Repasando las últimas películas subidas en la plataforma Filmin
encuentro esta muy interesante película de Costa Gavras de 1970 L´aveu (La
confesión) que conviene revisar con Yves Montand y Simone Signoret, también editada en DVD hace unos años y en Blu-Ray. Con guion
de Jorge Semprún se basa en el libro homónimo de Artur London que narra las
purgas de Stalin de las que fueron víctimas los disidentes del Partido
Comunista checoslovaco, entre ellos él mismo en el Proceso de Praga de 1952.
Tanto el director como el guionista habían realizado antes Z
(también en Filmin) que exponía las prácticas criminales de unas facciones
políticas de carácter ultraderechista y rodado como consecuencia de la toma del
poder por los coroneles en Grecia ya que Costa Gavras es de padre ruso y madre
griega nacido en Lutra-Iraias (Atenas) el año 1933. Este primer film de él fue censurado en
España por su temática, no así La confesión, aunque tardó unos años en estrenarse. Como suele pasar en películas
políticas cada uno la ve según le conviene, la derecha la vio con buenos ojos y
el Partido Comunista de Francia condenó la película ya que si bien defendía el
libro de London porque exponía una crítica estalinista, pero no al comunismo, no
se podía decir lo mismo del filme de Gavras.
Arthur London que a los 14 años había ingresado en las Juventudes Comunistas y que llegó a
luchar con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española, a ser
miembro de la Resistencia francesa y deportado al campo de concentración de
Mauthausen, fue ministro de Asuntos
Exteriores en la Checoslovaquia estaliniana, perseguido y detenido por la
policía secreta, se registró de arriba a abajo su casa y a su mujer se le envió
a trabajar en una fábrica. Sometido a incesantes interrogatorios en los que se
pretendía que confesara su traición al régimen comunista, los resistió y llegó
así hasta el periodo llamado de desestalinización. Él y su esposa marcharon a
Londres en 1963 donde escribió el libro que pronto adquirió popularidad
Gavras, Semprún y Montand (Fuente: Archivo de TVE)
Costa Gavras, exiliado griego, Yves Montand inmigrado
italiano, y Jorge Semprún exiliado español formaron un tándem valiente que tuvo
en esa Francia setentera su fábrica de creación, Semprún que fue también
expulsado del Partido Comunista declaraba que el guion de La confesión más que creativo
era político. 20 años más tarde llegó a Moscú la película, ellos tres acudieron
por iniciativa del semanario internacional "Novedades de Moscú", publicación
impulsora de la Perestroika, el título que le pusieron en vez de La confesión
fue el de El reconocimiento. Se dio la circunstancia que veinte personas
abandonaron la sala, Montand ironizó diciendo que tenían que coger el metro, y
diciendo que hemos hecho "gorvachesimo" antes de Gorvachov, “hay que rechazar a
toda costa la intolerancia y respetar a todos los que no comparten nuestras opiniones”
sentenciaba. Semprún declaró que el paso a la dictadura se produjo después de
que Trotsky y Lenin disolvieran la asamblea constituyente en 1918. “Hoy espero
que se reconstruyan estas asambleas y que ninguna fuerza militar venga a
disolverlas”
La confesión tiene todo ese aroma del cine policiaco francés,
a pesar de su larga duración y un desarrollo algo caótico, se sigue con interés
y revisándolo uno echa en falta este tipo de directores como Costa Gavras que
sabía que le caerían críticas desde todos los lados, pero que no le importaba ya
que anteponía ante todo su libertad de expresión y el ser políticamente
incorrecto.
