutar de obras posteriores como El hombre de mármol, Danton, Katyn o su testamento fílmico, Afterimage (2016). Es nuestro derecho seguir reivindicando el acceso a su filmografía completa, incluyendo joyas hoy difíciles de encontrar como Lady Macbeth en Siberia o Paisajes para después de una batalla.
Fuentes y Referencias:
Reymont, W. S. (1897). La tierra de la gran promesa.
22/04/2021
Fahrenheit 451, el punto de inflexión de Truffaut
Fahrenheit 451, el punto de inflexión de Truffaut
Un recuerdo cinéfilo en la semana del libro
En una retrospectiva dedicada al cineasta François Truffaut en la Filmoteca de Cataluña, se organizó una mesa redonda, de aquellas que duraban dos horas y que todo cinéfilo gozaba sin mirar el reloj. Hablo de ya hace algunos años, imagínense que era aún en el desaparecido Cine Aquitania de Barcelona. Me ha venido a la mente esta, pues al tratarse de la semana del día del libro, pensé que era buena idea elaborar un post de Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury que el cineasta francés adaptó y que significó un punto de inflexión en su carrera: por primera vez usaba el color, rodaba en inglés y trabajaba para una “major” como la Universal.
Una película que descolocó a parte de la crítica
En aquella mesa redonda, cuando llegaba el momento de opinar sobre esta, uno de los componentes dijo que era un filme “que en su momento nos descolocó”, ya que se imaginaban que seguiría los cánones de la Nouvelle Vague. Creo que es injusto que se diga que Truffaut la traicionó y que quiso apuntarse a lo comercial. El director francés supo analizar los tiempos y, sobre todo, respetar al público, que es quien paga y ve. Su cine siguió siendo notable, llegaba a todo tipo de públicos, algo que en Godard, por ejemplo, no sucedía ni sucede.
Los dos rivalizaban en esas fechas con una película de ciencia ficción: Godard con Alphaville y él con esta. El primero elaboró una película compleja, con un reparto atractivo, ahí teníamos al olvidado Eddie Constantine y a la recordada Anna Karina, pero poco se habla de ella por su pretenciosidad y por confundir al respetable con una sucesión de ideas caótica, apta únicamente para sus seguidores.
Truffaut, Bradbury y el respeto a la esencia
Truffaut, en cambio, optó por la novela mencionada y le salió una película que, aunque dividió a la crítica, uno la entiende y capta sin necesidad de recurrir a lo críptico. Bien es cierto que la novela es excelente. Bradbury también sabía conjugar los estilos, nos mostraba ese mundo futurista en el que los bomberos salen a quemar libros y, aparte de entretener, hallábamos más de una coincidencia con la nuestra contemporánea.
Como todo libro que es llevado a la pantalla grande, tendremos el típico comentario de que no acaba de reflejar la novela, ya saben: que esta es mejor que la película, que si le ha quitado un capítulo, que dónde está tal personaje, etc. Esto más de una vez lo he comentado, por lo que me ahorraré dedicar varios párrafos a lo que es el lenguaje literario y el cinematográfico, aunque sí quiero aclarar, antes de continuar, que Truffaut capta muy bien la esencia del mensaje de Bradbury, y eso es en definitiva lo que importa cuando un libro es llevado al cine.
Las contradicciones de Bradbury
El propio escritor, en una entrevista en 1988 de Sophie Darmaillacq para Libération publicada en La Vanguardia, decía sobre el filme: “Está muy logrado. En particular, el final es uno de los más bellos de la historia del cine, y eso es de Truffaut, no es mío”.
Sin embargo, años más tarde y al querer Mel Gibson llevar la novela de nuevo al cine, Bradbury escribió un guion de esta, y decía lo siguiente: “La película de Truffaut dejó fuera cantidad de cosas que estaban en mi novela, y que yo ahora volveré a introducir, así que esta versión será mejor. Truffaut era perezoso, torpe y arrogante, tenía ese defecto de los franceses que se creen que lo saben todo, y se pasan el día diciendo “yo lo sé”. Lo cual, por cierto, hace de mí una persona muy francesa” (La Vanguardia, 18-06-96).
Por cierto, Gibson al final la rechazó, el papel parece que iba para Tom Cruise; en 2018 se rodó una que no he visto, pero veo que en el guion no interviene Bradbury y los comentarios no son muy buenos. Lo cierto es que Bradbury no paró de contradecirse, algo normal cuando un escritor ve su obra en manos de otro.
En el estreno de 1966 le envió a Truffaut el siguiente telegrama alabando su película: “Qué raro es para un escritor entrar a una sala de cine y ver su propia novela fiel y excitantemente contada en la pantalla. Usted me ha devuelto el regalo de mi propio libro traducido a un nuevo medio conservando el alma del original. Estoy profundamente agradecido”.
El director francés le respondió muy humildemente: “Debo decirle con franqueza ahora que ha terminado nuestra larga y común aventura de Fahrenheit 451 que fue excitante, pero a menudo me sentí apabullado por el alcance del proyecto. Quizá fui muy ambicioso y temí que mi esfuerzo y talento no fueran iguales a los de su trabajo”.
Un rodaje difícil y el conflicto con Oskar Werner
Ciertamente, Truffaut no lo pasó nada bien durante el rodaje. Tener que rodar fuera de Francia y en inglés, idioma que no sabía, le provocó problemas. Pero lo peor fue el comportamiento del actor Oskar Werner. Según explica el director, fue el único actor a lo largo de su carrera con el que discutió; en más de un plano tuvo que utilizar a un doble ya que no aceptaba según qué situaciones, y para colmo se cortó el pelo expresamente para que se notara al final de la película un error de continuidad.
Ignoro si con los años harían las paces; lo cierto es que, si se fijan, en La habitación verde está en una de las fotos de sus muertos queridos, aunque Werner falleció en 1984.
Una novela y una película para despertar lectores
La película es excelente, así como la novela. Es de aquellas que van muy bien para que, en edad adolescente, uno empiece a aficionarse por los libros y meditar. Cuando estudiaba en el instituto, cada uno traía una novela y se iban intercambiando; yo opté por esta y tuvo bastante éxito entre mis compañeros, recuerdo que en la portada estaba Cyril Cusack, que hace de capitán Beatty.
Por aquella época, la película apenas se pasaba por televisión; he buscado y he encontrado solo un pase en TVE en 1974. Estaba editada en VHS y recuerdo que la compré con bastante ilusión en un videoclub que estaba en la calle Vergara de Barcelona, ya desaparecido. Luego apareció el DVD con un material extra sin subtitular; no es que sea una gran copia, pero respeta el formato y es mucho mejor que el Blu-ray —copia que pasan las plataformas—, con un abuso de haber limpiado excesivamente la imagen de grano.
Ya, al empezar, opta por unos créditos originales en los que no hay nada escrito, como referencia a ese mundo sin lectura.
Una distopía que no ha envejecido mal
Algún que otro crítico señala que la película ha envejecido mal. No estoy muy de acuerdo, incluso me atrevería a decir que ha pasado lo contrario. Sin ir más lejos, las televisiones que salen son idénticas a las actuales; la obsesión por un mundo que solo ve la “caja tonta” y programas de nula calidad está muy presente en este mundo actual.
La única pega, pero ya no es asunto del director, es que Bradbury no pensó que habría internet. Más de uno dirá que no salen las redes sociales; sin embargo, esas interacciones con esos programas, las charlas superfluas entre amigas, el aceptar como verdad lo que es falso sin ni siquiera comprobarlo, no deja de tener la misma raíz.
Julie Christie y el juego de las miradas
Truffaut jugó inteligentemente con Julie Christie al darle dos papeles: por una parte, la mujer del protagonista y, por otra, la profesora de la que Montag se enamora. Precisamente, es muy inteligente ese uso de las miradas por las que el bombero empezará a sentir atracción hacia ese mundo prohibido de las lecturas.