Hoy hablaremos un poco de televisión y es que buscando en
Filmin he encontrado una curiosa película dirigida por Danny DeVito que lleva por título El juego de las audiencias, aunque también se distribuyó como El
magnate. No es una buena película, su débil guion escrito por los televisivos
Jim Mulholland y Michael Barrie opta por un humor plano sin tampoco querer profundizar,
aunque su premisa argumental da para mucho juego, aquí De Vito es Vic una
persona mediocre que sueña con triunfar en la pequeña pantalla con sus malas
series, pero se le exige que si no tiene más espectadores que los Mundiales se
le retirará su producto. Para lograr el éxito se le ocurre un extravagante plan para
alterar las audiencias…
En 1984 que es cuando se estrena directamente en la pequeña
pantalla este film, en España no teníamos ni idea de cómo funcionaba todo esto,
apenas teníamos dos canales, la Primera y la UHF, una incipiente TV3 en Cataluña
y poco a poco iban saliendo las otras autonómicas, como ya sabrán hubo que
esperar hasta 1990 para las privadas. Hablar de “share” o “prime time” sonaba a
extraño. Las audiencias funcionan gracias a unos audímetros instalados
aleatoriamente, nunca he visto ni conozco a nadie que los tenga, pero se deduce
que existen y así cada día los productores de las tantas cadenas se desayunan
con ellos y hacen y deshacen
La película, a pesar de que es bastante superficial, es de
los pocos intentos que ha habido de tratar el tema, que 1500 familias que nadie
sabe quién las ha elegido representen a toda la población o que una familia equivalga
a 100.000 espectadores da pie a que no sean muy creíbles los datos, de todas maneras
nuestro país tan aficionado a las encuestas políticas no le debería costar
mucho trabajo entenderlo, pues es algo parecido y con los mismos interrogantes.
Una cosa sí parece clara, tanto la televisión como nuestros políticos son cada
vez peores…
Entre las escenas más divertidas del filme encontramos que
cuando ciertas familias que tienen el audímetro son invitadas a un crucero sin televisión
deciden que pueden divertirse hablando entre ellas, pero el tema que sacan, después
de un buen rato de silencio, es del capítulo de la entonces popular serie
Dinastía.
DeVito ya conocía el medio gracias a su trabajo en la serie Taxi, su
papel lo sabe explotar y cuenta con un muy buen reparto, lástima que el humor
negro que caracterizaría a títulos posteriores suyos como Tira a mamá del tren
o La guerra de los Rose lo echemos en falta.
Y ya que hablamos de televisión, permítanme recordar que hoy
vuelve José Luis Garci con Classics, aunque la TRECE nos seguirá disgustando
con la manera poco respetuosa de insertar la publicidad. Veremos si lo que dicten las audiencias permiten que los viernes acudamos a su cita...
Como sabe
más de uno, el hecho de desplazarme a Granada me comporta dificultades para
ver algunos estrenos, uno de ellos era el documental que Giuseppe Tornatore
estrenó el pasado mayo sobre el compositor Ennio Morricone. Por suerte, el cine
Madrigal ha brindado la oportunidad esta última semana de poder visionarlo, así que fui el pasado
martes y las expectativas positivas que tenía se cumplieron.
Antes de
proseguir, permítanme que les hable de este cine que hasta el pasado agosto aun
proyectaba las películas en 35 milímetros, algo que mantenía desde su
inauguración en 1960, ver Ennio, el maestro aquí tenía incluso un
encanto especial, entre lo nostálgico y lo reivindicativo, recordar cuando la
mayoría de grandes películas tenían una banda sonora que con los años perdura
en nuestra mente y por otra parte, lamentar los cánones actuales de que la música ha de pasar inadvertida.
Quizá Ennio
Morricone fue el músico que más se alejaría de esta nueva concepción, sus
partituras tenían un gran protagonismo, aunque la mayoría de los directores la
supieron acoplar perfectamente en los fotogramas, algo que por cierto no sucede
en la actualidad con los sonidos mediocres que nos acompañan en más de una ocasión. El cine como séptimo arte se caracterizaba por ser la suma de todo: literatura, pintura, música...Pero parece que ahora ha de ser la resta de todos sus ingredientes, algo que lleva a su desaparición y a verlo únicamente para pasar el rato.
Tornatore ha
vuelto a abrir el baúl de la nostalgia, con el músico romano formó un buen
binomio, incluso Morricone llegó a declarar que era el único director que le
podía hacer salir del retiro. El documental
es largo, pero no pesado, se va hacia las dos horas y media, un Morricone más cercano
de lo habitual se llega a emocionar en algún momento, se intercalan opiniones
de Clint Eastwood, Bruce Springsteen, Quentin Tarantino, Roland Joffé o Hans
Zimmer, entre otros. Más de una curiosidad asoma como cuando no pudo componer
la música de La Biblia de John Huston porque a él no le gustaba y por un
contrato de exclusividad con la RCA, que Pasolini dejase de utilizar a Bach
para acabar rendido a él, su concepción del ajedrez, su decepción al no
conseguir el Oscar por La Misión…
Al acabar el
documental, uno retrocede en el tiempo y vuelve a tararear en su cabeza algún
que otro tema, algo que me lleva a recordar cuando en su momento buscaba los CDs
de más de una banda sonora, es verdad que ahora en YouTube podemos encontrar la
mayoría dando un clic, incluso escucharlas rematadamente mal en un móvil, sin
ya molestarnos mucho de si es la manera correcta. Es como cuando
alguien te dice que ha visto una película de John Ford mientras iba en el AVE…La verdad es que muchos cinéfilos nos hemos vuelto muy mediocres y
lo peor es que en más de una ocasión estamos como obligados en contra
de nuestra voluntad.
Cuenta el
gerente del Cine Madrigal, Juan Torres-Molina, que se vio obligado a tener que
apearse de los 35mm., a las distribuidoras les costaba 2000 € hacerles una
copia, ahora solo 20, las cuentas no salían y más en unos años tan oscuros como
estos últimos con pandemias, la moda de las plataformas de streaming, etc. El 10
de agosto pasado los espectadores fueron invitados por él a la sala de máquinas
para que escuchasen por última vez el taca-taca.
La verdad es
que ha valido la pena ver este Ennio, el maestro con retraso, y no había
mejor cine que el Madrigal de Granada para verlo, una forma de despedirse con
dignidad de ese gran músico como fue Ennio Morricone y escuchar sus bandas
sonoras en una pantalla grande.
Con la
muerte de Jean Luc Godard se ha vuelto a recordar estos días la "Nouvelle Vague",
sus películas, sus ideas sobre el cine…Los hay que incluso han escrito en redes
que sin él definitivamente el cine ha muerto, otros en cambio han relativizado su
figura y han descargado iras no exentas también de razón, el séptimo arte no es
una ciencia, qué difícil es en este mundillo de los cinéfilos discrepar y más
los que lo tenían como el gurú, pero a la vez es positivo que podamos seguir
discutiendo, señal de que aun hay algo. A Billy Wilder en el libro de Cameron
Crowe le preguntan por él y no se corta, no le gusta y dice que detrás de él no
se escondía más que un diletante y A Bout de Souffle (que más de uno la
pronuncia con acento en la é como homenaje a Alfonso Sánchez) era su única
película buena, en cambio habla bien de Truffaut o Malle, aunque remarca que
aquella “Nouvelle Vague” tampoco era tan nueva porque había películas ya así, y
aunque en la entrevista no lo cita, podría estar pensando bien en su ópera
prima Curvas peligrosas de la que ya hablé en este blog.
Pero nos
guste o no Godard, es evidente que tiene su lugar y más que visionarlo, era mejor
leerlo, ahí había una persona culta, que sabía de cine y de su historia, que
iba a cineclubs, que lo mismo una semana decía una cosa para al cabo de cuatro
días decir la contraria, pero qué más daba, lo que se buscaba era la reflexión
y que ese celuloide, aparte de entretenernos la cabeza, nos la rompiera un poco.
Hace un tiempo, revisando algunos viejos “Cahiers de Cinéma” me indignaba ver
cómo la tropa de la "Nouvelle Vague" valoraba ciertas películas que las tengo
entre mis preferidas, sin embargo encontrar opiniones distantes me exigía que a
la hora de defenderlas, tuviera que emplear más argumentos.
A Godard,
por ejemplo, le encantaba el cine de Jerry Lewis, eso aun no lo han digerido
algunos, veía mucho más allá de un simple cómico y reivindicaba su faceta de
autor, más de una vez decía que era como un pintor elaborando un cuadro, y
gracias a su defensa, Lewis empezó a ser valorado por parte de la crítica. Pero
hay casos aun más notorios, la defensa de John Ford del que incluso el mismo
Truffaut no hablaba bien al principio, para luego rectificar, su admiración por Fritz Lang, etc. Daba gusto ver
las listas de sus películas favoritas, podría estar en desacuerdo con lo que no
le gustaba, pero en las primeras, seguro que no.