Hay un momento en el que a Montag le dicen que lo van a ascender; cuando va a ver a su mujer, esta ni siquiera lo mira, solo está pendiente de esa pantalla de televisión, incluso después le dice que con el dinero comprará otra. Con la maestra pasa todo lo contrario: empiezan a hablar y sí se miran; una pregunta de ella sobre si ha tenido la tentación de leer uno de los libros quemados es lo que le lleva a empezar la curiosidad.
Bernard Herrmann y la huella de Hitchcock
Truffaut contrató para la película a Bernard Herrmann, el músico habitual de Hitchcock en los 50 y 60. Pasaba por un mal momento, ya que habían roto su relación tras rechazar el mago del suspense su partitura para Cortina rasgada. Esto no pasó por alto para el director francés, que, como sabrán ya, era un devoto de sus películas y por eso tenemos ese magnífico libro de entrevistas que todo cinéfilo tiene en su estantería.
Su partitura, bellísima, le da un toque de gran lirismo y suspense. Hay momentos en que uno piensa que es de Hitchcock, ya que evoca sus constantes. Por otra parte, si se fijan, en anteriores películas de él ya había ese toque de suspense; el montaje de escenas y el ritmo de La piel suave, que a pesar de no ser de ese género lo parecía.
La quema de libros: belleza y estremecimiento
Momentos cumbre son la quema de libros. El departamento legal de la Universal le dijo que no utilizara ediciones verdaderas por posibles demandas; Truffaut no hizo caso, por suerte. Ver cómo se van quemando esos títulos provoca una de las sensaciones más extrañas que un espectador pueda tener: por una parte, está rodado con una belleza absoluta y, por otra, te pone la gallina de piel, como diría Johan Cruyff, al ver cómo van desapareciendo.
Por cierto, el primer libro que se ve escondido en una lámpara es El Quijote.
La carencia como tema truffautiano
Muy recomendable este Fahrenheit 451, donde Truffaut también trata el tema de la carencia. En Los 400 golpes, Doinel crecía sin cariño; en El pequeño salvaje, el niño carecía de lenguaje; aquí carecemos de libros y de cultura, y si siguen con su filmografía verán que el tema aumenta.
Qué mejor idea que recurrir a su cine para no carecer tampoco nosotros de lectura y, de paso, amar más la literatura. Nunca se sabe si en un futuro también seremos hombres-libro.
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El Rey de reyes (1961) de Nicholas Ray
Rey de reyes de Nicholas Ray: un Jesús insólito y profundamente humano
Tiempo de Semana Santa, y excusa perfecta para revisar algún que otro título de los llamados péplums bíblicos, entre ellos los dedicados a la vida de Jesús, películas que, por otra parte, resultan interesantes en cualquier época del año. De todas ellas, hay una que cada vez gana más en mi estima: Rey de reyes, de Nicholas Ray.
A veces tengo la sensación de quedarme solo en esta elección. La crítica suele acoger con pasión la versión de Pasolini y acostumbra a subvalorar las demás. Tampoco parece entusiasmar demasiado a ciertos sectores de la Iglesia católica. Para Mn. Peio Sánchez, responsable del Departamento de Cine del Arzobispado de Barcelona, la película de Ray resulta limitada, y peor todavía es la valoración que hace de La historia más grande jamás contada, de George Stevens, a la que califica de mala en su análisis sobre Jesucristo en el cine.
De John Ford a Nicholas Ray: un proyecto cambiante
En un principio, la superproducción de Samuel Bronston estuvo pensada ni más ni menos que para John Ford. Después pasó a John Farrow, que pensaba titularla La espada y la cruz y planeaba utilizar únicamente palabras procedentes de la Biblia. Aquel guion resultó imposible de filmar y no se supo más del proyecto en esa forma.
Finalmente fue a parar a Nicholas Ray, que, al contrario que los directores mencionados, no profesaba al menos abiertamente una religión, aunque sí se sabe que su padre había pasado del catolicismo al luteranismo.
Jeffrey Hunter y la ruptura de un tabú
Ray barajó varios actores para el papel de Cristo. Keith Michell parecía una de las primeras opciones, pero, al no convencer a los productores, se pensó también en Christopher Plummer, Peter Cushing o incluso Max von Sydow, que años después lo encarnaría en la película de George Stevens.
Por consejo de John Ford, el elegido fue finalmente Jeffrey Hunter, que ya había trabajado con Ray en La verdadera historia de Jesse James. El actor tenía unos profundos ojos azules, y esa mirada era precisamente la que el director quería explotar en los primeros planos.
Conviene recordar que, salvo algunas excepciones —como la película muda de Cecil B. DeMille con idéntico título—, a Jesús no se le mostraba el rostro en el cine. Se pensaba que podía resultar ofensivo y perjudicar la acogida del filme. Por ejemplo, en Ben-Hur aparece de espaldas, mostrando solo la mano o visto de lejos, sin que lleguemos a contemplar su cara.
Aquí ese tabú se rompe, y naturalmente hubo reacciones en contra. Algunos consideraban que Hunter tenía un rostro demasiado joven. Incluso, en tono irónico, la película llegó a ser conocida como “Yo fui un Jesús adolescente”. Sin embargo, esas objeciones olvidaban algo esencial: Hunter tenía 33 años cuando comenzó a interpretarlo, exactamente la edad tradicionalmente atribuida a Cristo en el momento de la crucifixión. La polémica, por tanto, resultaba bastante estéril.
Además, Hunter se tomó el papel con enorme seriedad. Evitó toda exposición de su vida privada durante el rodaje, llevó una nariz postiza de masilla y se afeitó el pecho para adecuarse mejor al personaje.
Un Cristo rebelde entre la contemplación y la acción
Bronston no quería ninguna polémica que pudiera perjudicar la reputación del filme y llevó el guion nada menos que al papa Juan XXIII, quien lo aprobó. También quiso evitar conflictos con la comunidad judía, de modo que se eliminaron aquellas alusiones que pudieran presentar a los judíos como los grandes culpables de la historia, algo que, por cierto, la censura española echó de menos en sus informes.
Ray decía que no quería hacer una epopeya, sino una crónica que diera la impresión de ser contemplada por primera vez. Su intención era presentar a Cristo también como un rebelde, en clara consonancia con otros personajes de su filmografía, y relacionarlo con preocupaciones muy contemporáneas: el conflicto entre contemplación y acción, el inconformismo, la libertad y la violencia.
La tarea no era fácil, pero para ello contó con un guion hábil de Philip Yordan, que jugaba con la comparación entre Jesús y Barrabás: el primero como defensor de la paz; el segundo, como partidario de la violencia contra la opresión. También se introducía la idea de que Judas no lo traiciona por dinero, sino por intentar provocar una reacción que empuje a Jesús hacia una respuesta violenta.
Un guion supervisado entre Hollywood y la tradición católica
Ray Bradbury escribió la narración, y Diego Fabbri, secretario del Centro Católico Cinematográfico, supervisó los textos en relación con las Sagradas Escrituras. Fabbri gozaba de gran prestigio y acababa de colaborar con Rossellini en El general de la Rovere. La adaptación de la versión española corrió a cargo de Enrique Llovet, que seguiría colaborando con Bronston.
Carmen Sevilla y el esplendor del reparto español
Muchos recuerdan la película por la presencia de Carmen Sevilla como María Magdalena. Su relación con Nicholas Ray, según se cuenta, fue excelente. Se aprendió de memoria los diálogos en inglés y su voz no fue doblada en la versión original: ella misma viajó a Hollywood para doblarse. Curiosamente, en la versión española sería María Luisa Solá quien le prestara la voz. Su interpretación no pasó desapercibida, y la revista francesa Cinémonde le dedicó una portada.
En el reparto encontramos además a numerosos actores españoles: Conrado San Martín, Gerard Tichy, Antonio Mayans, José Nieto, Rubén Rojo, Félix de Pomés, Luis Prendes, Rafael Luis Calvo, Fernando Sancho o Paco Morán. También pueden verse, si uno se fija bien, a Frank Braña, Cris Huerta e incluso al mismísimo Paul Naschy. Fernando Rey llegó a interpretar al personaje de Abdul, aunque su presencia fue finalmente eliminada en el montaje.