Y en cuanto
su cine, para nada está muerto, seguirá dando que hablar, lo cual no significa
que nos tenga que agradar o no. Recuerdo que Terenci Moix decía que el cine
francés era el más aburrido que había, pero bien nos divierte más de una tarde
cuando empezamos a preguntarnos qué quiso decir tal director o si queremos
desahogarnos atacando lo que creemos que no son más que pedanterías. Lo mismo
A Bout de Souffle era, como dijo él, un documental sobre Jean Paul Belmondo y
Jean Seberg y tampoco hay que darle más vueltas. Ojalá nuestros directores
actuales reflexionaran sobre el séptimo arte y lo sacaran de su profunda crisis,
falta hace…
Godard ha muerto, según se ha podido saber, por suicidio asistido
en Suiza donde es legal, se dice que lo pidió por agotamiento, pone la piel de
gallina pensar que una persona tan culta quiera bajar de este mundo porque ya
no le encuentra más. Un Godard muy pesimista iba diciendo en sus últimos
tiempos que el cine no había sabido cumplir sus deberes, empecemos por volver a
las salas y fomentar los coloquios, si la cinefilia sigue, el cine seguirá
vivo, y podremos decir, entre otras cosas, que Godard estaba sobrevalorado o fue un genio.
El pasado 1 de septiembre hubiese cumplido 100 años uno de los más grandes del cine y de la escena, hablo de Vittorio Gassman (1922-2000). Pocos lo han recordado debido a la carencia de visionado de cine europeo clásico. Los dos espacios estrella de las televisiones convencionales, tanto el "Días de Cine Clásico" como el "Classics" suelen emitir cine estadounidense, atrás quedan esos años donde era habitual la programación de películas italianas, las cuales funcionaban bien en un país como el nuestro con tantas similitudes.
Gassman tuvo una etapa en Hollywood que con el paso del tiempo ha quedado aun más extraña, su atractivo físico unido a un personaje que confeccionaba como nadie, combinación de diabólico, canalla y vividor en aquellos dramas como Ana o Arroz amargo hizo pensar a la Metro y ofrecerle un contrato del que nunca se sintió a gusto por la obsesión de querer convertirle únicamente en un "latín lover". Ello, unido a su matrimonio con Shelley Winters, le dio, no obstante, cierta popularidad que no acababa de tener ya que estaba relegado a papeles secundarios en su país.
Pero la mayoría de estos títulos no hay manera de verlos, a veces sí se ha podido ver Rapsodia de Charles Vidor, melodrama con piano y violín de por medio que interpretara con Liz Taylor o la extraña Mambo de Robert Rossen con Silvana Mangano. Entre estas. quizá la más popular fuese una italiana dirigida por un americano La mujer más guapa del mundo con Gina Lollobrigida y él de príncipe ruso dirigidos por Robert Z. Leonard, también aquí con mucha música, en este caso ópera, y un papel que a pesar de cogerlo con disgusto, le daba todo lo que podía.
Luego vendría el Guerra y Paz de Vidor y su papel de malo encarnando el personaje de Anatol Kuragin.
A su compleja personalidad solía presentársele una horrible depresión y necesitaba a menudo ser vitoreado para volver en sí, le hacía volver a su Italia, tras algún proyecto personal como dirigir la vida del actor Edmund Kean.
El éxito de Rufufú en 1958 sería clave para iniciar otra etapa en la que iría combinando grandes películas con otras más bien mediocres, pero que contando con él mejor sería buscar otro epíteto.
Y es que grandes fueron La gran guerra, La letra, El estafador, Fantasmas de Roma, La escapada, La marcha sobre Roma, El éxito, Monstruos de hoy, Un italiano en la Argentina... Y entre los directores, quizá entre Monicelli, Risi y Scola fueron los que más supieron sacar partido de un actor que decía
detestar el cine.