Siobhán McKenna, Robert Ryan y los rostros internacionales
Entre los nombres internacionales destacan Robert Ryan como Juan el Bautista, Harry Guardino como Barrabás y Rip Torn como Judas. Personalmente, siempre me ha llamado mucho la atención la actriz que interpreta a la Virgen María, Siobhán McKenna, una intérprete relativamente poco conocida para el gran público, pero que compone aquí una figura de enorme calidez humana y de profunda inquietud ante lo que está por suceder.
Creo que, de todas las actrices que han encarnado este papel, es una de las que mejor lo ha entendido, ya sea por el guion, por sus dotes interpretativas o por la dirección de Ray.
MGM, cambios de montaje y la huella de Ray
El presupuesto se fue disparando a medida que avanzaba el rodaje y Bronston necesitó nueva ayuda financiera. La MGM se interesó por la película, aunque exigió algunos cambios: más escenas de lucha, que no fueron dirigidas por Ray sino por Charles Walters, y el control del montaje final. Asimismo, se cambió el cartel, que recuerda bastante al de Ben-Hur.
Aun así, no puede decirse que en el resultado final no se perciba la mano de Ray. Escenas como el prólogo con la entrada de Pompeyo en Jerusalén, la muerte de Herodes, el sermón de la montaña, la última cena o la crucifixión llevan claramente su sello. También ese cromatismo tan característico de su obra, donde el rojo de los romanos contrasta con el blanco asociado a Cristo y su entorno.
El sermón de la montaña y la fuerza visual de la película
Volviendo al sermón de la montaña, el operador Manuel Berenguer ató cables entre los olivos para permitir el desplazamiento de las cámaras. Ese travelling se ha convertido ya en una de las secuencias más célebres de la historia del cine.
Los decorados corrieron a cargo del gran Enrique Alarcón, y resulta inolvidable, por ejemplo, el diseño de la mesa de la última cena. Entre los ayudantes de dirección figuraba José López Rodero, quien años más tarde dirigiría la secuencia de los monos en 2001: una odisea del espacio.
Los estudios Bronston, La Pedriza y el Jordán español
La película se rodó en los estudios que hasta hace poco fueron los Estudios Buñuel de Madrid, en la avenida de Burgos, hoy convertidos en pisos de lujo. En su momento fueron los estudios más grandes de Europa. Primero se llamaron Sevilla Films, luego Chamartín y más tarde Bronston, cuando el productor los compró para rodar allí sus grandes superproducciones.
Fue en ellos donde se construyó el Templo de Salomón y buena parte de los decorados que vemos en pantalla. Para los exteriores se utilizó la zona de La Pedriza, en las afueras de Madrid, y el río Alberche pasó a convertirse en el Jordán.
Miklós Rózsa y una película mejor de lo que se dijo
Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de la partitura del gran Miklós Rózsa, en la que destacan sobre todo los acentos místicos por encima de las marchas solemnes. Para más de un crítico se trata incluso de una de sus mejores obras.
Como decía al principio, la crítica no fue demasiado justa con la película. Bronston, que estaba preparando El Cid y había contratado a Mario Nascimbene para la música, acabó despidiéndolo y volvió a recurrir a Rózsa al comprobar que en muchas reseñas se repetía que lo mejor de Rey de reyes era precisamente la composición del maestro húngaro.
Una visión de Cristo que merece ser reivindicada
Rey de reyes no es solo una superproducción bíblica más, ni una simple película de Semana Santa para recuperar en estas fechas. Es una obra profundamente personal dentro de los márgenes del gran espectáculo, un intento serio de pensar a Cristo desde el cine, desde la sensibilidad moderna y desde las contradicciones del ser humano.
Quizá por eso sigue resultando tan valiosa. Porque detrás de sus decorados monumentales, de su música majestuosa y de su imponente reparto, late una mirada singular: la de Nicholas Ray, un director capaz de encontrar incluso en la figura de Jesús a uno de sus grandes personajes heridos, libres e incómodos.
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