Precisamente Risi le diera su papel más recordado inaugurando otra etapa en Perfume de mujer y Scola con sus magníficas La terraza, La familia o La cena. Y de tanto en tanto seguía asomándose por el cine estadounidense, ya fuese para televisión o en algún que otro éxito como Sleepers.
Por otra parte, su perfecto dominio del castellano le llevó a elaborar ese mayordomo de El largo invierno de Jaime Camino o leyendo "El matador" de Alberti.
Es imposible resumir toda la carrera de Gassman en un post de un blog de internet, simplemente me he atrevido a dar unos trazos de su carrera cinematográfica, ya que en teatro tiene una y bien dilatada, aparte que era su verdadera pasión, también escribió y en definitiva un personaje que llevaba la cultura encima.
Como película y ya quedándome pocas líneas, recomendaré La Armada Brancaleone, que espero en otra ocasión hablar más de ella, de Mario Monnicelli de 1966, satírica comedia ambientada en la Edad Media, una época que por aquellas fechas estaba siendo llevada de distintas maneras, por una parte la visión filosófica bergmaniana, la romántica con mucho colorido e igualmente inolvidable del Hollywood clásico, pero que ya empezaba a decaer y desgastarse, tenemos una buena prueba en El señor de la guerra de Schafner que rompía con el tono familiar dado. Pero faltaba una comedia, y aunque el recordado crítico José Luis Guarner citaba Los cien caballeros, donde fue guionista, como la precursora de esta, nunca la he acabado de ver como una parodia, a pesar de ciertos toques.
La armada Brancaleone que hay que ver en versión original, fue prohibida en España y no llegó hasta mediados de los 80.
Y es que dejaba mal parados a todos, tenemos un retrato de una religión ficticia y fanática, el antijudaísmo, doncellas para nada puras y angelicales como nos las retrataban, caballeros nada dignos… El que interpreta Gassman fue el preferido de su carrera, más de un crítico lo ha comparado con Don Quijote, aunque no estoy muy de acuerdo, si bien es cierto que puede recordar en las formas, pero no en el fondo, también con el Simplicissimus de von Grimmeldhausen.
De lo que estoy seguro es que verán una gran actuación, se reirán y de paso a todos aquellos que no conozcan nada o poco de Gassman ni de Monicelli entrarles en la curiosidad de revisar las filmografías.
La pasada semana, ciertas declaraciones de Quentin Tarantino sobre
François Truffaut se convirtieron aquello que, en lenguaje pedante, llaman “virales”, como si no tuviéramos bastante ya de virus. La polémica estaba
servida y el contagio de hablar de ello se apoderó de este blog, así que pensé
que era un buen tema para empezar este septiembre.
En la parte positiva, como dirían antaño en los créditos del "Un, dos, tres" de Ibáñez Serrador, está la sinceridad del director de
Reservoir Dogs, la manía hacia el director francés no es nueva como se ha
recordado en más de un medio, ya en su novela de Érase una vez en Hollywood,
el personaje de Cliff Booth deja patente lo que el director sentía hacia su
filmografía:
“ Lo Intentó dos veces con Truffaut, pero no le llegó. No
porque las películas fueran aburridas (lo eran), pero esa no fue la única razón
por la que Cliff no entró. Las dos primeras películas que vio (en una doble
función de Truffaut) simplemente no le atraparon. La primera película, 'Los 400
golpes', lo dejó frío. Realmente no entendía por qué ese niño pequeño hizo la
mitad de la mierda que hacía. Y pensó que los tontos deprimidos en 'Jules y
Jim' eran una puta carga".
Por otra parte, tiene todo el derecho del mundo a decir lo
que quiera, de la misma manera que a los que nos gusta el cine de Truffaut
reprocharle lo dicho, aunque compararle con Ed Wood ya entra en la parte
negativa y da la sensación de haber buscado expresamente que se hablase de él.
No obstante, llama la atención que a pesar de no declararse
fan de Truffaut, remarca algunas excepciones que sí le gustan, aunque solo cita
Diario íntimo de Adele H. Sorprende, ya que estaría esta en las antípodas del
cine de Tarantino.
Rodada justo después de La noche americana, recrea la
trágica vida amorosa de la segunda hija de Víctor Hugo. Atraída por un teniente
del regimiento de los húsares ingleses, este no le corresponde, pero ella le
seguirá por todas partes. Truffaut describía así el filme: “Quería conseguir un
clima sofocante y así toda la película está rodeada de cuatro paredes. Es una
película sobre la claustrofobia, la soledad y la pasión”
Para conseguir ese efecto contó con la fotografía de Néstor
Almendros, la cual consigue que entremos en su triste mundo, son constantes sus
miradas al espejo, su deambular por las calles, la misma pesadilla que se va
repitiendo. Si los tontos deprimidos, como dice Tarantino, de Jules y Jim eran
tres, aquí solo ella, ya que hábilmente el teniente apenas tiene protagonismo,
incluso hay un momento que lo confunde de espaldas y resulta que es el
mismísimo Truffaut. A pesar de ello, hay bastantes relaciones con sus otras
películas como la idea del amor obsesivo o las ideas fijas que en las
despreciadas La sirena del Mississippi o La novia vestida de negro se
convertían en las auténticas protagonistas, verdadero tema por otra parte, más
que buscar un thriller.
Más de uno nos hubiese sacado a un actor encarnando a Víctor
Hugo que probablemente estropearía el clima, Truffaut solo saca la voz y ya es suficiente para describir la distancia entre padre e hija, ella le pide constantemente
dinero, le pesa llevar ese apellido que la hace sentir más desgraciada, utiliza
un apellido falso y en el título de la película solo leemos la inicial.
Truffaut explicaba que le atraían los personajes al margen de la sociedad y que
el problema de identidad de ella era como el del niño salvaje pero a la
inversa, ya que se trataba de un escritor famoso y todo un genio.
Escenas como el paseo por el cementerio nos traen ese
Truffaut del romanticismo que incluso mejoraría con La habitación verde, el
final impacta por la sensibilidad y patetismo. Pero mientras escribo y pienso en planos de
la película me viene a la cabeza constantemente cómo ha podido Tarantino decir
que Truffaut es como Ed Wood y no paro de darle vueltas. Quizá no sea una
comparación tan odiosa, Wood amaba el cine y Truffaut hasta se podría sentir identificado
con aquellas ganas de rodar locas de él.
La infancia atormentada de Truffaut, quizá por ello fuese
sensible con personajes como Adele H. le marcaron para siempre. Como crítico y atraído por ese amor llamado cine fue
exigente, le llamaron incluso el sepulturero del cine francés, más de una vez
cuando era aun un joven alocado por el celuloide se
equivocó, llegó a decir que John Ford “babeaba ante galones, insignias, botas y
doraduras”, pero luego rectificó e incluso sus escritos fueron fundamentales para
cierta cinefilia, dejó ya en la memoria aquella frase que utilizamos de “Y como
él era creyente, que Dios bendiga a John Ford”
Yo no soy fan de Tarantino, aunque con alguna excepción que debería
revisar de nuevo, no me cae mal, pero sin darse cuenta tiene mucho en común con el añorado director
francés y quizá más que con su estimado Godard. La huella de Truffaut está en Kill Bill, incluso Malditos bastardos nos evoca algo a El último metro...Pero miremos lo positivo, más de uno se interesará ahora por Truffaut y ver quién era ese Ed Wood del cine francés
Finales de agosto y más de uno apurando los últimos días de
vacaciones, otros habrá que las empezarán y bastantes que no podrán. Sea como
sea el estado de cada uno, es evidente que el tiempo pasa y nos gustaría evocar
aquel bolero de Lucho Gatica de “Reloj no marques las horas” y que pudiera
hacerse realidad, aunque no tengamos en cuenta que sería aburridísimo repetir
cada día lo mismo, y si no que se lo digan a Bill Murray en Atrapado en el
tiempo. Por cierto, ¿recuerdan la canción que salía al final de esta, justo
cuando empiezan los tan denostados títulos de crédito que tanto me gusta reivindicar?
Ahí la cantaba Nat King Cole y se titulaba “Almost Like Being in Love”, canción
perteneciente al musical Brigadoon de Lerner y Loewe la cual encajaba de
maravilla en el tema que se trataba.
Leyendo el espléndido programa de la Filmoteca en Barcelona
de este agosto, se han acordado de que era el centenario de Cyd Charisse y la película
escogida ha sido la versión cinematográfica que del musical realizara Vincente
Minnelli en 1954. El argumento trata sobre dos cazadores estadounidenses en
Escocia, los cuales se pierden y hallan un pueblo que no aparece en el mapa y que
en medio de la niebla aparece una vez cada cien años, el problema sucederá
cuando uno de ellos (Gene Kelly) se enamore de una de las mujeres de ahí.
Si uno se pone a pensar mucho, es posible que tal historia
le resulte no ya inverosímil, sino lo que vendría después. Sin embargo,
conviene tener en cuenta que de lo que se trata es de abordar el tema de las
relaciones entre el sueño y la realidad, tema muy presente en la filmografía
del director, la fugacidad de la vida y el "Carpe Diem". A Kelly le acompaña Van Johnson que se muestra incrédulo en todo
momento, incluso hasta cae mal ya que le toca ser partícipe en una de las
escenas más dramáticas.
Cuando vemos despertar a la gente en Brigadoon da la
sensación de que todos son felices, un “locus amoenus” donde todo es alegría,
para nada nos viene a la mente la razón de por qué un pastor tuvo que rogar a
Dios hacerlo desaparecer en el siglo XVIII para evitar que la brujería lo
corrompiera, por lo tanto pocos días han vivido desde entonces. El esquema de
la leyenda es el habitual, todo aquel que traspase las líneas fronterizas del
pueblo romperá el hechizo.
A pesar de que cierto tono de "violetas y caramelos" impera, Minnelli
le da ese toque estético que en un principio iba a ser de otra manera ya que
iba a ser rodado en escenarios naturales, primero en la misma Escocia, pero por
el clima no se pudo, luego se buscó un escenario parecido ya en EEUU, pero la
Metro decidió recortar el presupuesto y rodarla en estudio. Así pues sentimos
una bruma romántica en el exterior y una reminiscencia de las pinturas
flamencas en el interior, lo cual hace que el espectador se sienta atraído e
incluso hasta algo hipnotizado.
Por otra parte, es bien curioso que sea de los pocos
musicales con tintes trágicos, o sea que el dicho de que las apariencias
engañan cobra aquí sentido. Sin querer destripar, tenemos dos puntos clave, el
personaje de Harry cuyo desenlace es tapado, algo por otra parte típico de bastantes
pueblos tranquilos de querer esconder lo malo y por otro lado el amor que siente
Gene Kelly hacia Cyd Charisse, pero para tenerla tiene que quedarse ahí y por
lo tanto someterse a estar dormido otros cien años.
El musical no hubiese sido lo mismo sin la excelente
composición de Loewe y Lerner (My Fair Lady, La leyenda de la ciudad son nombre…)
Números como el The Heather on the Hill donde nos dejamos dominar por todos
esos valles, ríos y montañas. El Once in the Highlands , tema muy emotivo y
poético, el I´ll Go Come with Bonnie Jean con una vitalidad y energía que solo
una mente privilegiada podría escribir o el mencionado Almost Like Being in Love.
Mención aparte son esas coreografías, incluso ciertas escenas sin ser musicales
tienen esa percepción.
Minelli optó por contrastar lo que sería ese ambiente
bucólico con una cafetería ruidosa de Nueva York, y priorizar el amor. Siempre
que veo Brigadoon pienso en otro final que resultase ambiguo sin perder la
magia y me da la sensación de que más de uno así lo pensaría. Pero quitando los puntos débiles de
esta, es una maravilla poder recurrir en mi caso al DVD y volver a Brigadoon,
querer que ese reloj tan antipático no marcara más las horas y creer que aun
hay espacios en este mundo en el que la gente esté siempre contenta, de bien
seguro habremos notado sensaciones parecidas en las vacaciones o en otros momentos
de relajación. Si pueden, véanla en la Filmoteca, será como entrar en ese lugar,
así se llama también una sección del Festival de Sitges. ¿No eran acaso las salas
de cine una especie también de Brigadoon? Malditos relojes...